Cuando el viento lo sacude y él dobla los brazos. O cuando llora con la lluvia y se le arruga la piel de tanto frío y el otoño le deshace los colores, el roble que se yergue en Cerro Colorado suelta un sonido: el del viento entre las hojas. O deja hablar al silencio. Siempre, ese árbol bajo el cual descansa el camino y la copla de Atahualpa Yupanqui, será, como la raíz de su canto, anónimo. Así lo soñó mientras cantaba las penas para no llorarlas, mientras se atragantaba con las coplas de sus hermanos o caminaba por senderos de piedra y soledad.
Ese 23 de mayo de 1992, el día en que su silencio se hizo golondrina, como él decía, empezaron los análisis de una obra con diferentes momentos, con un horizonte firme y una clara vocación: contar las vivencias del paisano que él mismo era. “El primer deber del hombre es definirse, ubicarse como wwwigo de un viejo pleito entre la mentira y la verdad”, se había impuesto. Por eso, tal vez, desde su primera canción, marcó la cancha. “En 1928 su poesía ya despuntaba filosófica (´el camino lamenta ser culpable de la distancia´). En esos primeros años unía amor y camino, lo que en su destino (de paisano, viajero y cantor) será característico”, dice Carlos Molinero en el extraordinario ensayo “Militancia de la canción”, de reciente publicación.

 
Hecho de miel y pesares.  
 
Hijo de madre vasca y criollo santiagueño, decía tener en la sangre el silencio del mestizo y la tenacidad del vasco. Desde su voraz inteligencia no paró de aprender. En Federico Nietzsche leyó: “Los acontecimientos más grandes no son los más ruidosos, sino nuestras horas más silenciosas”. De su tío Gabriel aprendió que un amigo era un mismo en el cuero de otro. En un campo de Agustín Roca, Buenos Aires, escuchó de boca de Romualda, la esposa del capataz, las vidalas que le alegraron la oscuridad que lo envolvía cuando apenas tenía ocho años. De Bautista Almirón, cuando ya estaba en Junín, aprendió los rudimentos de la guitarra, donde sí pudo usar la izquierda que una maestra le prohibió para escribir. Aprendió a ahuecarse para tocarla y supo que existían Bach, Granados, Albéniz. Y leía, siempre leía: Arthur Shopenhauer, José Hernández, Miguel de Cervantes. “Leía hasta aquello que me hacía daño. Leía, sin sistema ni mucho orden, lo que el mundo iba escribiendo.” Pero fue del camino la verdadera universidad de Atahualpa Yupanqui: le puso el oído al paisano, le dio voz al indio y soltura a sus pies caminantes. Ya en el comienzo de su ruta cantora, sabía que el canto no era para portarlo sin compromiso. A los 12 años, supo que había un ritmo para cada narración y que para los asuntos del corazón o la soledad, la milonga era el mejor. 
La intemperie le curtió el cuero y el sol le sacó lustre a su cara india. En Tucumán, adonde llegó gratis porque los hijos de los empleados ferroviarios no pagaban pasaje, se anotó en el alma el paisaje. Conoció la zamba, el cañaveral, los helechos; sintió el golpe del legüero y supo que era cierto que esa percusión era la respiración de la tierra, a la que sólo había que ponerle el oído. “Los que cantan ritmos de otros países no se han hecho amigos del viento y han de pasar por la tierra sin haberla traducido”, dijo alguna vez. 
Temprano aprendió a traducirla. Escribió su primera canción en Junín, en 1926, cuando se enteró de que había muerto Don Anselmo, un tucumano con quien sabía andar las sendas pedregosas. Así nació “Camino del indio”. Pero Atahualpa no se hacía cargo del invento: le echaba la culpa al cielo, el más azul que había visto.
Decía que como no pudo doctorarse en medicina se recibió de doctor en soledades. En ese estado de contemplación que transparenta en muchas de sus canciones, en sus poemas y en muchos de sus dichos, descansa otra aseveración filosófica. Como en ésta en la que habla de Dios:  

