Por Leandro Vesco / Fotos Juan Carlos Casas

Mabel Martín, “La Delegada”, defiende el territorio con una ley marcial: “A mi pueblo lo voy a defender a muerte”. Azopardo está bendecido por la fuerza del trabajo. Acá no hay desocupados. “Tenemos empleo pleno, es más: tiene que venir gente de Bordenave y Puan a trabajar”, se envalentona Mabel. 

Detrás de ella, un grupo de mujeres asiente en forma coral. No será fácil entonces que un pueblo gobernado con tanta convicción tenga dificultades para pensar en el progreso. Estamos en Azopardo, donde sus 99 habitantes viven en una comunidad en donde cada siete meses son pintados los cestos de basura. “Si los cestos están limpios, la gente tira más basura, por consecuencia, el pueblo está mejor”.

Hace unos años a un intendente se le ocurrió que todos los pueblos debían tener grandes piletas de natación. Mabel se le plantó: le dijo que su pueblo estaba lleno de ancianos y que sería inútil un natatorio. Le aconsejó que esa plata destinada a la pileta la usara para restaurar el Sportman Club Recreativo Azopardo. “Lo conseguí: nos hicieron el club a nuevo”.

Azopardo es un pueblo de diagonales con viejas casas, antiguos almacenes, herrerías, panaderías que estuvieron abiertas durante décadas y que transformaron al pueblo en una de las localidades más importantes del partido. Los carteles oxidados nos dejan entrever la intensa vida comercial que tuvo esta comunidad.

Por la calle principal pasa la ruta que la conecta con otros destinos. Mucha gente se detiene para hacer un alto en el viaje y dar una vuelta por el pueblo, mientras apura algún tentempié.

La plaza está perfectamente mantenida y marca el mediterráneo de la localidad. En la Delegación nos espera Teresa, la memoria oral y viva de Azopardo. “En aquel almacén funcionó la primera escuela”, señala con nostalgia.

Mabel es la voz determinante: “En Azopardo estamos todos contentos”. Las gallinas que cruzan por la delegación van de a pares para no desentonar con el orden y la estética.

Siempre Azopardo

Emilio lleva 47 años en Azopardo. Está parado en el patio de la delegación donde un sol tibio le hace pasar la mañana y le alumbra el rostro arrugado. Ha salido muy pocas veces del pueblo. Las rudas tareas del campo les han dejado marcas. “Me gusta todo de acá”, dice. Cuenta con alegría que en poco tiempo van a tener una sede propia para el centro de jubilados.

En la plaza nos sigue la mirada de San Martín. “Yo estaba el día que inauguraron ese busto. Y allá donde está esa casa se estacionó el primer auto que entró a Azopardo”. Teresa cuenta los días en los que había más caballos que automóviles, cuando en los almacenes de ramos generales vendían de todo, y cuando el tren pasaba trayendo las últimas novedades de la ciudad y del mundo.

Mabel abre la puerta de la capilla reluciente, que está, como en todo pueblo, frente a la plaza. “En los pueblos siempre están cerradas las capillas. Acá en Azopardo, pasa lo contrario: jamás se cierra”. Tiene el lujo de un santuario o de un lobby. En el fondo hay una pieza con una cama tendida. “Compramos nuevas cobijas, siempre están las sábanas limpias”, revela Mabel.

Muchas veces, de noche, entran curas al pueblo para hacer misas por los parajes cercanos, y como saben que en Azopardo la capilla está siempre abierta, se acuestan y al alba siguen viaje. El templo tiene el piso nuevo. Las baldosas son motivo para una nueva historia: todo el pueblo decidió el modelo. “Llevé casa por casa cuatro baldosas diferentes, la que sacó más puntos, fue la que ganó, y esa es la baldosa que se puso. Así hacemos las cosas en Azopardo, entre todos”. Toda la comunidad es partícipe de las decisiones, hasta de las más pequeñas. Les da identidad.

Hace diez años que Mabel es delegada del pueblo en el que nació y se nota con la pasión con la describe cada pequeña gestión de su trabajo. Al pasar por un pequeño mercadito su voz se quiebra: “Ahí nací”, suelta. Ahora el boliche es atendido por su esposo, pero nos acercamos a la hora crítica: la siesta. Está cerrado.

Seguimos caminando por Azopardo. La sede social del club está abierta. Detrás del mostrador hay dos paisanos con sendas facas en la cintura; los primos Martín. “La juventud viene a tomar cerveza y a jugar al paddle –dice uno de ellos y con un nudo en la garganta observa la claridad que entra por la puerta- Ya nadie juega a las bochas”.

Enfrente está el vagón cultural, el museo del pueblo y el predio parquizado de la estación. Los autos y los colectivos pasan por la ruta: de un lado se llega a Darragueira y del otro a Víboras, pueblos que están allí para ser encontrados. Del primer pueblo se acercó Susana Schwerdt, quien está a cargo de la Comisión de la iglesia de López Lecube, una comunidad de 11 habitantes. “Estás todos peleados, no se pueden ver”, revela, pero su plan se centra en realizar un corredor de turismo rural que integre a Erize, Azopardo y López Lecube. La acompaña Irma, quien forma parte de un grupo de teatro que salen de gira por los pueblos “Mi mujer es el plomero” es el título de la obra.

El silencio de la siesta nos envuelve en un círculo de personas que viajan de pueblo en pueblo para mostrar y para relacionarse. El interior, lo pequeño, se halla con vida y se mueve.

Mientras seguimos nuestro camino para ver el salón social del Club, pasamos por donde estuvo la primera panadería de Azopardo. Teresa recuerda: “Hicieron una asado que duró tres días”.

Estas casas que hoy están vacías conservan con dignidad sus fachadas y por todas partes se ve gente que camina y saluda a Mabel como si fuera una familiar. “Acá nos tenemos unos a otros”. Así es el interior, aquí están los valores que hacen de estos pueblos, sitios de una enorme humanidad.

Una antigua casona en una ochava fue comprada por un profesor de historia que decidió cambiar de vida y apostar por el ritmo natural de lo rural, tiene en mente poner un restaurante de comidas criollas. De a poco, el pueblo se va abriendo. Lo notamos en el aire. Mabel y su grupo de emprendedoras mujeres nos despiden. “Es poco lo que tenemos, pero para nosotros es mucho”. 

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