Es un día fresco, capaz de desmentir que en esta tierra del nordeste argentino el termómetro alcance durante el verano los 49 grados centígrados. El aire se respira húmedo cuando la madera, desprendida en aserrín bajo los colmillos de la sierra, lo invade. Una escena que resulta eficaz para medir la capacidad de una industria que empieza a jugar su partido en primera división gracias a la reactivación del estado provincial, que potenció la formación de consorcios a través de los cuales se agrupan carpinteros, vueltos proveedores de mobiliarios para todas las instituciones públicas de Formosa: escuelas, universidades, geriátricos, comedores, jardines de infantes y albergues estudiantiles, entre otras. 

El monte da la madera. “Vamos a empezar por el principio”, dice Miguel Angel “Hueso” Ruiz, uno de los carpinteros del programa. Y explica cada parte del proceso que llevan los pupitres: desde el tronco hasta el cepillado final. Los hacen con la parte más sana del árbol: aquella que está más lejos de la rajadura natural del medio del árbol, normal por el trabajo de la madera viva. La clave está en el corte: tiene que seguir la beta para evitar que las demás tablas se corten. Eso no es un problema para Ruiz, quien jura tener al mejor oficial cortador de la provincia de Formosa, Anselmo Fretes, “el Messi de la madera formoseña”, dice Miguel. Por él es que aprovecha cada centímetro del tronco elegido para los pupitres. “El algarrobo es la madera más noble: se la puede trabajar verde que no se mueve”, dice.
Un destornillador hunde un tirafondo en la madera. El ruido difumina las palabras de Miguel, que eleva el tono para hacer llegar la voz hasta el grabador. “Mi suegro tenía una empresa y con él viví lo que era antes trabajar con el Estado: había que coimear para poder cobrar o esperar una eternidad y yo no quería entrar en eso porque soy un productor chiquito y hay que tener espalda. Pero Martín Barreneche (otro carpintero) me aconsejó que ingrese. Entonces hice pupitres, los cobré a los tres meses y ahora estoy bárbaro, tengo continuidad y el 60 por ciento de lo que produzco se lo vendo al Estado”, describe. Eduardo “Canto” Gómez, un hombre fuerte y silencioso que se va en bicicleta en busca del almuerzo, es unos de los pocos empleados que consigue Ruiz para sostener los pedidos del Estado, a los que se sumó una demanda privada de bajo mesadas, puertas de frente, puertas placas, de lavadero y de frente de placares para los departamentos de una empresa constructora, que también acudió a los buenos oficios de este carpintero. “Tengo cinco empleados y necesito al menos 10 más. Tengo máquinas paradas por falta de gente especializada. Necesito más gente, pero no exijo tanto: sólo quiero gente que tenga ganas de aprender. Tuve que decirle que no a muchos pedidos.” La opción de Miguel es drástica: buscará incorporar máquinas que reemplacen la mano de obra.

Puertas abiertas. “El Programa de Aprovisionamiento de Muebles Escolares permite amueblar las escuelas con producción local de pequeñas carpinterías, de ocho localidades: la ciudad de Formosa, Pirané, Palo Santo, Clorinda, Laguna Blanca, Espinillo, Misión Taacaglé, El Colorado”, se alegra Horacio Cosenza, el coordinador del programa puesto en marcha en 2005 por la Subsecretaría de Desarrollo Económico, que hoy agrupa a 100 carpinterías pequeñas en consorcios -un especie de cooperativas, pero sin personería jurídica. “La idea es juntarlos para que puedan proveer en cantidad”, dice Cosenza. Es la Unión Industrial de Formosa quien sondea cuáles son los consorcios capaces de entregar el material en tiempo y forma; a contraentrega el Estado paga. Así formó 18 consorcios para afrontar la demanda: el Estado compra 12 mil pupitres por año. “La provincia está decidida a apoyar la madera. El lunes pasado inauguramos un secadero, lo que le va a permitir quitar la presión del algarrobo, con una inversión de un millón de pesos, en el Parque Industrial de Pirané. Trabajamos con el INTI en la capacitación para después tercerizar el servicio a una empresa”, cuenta Cosenza, mientras a su espalda un camión desbordado de pomelos entra a la fábrica de pulpa cítrica, ubicada enfrente de la carpintería de Ruiz, que no sólo se dedica a los pupitres: fabrica aberturas, con el marco de madera dura (urunday, guayacán o lapacho) para kits de viviendas de autoconstrucción que el Estado compra.
Miguel era empleado bancario y es ingeniero forestal. Recibió el mandato de sus padres para estudiar. Nacido en Comandante Fontana, a 220 kilómetros de Formosa, vio desde niño el obraje de los tíos, se rozó con el tanino, con el monte agreste, con las labores de la hacienda, con el rigor del verano. Su primer trabajo fueron cajitas de madera para las ferreterías. Tenía 26 años y su habilidad le dio las primeras muestras del camino. La demanda empezó a crecer y debió contratar una persona. Dejó el banco y compró una parcela, está en el Parque Industrial, hace 18 años.

El diseño es la calidad. Martín Barreneche se sumó al programa un año antes que Ruiz: trabaja desde 2005 con el estado provincial. “Llevamos adelante calidad y diseño”, dice. Sabe que no se trata sólo de cortar madera a medida, de tornearla. “Hay que mejorar la provincia y tenemos todo el apoyo del gobierno para hacerlo. El dinero que entra a Formosa tiene que ser gastado en Formosa. Si entra metal para hacer muebles ganan Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires y nosotros nos cagamos de hambre. Y sabemos que la dignidad del hombre pasa por el trabajo”, afirma. Desde Buenos Aires nos reciben vampiros, llegamos para pagar 20 lo que, saben, cuesta 100.
La madera formoseña es de las más nobles: ofrece estabilidad y durabilidad. Pero en el mundo capitalista lo que no tiene el condimento del márketing no se vende, aunque sea extraordinario: por eso existen las marcas. “El verdadero empresario toma riesgos y precauciones”, sabe. Por eso lo suyo, con la saturación que en Formosa tiene el algarrobo por ser una madera nativa, lo suyo es el servicio al cliente, el seguimiento del mueble, la calidad y el diseño. Por eso vende a Entre Ríos y a Misiones, porque ha sabido cambiar a tiempo. “Muchos carpinteros de Formosa llevan 40 años sin cambiar el diseño, tenemos que cuidar el monte con el diseño de los muebles, porque con el mismo material que antes se hacía una silla ahora se hacen dos. El problema es que cada uno cree que eso que aprendió es lo mejor aunque lo haya aprendido hace cuatro décadas”. Barreneche encarna la nueva mirada de una provincia que empezó haciéndose fuerte en casa con el sueño de darle sus muebles a todo el país.