“Tal vez otro habrá rodao como he rodao yo y le juro, creameló, que he visto tanta pobreza que yo pensé con tristeza Dios por aquí no pasó”

Otro rasgo filosófico de su obra, era el espacio que le daba al silencio. “No hay nada mejor que el silencio”, decía. “El escuchado es el hombre que tiene muchos silencios, que se maneja con 200 ideas y 20 palabras. No habla más por día. Tiene espacios de silencios infinitos, cargados de cosas. Son profetas”. Intentó encerrarlo en su guitarra al silencio: probó con las bordonas, con las cuerdas gruesas, en tono mayor, en tono menor, con dos cuerdas, con tres, con una, en acorde, en arpegio. “Largué a tiempo, sino iba a parar al manicomio”. Tal vez sin saberlo, Yupanqui resumió el silencio en una melodía, con la zurda acurrucada en la boca de la encordada, con la que acompañaba su manera de cantar, pausada, como contando un secreto. “Yo no sé cantar, converso en re menor”, juraba con sinceridad. Su objetivo no era ser reconocido como tal, sino apenas, como un argentino. “Como un paisano, que es aquel que tiene el país adentro”.

Tanto vivir entre piedras. 

A ese hombre, el camino lo marcó desde la primera ver que a sus ojos le dio la luz de este mundo. El 8 de enero de 1908 se desató una lluvia apocalíptica. Como Campo de la Cruz, el paraje donde vivía la familia, estaba a 25 kilómetros de la bonaerense Colón, su padre pensó en ir a anotarlo al bebé allí. Pero el camino embarrado lo hizo cambiar de parecer. Entonces, inscribió a Héctor Roberto Chavero en Pergamino, a 30 kilómetros.
El camino, siempre el camino. El que le hizo parir una filosofía empírica ligada a la contemplación, a la observación de la naturaleza, a la sabiduría que el andar, el ver y, también, el sentir, le dieron. “El camino se compone de infinitas llegadas: eso es lo bueno del camino. Yo anduve 18 años en el lomo del caballo. Conocí el norte argentino, Bolivia: fue la gran universidad, distinto de si uno toma un micro o un avión. Ese andar rápido no ayuda al fruto. Nada madura en un camino corto como no sean las ganas de llegar. Si usted camina llega a una flor, a una piedra, a un amigo. La soledad acompaña al caminante. El que camina anda dolido de un adiós que no se le ha dado. De ahí la nostalgia por lo perdido. El hombre que camina siempre pierde algo, aunque a la larga algo haya ganado”.

Galopiador contra el viento.

“Para que la pena no parezca pena, la hice canción”, dijo de El Alazán antes de cantarla, con la garganta llena de lágrimas y los ojos de cristal.
Las canciones salían del fondo del alma. Como la zamba. Para él, ese ritmo era una ceremonia rural. “No es un elemento para farritas. Ahora se puso al servicio de lo frívolo, de lo insustancial. Es una graciosa manera de perder el tiempo haciéndose el criollo”, se quejaba. Para él, como para García Morente, cantar era rezar dos veces: a Dios y al pueblo. “Por eso no creo que ningún rezo deba ser gritado. El que reza algo gritando porque tiene decibeles, no tiene nada que hablar con Dios. No se le puede decir a una mujer ´te amo´ a los alaridos. Lo mismo pasa con la tierra. O baja la voz o no es cierto”.

A veces canonizado, resistido otras, Yupanqui tiene de poeta y de músico, de narrador y de cronista de su tiempo, pero también de filósofo. Ese camino que andaba sabiendo que iba a ser eso que quiso. Ser canto y camino, ser copla y guitarra, ser viento y canción. Y, al mismo tiempo, no tener nombre; perderse en los pliegues eternos del imaginario popular: el espacio que la historia le tiene guardado a los grandes.