La ciudad está hundida en el gris de la lluvia que el tango llama garúa, una llovizna pertinaz que obliga a fruncir el ceño, humedece la ropa pero no moja el pelo. La calle es una cinta pegajosa, los autos son luces que van y vienen, pero los edificios más altos desaparecieron, comidos por la cerrazón. Es el destino de Buenos Aires en cada otoño y del destino, se sabe, no se puede escapar. Pero es inevitable pensar que sea un montaje escenográfico de La Fura dels Baus, la compañía de teatro no convencional nacida en España hace 33 años.  
Lo único claro en ese monocromo son los ojos de Valentina Carrasco, que tienen todo el azul que el cielo niega tras un telón de nubes. En la próxima hora, Valentina se abocará a contar los detalles de “Edipo”, la ópera que ponen en escena en el Teatro Colón, pero también a explicar su papel como directora desde hace 13 años.

Destino furero. Los amigos y la familia la hacen volver al país al menos una vez al año. Cuando vuelva a España, añorará otra vez los paisajes argentinos en que uno puede perderse sin rumbo, esos lugares donde la señal de los celulares desaparece, como le pasó en su viaje mochilero por San Juan, La Rioja, Salta y Jujuy, hace unos años. La cuenta que piensa saldar antes del retorno es una visita a los esteros del Iberá, en Corrientes. El tema es otro en una charla que irá y vendrá por varios, pero que está, como todo según ella, escrita. Por eso el destino es el tema.
Por la ventana entra un bullicio de chicos que en la sala se oye como en sordina. La luz natural de la ventana le alumbra el perfil derecho cuando ella se mueve en la silla en la que apoya los codos. Cuando se queda quieta, las sombras le borran la figura de la cara y sólo quedan dos luces: los ojos con los que Valentina también habla. “Nunca tomé una clase de teatro en mi vida, con el perdón de quienes lo han hecho”, dice a las risas. Lo que sí tuvo de niña es mucha música: se hizo amiga del ascensorista del Colón para colarse. Vivir a dos cuadras del teatro más famoso de la Argentina le facilitaba la tarea. “Me gustaba mucho la ópera por la puesta en escena”, dice antes de declararse una estudiante compulsiva de carreras que no termina: estudió violín, piano, acrobacia, danzas, cine, letras y literatura.
Firme en el trato, uno la imagina enojada con los ojos antes que con el grito. Pero supone que prima su personalidad y que el enojo, entonces, nunca ocurre. Pero no debe ser nada fácil la tarea que lleva a cabo junto con Àlex Ollé, el otro director y fundador de la Fura: dirigir obras con 150 personas en escena.   
A fines de 1999 recaló en Barcelona. Había ganado una beca para estudiar cine en París y un amigo que conocía a La Fura la contactó con el grupo. Los ayudó con “El Fausto”, justo cuando terminaba literatura alemana y estaba de vacaciones en la facultad. Valentina terminó trabajando en la compañía española de teatro, un grupo que desde sus inicios plantea un espectador móvil, integrado a la obra. Así define ella la intención: “Buscamos llevar un mensaje, crear una inquietud. De lo contrario es entretenimiento y yo no hago eso de Disney. No queremos perturbar, sino abrir una pregunta sobre un tema”. Las temáticas son variadas: la muerte, el sexo, la tragedia, el destino, la venganza. 
Edipo según La Fura. En una zona rural de Hungría, hace dos años, se inundó una gran parte de la ciudad. La fuerza del agua no sólo se metió en las casas y en los campos; quebró unos piletones de amoníaco y ese líquido se desparramó. La ciudad quedó cubierta de un rojizo contaminante. A los cerebros de La Fura dels Baus se les encendieron las lamparitas. Alfons Flores, el escenógrafo, pensó en usar ese barro color terracota en una obra en la que quedara enlazado el destino con el barro como elemento plástico. “La técnica ayudó tanto al hombre moderno que le creó una omnipotencia que la tragedia colectiva destruye, como el barro ese que ensucia todo el rato. Te podés lavar las manos, pero si todo tiene barro te volvés a ensuciar. Esa es la idea que planteamos en ‘Edipo’, la idea de que la tragedia es inevitable, como el destino: cuando te toca, te toca. Todos tenemos un destino. Porque hay algo que no depende de nosotros y de lo cual no hay que escaparse. Hay que hacerse cargo de lo que te ha tocado en la vida para enfrentarlo”.
La ópera que La Fura dels Baus presentó durante mayo y repetirá el 5 de junio en el Teatro Colón, cuenta la historia de Edipo dividida en cuatro actos, pero no se restringe a la tragedia. Compuesta por George Enescu, narra el trágico destino del hombre que mató a su padre y se casó con su madre, pero lo cuenta desde el inicio. “Mi único crimen es haber evitado mi destino”, dice Edipo en la ópera libretada por Edmond Fleg y basada en Edipo Rey y Edipo en Colono, de Sófocles. Los intérpretes principales son Natasha Petrinsky, Robert Bork y Andrew Schröeder. Pero son 20 los cantantes solistas, algunos que ya trabajaron con “Gran Macabro” el año pasado. El coro es del Colón, integrado por más de 100 personas.  

La Fura como escuela. En la compañía, Carrasco hizo -hace- de todo. Dirigió un cantante en la ópera de París, punteó tierra para buscar gusanos y pintó paredes. Tal vez por eso prefiere las tiendas de herramientas y materiales de la construcción antes que los shoppings. “La Fura es una escuela. Hacemos cosas muy disímiles. Es un espíritu inquieto que se apoya en el no repetirse, en no quedarse dormido en un estilo que funciona. En mi caso pienso en no repetirme para no aburrirme, porque lo poco o mucho que pueda hacer depende de si estoy entusiasmada. Cuando hacemos una misma obra en cuatro o cinco teatros le cambio determinadas cosas, o hemos cambiado totalmente un personaje porque el cantante no daba del rol que teníamos pensado en la previa”.
-¿Es más fácil poner en escena una obra musical u otra de texto?
-No me tienta hacer una obra de texto, pero sí me gusta verla. De hecho, cuando vengo a la Argentina, veo obras, también por el alto nivel actoral que hay acá y que uno lo nota cuando se va. Allá no es normal; de hecho, hay mucho español que viene a hacer cursos de teatro aquí. Y por eso, los directores argentinos son exitosos en España. Dan una clase y se les llena el lugar, porque tienen muy buena reputación. El teatro de texto, en España, suele tener un punto de impostación que es complejo de creer. Acá sí te lo creés y es raro encontrar un nivel bajo, aunque no te interese la obra.
-¿Cómo encontrás un verosímil dentro de la espectacularidad que plantean?
-No se basa en ese impacto, sino en el sentido: que esté ahí por algo, que no sea gratuito. Si ponemos una figura de mujer de 16 metros, como pasó en “Gran Macabro” (2011), tiene que tener un por qué.