Por Leandro Vesco

En los pueblos hay un territorio donde la amistad manda y protege. Cuando el sol anuncia un nuevo día o cuando su luz se retira del cielo, existe una hermandad de hombres que buscan refugio en los boliches, primer o último puerto donde se reafirman los puntos cardinales del corazón. El “Bar de Tato”, es uno de estos lugares, está en la “Colonía 3” en Coronel Suárez. “Acá nos saludamos todos, somos amigos y pasamos momentos agradables”, reflexiona Alberto Streitemberger, “Tato” para los vecinos.

La Colonia 3 es también el Pueblo Santa María, uno de los tres asentamientos que los alemanes del Volga levantaron a un costado de Coronel Suárez, esta colonia es la más alejada de la ciudad, y la que tiene entrada directa a la ruta 85. “Conservamos nuestras tradiciones, nos hace bien. Es un pueblo tranquilo donde nos conocemos todos, todavía comemos los platos de nuestros abuelos, las bicicletas quedan en la vereda y las puertas de las casas abiertas”, resume Tato el gen que domina la comunidad.

El origen del bar refleja cómo se hacen las cosas en el pueblo. “Yo trabajaba en una fábrica, pero un día un amigo me dijo que si abría un bar, él vendría y que llamaría a todos sus amigos. Así fue que decidí abrir el bar”, la respuesta no se hizo esperar. “El primer día apareció mi amigo, y muchos más, desde entonces vienen todos los días” El salón del bar es acogedor, la decoración es la risa y la mirada risueña de los cofrades de Tato que recrean la ceremonia de tomar un aperitivo mientras más allá de la ruta, el mundo gira a una velocidad impensada. El almanaque en la pared nos muestra que el año está avanzado y el reloj advierte que es media mañana, pero aquí adentro la unión de estos amigos ha recreado una coraza. “Vemos a veces la locura que es vivir en Buenos Aires, las escuelas tomadas, los chicos sin clases” la realidad del pueblo encandila y marca un norte: “Acá los chicos quieren ir a la escuela, les interesa aprender y lo que dice la maestra es palabra sagrada

Los alemanes del Volga hicieron las cosas muy bien. Llegaron sin nada, pero con muchas ganas de trabajar. Se enfrentaron a la pampa y negociaron con el horizonte. El trato resultó, los viejos han visto como todo su esfuerzo valió la pena: sus hijos son profesionales y la educación ha sido un camino que sólo ha traído avance social. Tato muestra el pergamino: tiene una hija cardióloga y el varón, abogado. Uno de los amigos que lo acompaña, puede decir lo mismo: su hijo es contador. Un hombre que vive en D´Orbigny tiene una hija médica. La estadística en el bar se mide con la realidad. No hay vuelta, al parecer la fórmula acá resultó.

El boliche es el refugio que encuentran los hombres de recordar “las cosas de antes” Las charlas van y vienen a través de los recuerdos. “Antes las fiestas empezaban las viernes y terminaban los domingos”, dice uno. Aquel se acuerda de las grandes comilonas. “Mi casa parecía una fábrica de comidas. Pero los chicos teníamos que hacer todos los mandados, si o si, y en los ratos libres jugábamos a la pelota”, recuerda. Graciela Steimbach es la esposa de Tato, quien se une a la charla. “Mi abuela escuchaba los radio teatros, unas vez cuando se murió un personaje, tiró un jarrón de la bronca. Pero todo cambió cuando apareció la televisión, una vecina pudiente tenía una y de vez en cuando nos invitaba a verla. Veíamos Los Tres Chiflados”, “Tomábamos gaseosa Blitz, era un lujo!”, “Mi padre tenía que cargar la batería de la radio, para poder oir algún programa” Todos reconocen el esfuerzo de sus padres, y la vida contra la corriente en un mundo en donde el idioma era tan diferente. “Papá era muy duro con español, le costó mucho, siempre” Así y todo, la vida se desarrolló bajo el mandato del trabajo, las tradiciones y nunca faltó la alegría del encuentro.

En Coronel Suárez esta clase de pueblos con sus personajes constituyen un importante atractivo para una diversa oferta de turismo rural que se centra en los grupos de Cambio Rural de INTA, donde existe una red de emprendedores que ofrecen la tranquilidad y los productos del territorio que es cada vez más frecuentado por viajeros que eligen la pequeña escala y el trato más humano.

La colonia tiene 1800 habitantes y tres bares. Pero antes eran doce, esto da cuenta de la necesidad de tener un espacio para la comunicación. “Entre los tres bares que quedan estamos conectados, no competimos, yo voy al de ellos y ellos vienen al mío. Hay tiempo para todoEl tiempo, ese bien tan preciado en las ciudades, acá se traslada como el aire, en abundancia. Los boliches de pueblo son un bien inmaterial, como las pulperías, que han forjado nuestro mapa y apuntalado las relaciones humanas en un país inmenso y rico. Ambos trasladan cultura y valores sustantivos que hacen que los pueblos puedan permanecer en los mapas, y también su justa picardía, esencial para hacerle frente al infinito horizonte.