Hagamos de cuenta, aunque sea por un momento, que el ensayo general del 14 de agosto fue, en realidad, la elección definitiva. La buena.
Está bien, seguramente usted dirá que no es así, que en verdad el domingo los argentinos seleccionamos los nombres de los candidatos que participarán en la elección del 23 de octubre, que en dos meses pueden cambiar muchas cosas (más en la Argentina, claro), que nunca se sabe, que nada es definitivo, que andá a saber.
Formalmente, usted tiene razón. Sin embargo, la realidad nos muestra que al afirmar que Cristina Fernández de Kirchner gobernará este país los próximos cuatro años, no estamos aventurándonos demasiado. Basta con mencionar que, en comicios del que participó casi el 78 por ciento del padrón nacional, uno de cada dos votantes la eligió. Así de simple. La mera aritmética derriba cualquier posible argumentación en contrario: Más de la mitad de los electores manifestaron su intención de apoyar a la Presidenta en octubre. Y sus rivales más cercanos (Eduardo Duhalde y Ricardo Alfonsín), quedaron a 38 puntos de distancia, muy lejos de la posibilidad de ballotage.
No habría que gastar más saliva en explicaciones estériles. A menos que ocurra una hecatombe histórica, bastante improbable, este capítulo de la historia ya está escrito.
El Frente para la Victoria se impuso, con holgura, a una oposición fragmentada e inconsistente en todo el país, a excepción de la provincia de San Luis, donde sólo la doblegó el candidato local, Alberto Rodríguez Saá. Lo cual es interesante, pero materia de otro análisis. Sí hay que decir que la primera mandataria avanza con serenidad y sin apuros a cumplir con la vuelta de octubre, casi como si fuera un trámite menor. Su destino, en lo sucesivo, será gobernar, hasta 2015. Sus energías deberán direccionarse en ese sentido.
En cambio, a sus contrincantes les espera cumplir con un mandato mucho más ingrato, y ciertamente incómodo. Atrapados en sus propias vanidades, presos de sus individualismos irreductibles, rápidos de lengua para criticar al oficialismo pero casi nulos a la hora de proponer ideas superadoras, la mayoría de los dirigentes opositores tendrán un destino político casi tan mezquino como las campañas políticas que ofrecieron y terminaron llevándolos al desastre.
Hay un concepto que comparten la mayoría de los analistas, cuando señalan que otra hubiese sido la historia si los políticos no oficialistas hubiesen mostrado mayor madurez y coherencia, y programas de gobierno consistentes.
Este domingo 14, vaya por caso, debieron sortearse al menos dos internas abiertas: la de un espacio alternativo de centro izquierda, originalmente disputado por Alfonsín, por Hermes Binner y, acaso, por Lilita Carrió; y la del peronismo disidente, encarnados por Rodríguez Saá y Duhalde. En lugar de eso, todos jugaron el juego del oficialismo, se fragmentaron, se subieron sobre sus egos, y se suicidaron arrojándose desde ellos.
El camino de la unidad (el que llevó el oficialismo, que se mostró monolíticamente encolumnado tras la figura de Cristina), hubiese permitido a la oposición hilvanar discursos de campaña coherentes, y resultados electorales más dignos. Sin embargo, la falta de visión y el individualismo extremo marcaron un sino trágico para la futura supervivencia de varios de los ahora candidatos.
¿Por qué ganó Cristina, y por semejante diferencia? Es una duda que tienen, sobre todo, los jóvenes: los más viejos saben muy bien de qué se trata. La explicación podría resumirse en aquella frase diseñada para la exitosa campaña electoral que le ayudó a Bill Clinton a ganar las elecciones presidenciales de los Estados Unidos en 1992: “It’s the Economy, stupid!” (Es la economía, estúpido).
Sí, es cierto. El Indec no mide bien. Lo de la inflación es real, y es serio. Hay problemas. Sin embargo, también hay trabajo, consistencia financiera, variables controladas, buen nivel de producción, buenas perspectivas a nivel del agro y del comercio exterior. En resumen, una buena coyuntura, que no tendría por qué alterarse. ¿Para qué cambiar? Siete de cada diez personas son, según los manuales de psicología social, naturalmente conservadoras. ¿Habría que arriesgarse a lo incierto de una coalición como la de Alfonsín-De Narváez, sobre todo cuando el llamado “Síndrome de la Alianza”, aún sigue vivito y coleando entre nosotros?
A propósito de aquellos turbulentos días de 2001, que aún hacen mella en nuestros espíritus, hubo por entonces un clamor popular que exigía “que se vayan todos”, y nadie se fue. ¿Será el proceso poselectoral que comenzará el 24 de octubre la oportunidad para que varios “dinosaurios políticos” desaparezcan para siempre de la escena nacional y den lugar a una nueva generación de dirigentes, con ideas nuevas, con una nueva forma de hacer política? Una situación así sería, cuanto menos, saludable para consolidar la democracia.
No hay que confundirse: Los dirigentes de un país no son extraterrestres que bajan de una nave espacial, para colonizarlo y gobernarlo. Provienen y son parte integrante de un modelo determinado de sociedad, que ahora tiene que hacerse cargo de una monstruosa crisis de representación del sistema político. No se trata sólo de una crisis de liderazgo: todo el cuerpo social está comprometido en ella.
Fue inteligente la Presidenta al recibir su colosal triunfo con mesura y con palabras generosas y conciliatorias, porque por allí pasa hoy día la demanda de mucha gente quebrada por los enfrentamientos estériles, el egoísmo y el odio inútil entre argentinos. Es gente que pide dejar de discriminar entre unos y otros, entre “nosotros” y “ellos”. Cristina tiene todos los votos que necesita para mantener ese espíritu magnánimo durante todo su segundo período. En el tiempo que sigue, la Presidenta podría encapsularse en su círculo íntimo, tomar las decisiones desde su pequeño núcleo de poder, o abrir el juego a todos los sectores, aceptar los aportes bienintencionados sin perder su liderazgo, y verdaderamente ser el motor de una Argentina con verdadero desarrollo, que es el desarrollo de toda su gente, desde el más chico hasta el más grande, donde disentir no signifique transformarse en enemigo. No diga que no le dan ganas de participar de una Argentina así.