“Reproductores de alta calidad nacidos y criados en el este chaqueño, zona de monte, garrapata y mío mío”, dice la tarjeta de Faustino Bravo. Lo dice con orgullo. Se sabe que en la frontera entre el decir y el hacer se deshacen muchas de las intenciones, pero a su frase de cabecera “En Chaco también se puede” la acompañará con una demostración de cómo es posible criar ganado de alta calidad en una zona sin los favores del clima. Para los chaqueños, Buenos Aires es “el sur”. Lo dice Faustino, que habla sin tutear, aprieta la mano fuerte y mira a los ojos. Es un hombre de campo, hecho y derecho. Flavia maneja los números de la cabaña y el auto desde Resistencia. Las visitas llegan en el peor momento para la vista del campo, justo cuando se prepara para la explosión de la primavera.
Alta densidad. Cantan las viuditas y el trino flota en el silencio de la tarde chaqueña. El rojo sangre de los cardenales copa los espacios donde hay restos de maíz y un tordo desprende su vuelo desde un aromo. La escena ocurre en la estancia Las Mercedes, que tiene a Faustino como cabeza, pero se sostiene con las manos de sus tres hijos: Flavia, Mauro y Lucas.  
La región se llama El Palmar y el pueblo más cercano es Colonia Tacuarí. Allí donde el río Paraná forma la primera terraza del bajo, una zona inundable donde el Paraná forma un valle que tiene unas 50 mil hectáreas que en épocas de inundación obliga a trasladar a la hacienda hacia zonas altas. Tras la inundación de 1983, en los años del gobernador Luis Palacios, nació este pueblo que está en una loma alta y que empezó con 50 familias con la hacienda resistiendo la crecida.
El vehículo transita por un lugar que estaba tapado de agua, de 50 ganaderos pequeños que hoy son 80. El Paraná está a siete kilómetros y es una zona de desniveles donde el agua abunda como los albardones: subidas y bajadas, esteros y lagunas, donde pastan, imponentes, los búfalos. “Aquí hay lluvias, buenos rocíos y las sequías son menos dolorosas que en la zona centro del Chaco, que está muy castigada”, dice Faustino Bravo, quien habla desde el único lugar que le salen las palabras: el saber.
La densidad de vacas es de tres hectáreas por animal, a la inversa de lo que ocurre en el sur, donde la cuenta es de tres animales por hectárea. “Eso para los campos que no se acomodaron. Nosotros tenemos una densidad de entre una y una hectárea y media por animal. Pero suplementamos en el invierno a la hacienda de cría: sembramos pasturas (tanzania en sotobosque, sin talar los árboles del monte, cetárea, grama rhodes), sorgo, maíz y, además, maximizamos el campo: hacemos servicio a los 18/24 meses, mientras el productor antiguo la larga para servicio a los tres años y pierde un año. Pero cuesta mucho hacerle entender que hay que producir para el animal.”
Nace el Braford. Faustino terminó la primaria, llegó a la casa y dejó los libros en la galería. Tenía 13 años y sabía que nunca más iba a volver a las aulas, pero entendía que tenía que seguir la lección de papá. “Primero aprenda a hacer y después a mandar”, le decía. Cuando ya tenía pelos en el pecho, discutía con papá porque se morían terneros en cantidad. La raza británica que su padre intentaba criar se la comía el clima, el estrago de alguna enfermedad o, simplemente, la falta de pasto. Faustino tiró la idea de hacer un ganado adaptable al clima. “Acá nunca va a entrar un cebú”, le dijo su padre. Era fines de la década del setenta.  Cuando le ganó la pulseada a su padre y empezó a hacer novillos, sus colegas viajaban 1.500 kilómetros hasta Santa Rosa, La Pampa para engordar el ganado que hoy los Bravo recrían en Charadai. Con Tito Mostet discutían. “Con este pasto no se pueden hacer novillos diente de leche”, le decía el hombre sobre los animales que tienen hasta 24 meses. Faustino aceptó el desafío y lo ganó: suplementa con granos y, a los 20 meses, tiene animales que pesan 400 kilos. Hoy hace ciclo completo: el ternero, preña la vaca y cría el novillo que vende como Cuota Hilton. Pero no todas son flores. El hombre tiene una queja.
“Estamos frenados en la parte más importante: la venta del novillo pesado a las exportaciones. No nos dan los Roer y los frigoríficos dejan gente cesante. Hacer un novillo pesado cuesta tres años de crianza en campo natural. Nos obligan a vender al mercado interno un novillo que no sirve, una media res que pesa 250 kilos y eso no lo compra ningún carnicero porque el paladar de la gente se puso exquisito. Resultado: vendemos muchísimas más cabezas con muchísimos menos kilos. Por eso, entre la galopante faena del mercado interno más la sequía, hubo una baja en la cantidad de cabezas de ganado. Pero nosotros, que no miramos la hora cuando trabajamos, ajustamos el cinto y vamos para adelante. Los productores vamos a levantar el país”, suelta el hombre. Ahora sí el orgullo se vuelve bronca. Pero enseguida retoma el espíritu de productor inquieto. “Estoy haciendo maravillas para poder tener 70 hectáreas para agricultura. El campo está dividido en altos y bajos. Los bajos están en las zonas donde bajan los ríos: Saladito, Río Negro, Salado, donde se forman esteros.”
Con la premisa de diversificarse, incorporó Brangus colorado hace un año. “Somos brafistas y ahora somos branguistas”, había dicho Flavia, su hija, cuando Faustino bajó del auto para abrir la tranquera. Una vez en la estancia, el hombre elogia los aplomos de un toro llamado como su nieto: Mateo. “Este es un futuro campeón”, suelta al pasar sobre el animal nacido en febrero de este año. Es un producto de esta cabaña que desde 1994 hace inseminación artificial. Con el sistema de transplante embrionario, que implementaron en 2008, sacan óvulos cada tres meses, luego eligen los toros y, en un año, obtienen 20 embriones de cada vientre. Mauro Bravo es el encargado de asignar servicio: qué toro con qué vaca y de mirar los antepasados hasta los bisabuelos. Su ojo hace andar el biotipo de la cabaña. Lo mismo que las manos de Lucas, que a los 33 años ve hacer a su pequeño Mateo lo mismo que él hacia de niño: jugar en el campo, entre el olor rancio de los corrales y el aire denso del verano. Entre la bosta de caballo y los esteros. Desde chico le gustó el aire de aquí y le costó la escuela, aunque está al borde de recibirse de licenciado en Producción Rural
Soberanía alimentaria. Faustino cuenta que hacen su propia mezcla para suplementar, aunque los precios estén altos. Tiene un míxer propio que carga Ulises, un gringo misionero de ojos claros y manos fuertes. La idea es llegar al autoabastecimiento. Y el hombre no se achica porque sabe de batallas: en los años noventa, hizo carbón cuando el campo cayó bajo el yugo menemista. “El carbón salvó al campo”, dice Bravo, mientras camina con dificultad por una operación que lo tiene convaleciente. Los Bravo viven de la cabaña y trabajan en consecuencia: tienen pocos empleados y ellos mismos hacen todas las tareas. “Mandá ocho”, le dice Faustino, agazapado en la balanza. Toma un lápiz: “3860”, anota. Y después los desplazan por el sistema de las mangas hasta la pileta donde los bañan con una solución para quitarles el piojo en invierno y la garrapata en verano. El ruido de un toro imponente cayendo en el agua es como el de un trueno que quiebra el cielo en dos. A los oídos de cualquiera es un ruido más, pero para los Bravo, familia con genética bovina, es música para los oídos.