Los chicos miran con desconfianza al equipo de El Federal. Van mitad de a pie, mitad en bici. Algunos descalzos. Hace calor. Hay de todos los tamaños. Frenan y miran atentos al fotógrafo, pero sólo ríen al final, chicos al fin, cuando se les muestra el visor de la cámara que reproduce la imagen de la banda. Se tapan la boca,  achinan las miradas, muestran los dientes o los que faltan. Tienen la edad del diente de leche. Y lo que ellos miraban en realidad era como los periodistas trataban de individualizar una orquídea. El paraje María Soledad, a minutos del pueblo de Comandante Andresito, sigue con sus calles de tierra roja, la selva ahí nomás y las casas de madera sobre pilotes (como las del Delta), salpicadas a un lado y al otro, entre una escuela y los templos.
Los chicos se pierden detrás de una curva. Y el guía especializado en orquídeas, Marchelo Choulet, brinda una clase magistral en cinco minutos sobre las epífitas, las que crecen sobre otra especie, en el aire. Pero, sólo como sostén es que están allí arriba, cubriendo toda una rama o apenas en una “axila”. O sobre otra, que acumula el agua del rocío o de la lluvia. Si la lucha en la selva es por la luz para sobrevivir, es en cada planta donde uno descubre la dimensión de la palabra “estrategia”.
Porque sin ella, mueren. Uno puede confundirse en las ramas altas tratando de ver las orquídeas, porque la misma estrategia de crecer en las alturas y capturar los rayos de sol la tienen varias especies. El caso del Güembé-pí es de grandes hojas recortadas y raíces larguísimas, aéreas, muy resistentes, y en general su corteza se usa para hacer ataduras firmes o cestería. Tienen su valor ornamental. Y si en Buenos Aires se la ve en los jardines, la explicación de por qué está tan en lo alto aquí en Misiones es que su flor tiene un aroma muy agradable y atrae insectos que la polinizan.

Bocado de monos. También su fruto sabroso es un manjar para los monos y, aunque no lo crean, para el hombre. Ambos saben que las semillas pican como la pimienta, pero la pulpa es aromática y sabrosa. Entre la polinización y el desparramo de semillas es que logra reproducirse sin problemas. Apenas cae la semillita en una horqueta, nace la planta y echa raíces como lianas para afirmarse. Y en esa lucha por la supervivencia, las más pequeñas se transforman y adecuan a los distintos modos de vida. Por eso, en el llamado “techo de la selva”, allá arriba, es donde se descubre otro mundo. “La más minúscula es la Lankesterella ceracifolia”, explica Choulet, y agrega que para verla florecer es especial la primavera. Y reconoce a las más grande de todas las orquídeas: Cytipodium Palmifronts. Sonríe con sus binoculares con los que reconoce cada hoja que crece sobre un tronco o de las ramas más altas, allí cerca del cielo. En medio del camino, un poquito a la izquierda, se ve una tranquera y una porción de selva que reúne varias especies de árboles. Él abre la tranca y cuenta que el duelo del predio es el mismo de la Aripuca, un complejo construido con troncos gigantes, recogidos de diferentes lugares y llevados hasta allí, donde se construyó esta “aripuca gigante”. Porque en realidad aripuca es la palabra con la que los guaraníes nombran a la trampita para cazar. Es una pirámide, hecha de ramitas, a la que sostienen en el suelo con un eje central, también de rama, sujetada de lejos con un piolín. Cuando la presa entra a la superficie cubierta por esta pirámide enramada, tiran de la piola y la cazan. En la aripuca gigante uno se siente insecto. Y en estas hectáreas de selva, no han tocado nada. Hay muchas especies, y concentra la mayoría de las orquídeas. Por esa razón Marcelo Choulet se encamina por el sendero que imaginariamente ha trazado de acuerdo con las orquídeas que reconoce.
Comparte los binoculares y sabe de memoria por la hoja de qué se trata cada una. Y aunque cada una florece en distinto mes, describe también de memoria cómo es la flor y el color. Estilizadas, finas, exóticas. Las orquídeas casi son imperceptibles y, cuando uno descubre alguna en flor, se acerca y ve la vara, se subyuga ante la belleza minúscula que la conforma. En su libro “Senderos de la selva misionera”, Hugo Cámara señala el aporte realizado por el investigador Andrés Johnson, quien dedicó su prolijo estudio a las orquídeas en el Parque Nacional Iguazú, segmento de la selva paranaense de este Corredor Verde que atraviesa la revista El Federal. •