Fuente: CIASFE2

Al fenómeno de las inundaciones se lo puede asumir como un suceso esporádico de la naturaleza o como una cuestión frecuente y dolorosa. La calificación que se otorgue va a depender de la frecuencia en las que ocurra. Dentro de las causales se destacan: nivel, frecuencia, época del año e intensidad de precipitaciones, relieve del paisaje del área, alteración de las vías naturales de escurrimiento, infraestructura hídrica y vial, uso del suelo y ordenamiento del territorio y políticas públicas.

En los últimos años, por diferentes factores, cambió el patrón de distribución e intensidad de las precipitaciones en Santa Fe. Como ejemplo de esto, en vastas zonas de la región en febrero – marzo del año 2014 llovieron entre 850 y 1.000 mm, lo que provocó un aumento en el nivel de las napas. Esto trajo aparejado, llegar a agosto de este año con suelos saturados y vertientes altas.

Por otro lado, el tendido de la red vial en muchas ocasiones no contempló los cursos naturales de escurrimiento de los excesos hídricos, funcionando en la práctica como verdaderos terraplenes, generando anegamientos parciales aguas arriba. Agravada la situación en algunas ocasiones por la profusa construcción de canales sin contemplar la más mínima planificación a nivel cuenca.

En los últimos años aumentó considerablemente el avance de las urbanizaciones, provocando la impermeabilización de suelos en zonas relativamente importantes y no siempre respetando una adecuada localización de las nuevas urbanizaciones al avanzar sobre zonas deprimidas y humedales que actúan naturalmente como espacios de acumulación, retardo de la escorrentía y retención de excesos hídricos y a su vez, obstrucción de las vías de escurrimiento naturales de un área determinada.

A partir de la década del ’70 se produjeron cambios importantes y sostenidos en los sistemas productivos en la región central con el avance de la agriculturización, proceso que se intensificó y expandió hacia otras regiones en los últimos años con una marcada pérdida de diversidad e instalación del monocultivo casi permanente, alejándose de prácticas más sostenibles en el tiempo, como son los modelos mixtos o bien aquellos que suponen una supremacía de las rotaciones agrícolas pero acompañadas de acciones que presumen una mitigación de los impactos negativos de ésta y que comprenden medidas del manejo profesional agronómico como, sistema de labranza, rotación de cultivos, aumentando la frecuencia de gramíneas en la misma, manejo de residuos de cosecha, cultivos de cobertura, etc.

Este cambio en el patrón productivo no fue gratuito para el sistema ya que aumenta su vulnerabilidad, entre otras cosas aumentando el gradiente de deterioro del recurso suelo.
El Estado se desentendió de la problemática productiva y de sus implicancias sobre la conservación de los recursos, quedando literalmente librados los procesos productivos y la administración de los recursos naturales a las leyes del mercado.

El Estado debe ser el catalizador de las demandas sociales, las necesidades de los sistemas productivos y de los recursos naturales, tratando de armonizar y mantener los equilibrios sectoriales y agroecosistémicos en pos del bien común.

Para dar respuestas a estas cuestiones es necesario e imprescindible la elaboración de políticas de estado, entendidas éstas como aquellas políticas públicas nacidas del debate y consenso de los diferentes actores que hacen a la vida local y nacional, respondiendo a planteos sociales, culturales, productivos y medioambientales desde la mirada de la sostenibilidad, competitividad y equidad.

Ing. Agr. Gastón Huarte
Presidente Colegio de Ing. Agr. de la Pcia de Santa fe 2da Circ.