Ir a Qué pasa en estos días en Leubucó.

 

Hemos de referirnos, en esta oportunidad, a un cacique ranquel conocido por su ascendencia y por formar parte de la historia de la lucha por el desierto, como se llamaba al territorio indio, no por cuestiones toponímicas.

 

Manuel Baigorria Gualá, conocido posteriormente como el cacique Baigorrita, había nacido en La Pampa hacia 1837 y pertenecía a la nación Ranquel. Según noticias de gente de su época, Baigorrita era hijo de Pichuín, un famoso y bravo cacique araucano-chileno hijo de Yanquetruz.

 

Ya en 1862 había asumido el cacicazgo de Poitahué, distante a unas seis leguas de Leubucó, sede del cacique principal Mariano Rosas, quien se llamaba, en realidad, Panghitruz-Guor y fue prisionero de Rosas. Llevado a Santos Lugares (en Gral. San Martín, Pcia. de Buenos Aires), Rosas lo bautiza convirtiéndose en su padrino, lo hace estudiar y luego lo manda, con su padre, a la estancia El Pino (ubicada en Virrey del Pino, Pdo. de La Matanza) para que aprendiera a trabajar la tierra.

 

Pero se escapan nuevamente al desierto.

En junio de 1865 el cacique Baigorrita firmó un tratado de paz con el presidente Bartolomé Mitre, a fin de pacificar la frontera sur de San Luis y Córdoba. Pero bien pronto, junto con el cacique Epumer, apoyó el accionar de las montoneras del interior (hermanos Sáa), en disconformidad con el gobierno de Buenos Aires.

 

Entre las primeras invasiones que promovió se cuentan, por su ferocidad; el malón sobre Villa Mercedes (San Luis), en 1867; y el que perpetrara sobre Villa La Paz (Mendoza), en 1868, donde fue saqueada la iglesia del pueblo, a pesar de no contar con muchas “lanzas”, como se le llamaba a la hueste de pelea.

 

Como en el caso de Mariano Rosas, el coronel Lucio V. Mansilla ha dejado plasmado el retrato de Baigorrita en ocasión de la visita que hizo a sus toldos en abril de 1870 en el excelente libro “Una Excursión a los Indios Ranqueles”.

 

En esa ocasión firmó, junto con aquel, el tratado de paz de 1870; y más tarde el de 1872. El cual, a su vez, renovó el comandante de la frontera cordobesa, el entonces coronel Julio Argentino Roca, en 1876. 

 

Desde la muerte de Mariano, en 1877, su autoridad se acrecentó entre la indiada, adquiriendo mayor prestigio, sin llegar a superar la ejercida por el cacique Epumer, sucesor del primero.

 

Es dable destacar que el misionero franciscano Marcos Donati, quien era amigo de Baigorrita, contaba que éste, por temperamento y crianza, era más propenso a aceptar el cristianismo que Mariano y los demás caciques ranquelinos, pudiéndose pensar que en caso de establecerse una misión en Leubucó accedería a recibir el bautismo.

 

A partir del año 1878 su historia cambia, y es difícil trazarla con exactitud. Ante el avance de las tropas nacionales desde Río Cuarto y Villa Mercedes, optó por eludir enfrentamientos abiertos, internándose en el monte con su gente, desde donde ejerció un permanente hostigamiento a fin de sorprender a las “descubiertas” despachadas en su búsqueda.

 

La “descubierta” era un grupo de soldados (o uno solo) que salían a recorrer el desierto para asegurarse de que todo estuviera tranquilo o buscar a alguien. 

 

No obstante todos los esfuerzos desplegados por los jefes militares del momento (Eduardo Racedo, Rudecindo Roca, Sócrates Anaya), Baigorrita nunca pudo ser hecho prisionero en territorio pampeano, convirtiéndose así en la presa más codiciada de todas las “batidas” que pretendían alzarse con tan preciado trofeo de guerra. 

 

Antes que entregarse, prefirió emprender una penosa y desesperada retirada con rumbo suroeste, en dirección a la cordillera, con secreta intención de pasar a Chile si así se lo aconsejaban las circunstancias.

 

Finalmente murió en Neuquén el 16 de julio de 1879.