Se fue agosto, y a modo de despedida, como un adiós, se agitan en una brisa melancólica las ramas floridas del aromo. Ha llegado septiembre y con él, la promesa de la savia renovada. Vamos camino hacia la primavera. Se insinúan los primeros brotes y el sol madruga más cada mañana. En la mesa de la galería, Doña Potola ordenaba los sobres de las semillas para entrarle a los almácigos preparados en la quinta.
– De lejos parecía que estaba jugando al solitario –bromeó la Sra. República.
– Y tiene razón mi amiga. En esta época me dejan sola. Todos tienen excusa para no acompañarme a la quinta. Después, la visitan como promesantes y vuelven con la canasta rebosante de verduras y con una sonrisa.
-La escuché el año pasado decir que era la última vez…
-¿Y usted me creyó mi amiga? Hay dos nietos que me siguen y no puedo defraudarlos. Mire, llega septiembre y como los árboles, siento un soplo de vida en mis huesos viejos y tengo necesidad de expresarlo con estas semillas. “En cada casa una quinta” es mi propuesta para que los niños descubran el mundo maravilloso que esconde una semilla. Está bien que les hayan regalado una computadora. Yo además les entregaría una pala, una azada y un rastrillo. Los haría responsables de la verdura que se consume en cada casa.
-¡Se fundirían todos los verduleros, Doña Potola!
–  Y con esa plata mi amiga, podrían comprar más carne. Una cosa no quita la otra. Luego de la escuela por qué no sacarle el herrumbre a las herramientas que están guardadas, trabajando un pedacito de tierra. No se les va a caer la corona a los reyes de la casa. Estoy segura que mejoraría la dieta alimentaria y pocos dirían que no les gustan las verduras.
– En eso no estoy tan segura. Si los obligan a que hagan la quinta, la van a odiar Doña.
– No se trata de obligar, sino de que entiendan señora. Prepararlos para enfrentar la vida. Dios quiera que nunca les haga falta, pero llegado el momento y si la taba cae al revés, van a estar preparados. Poco a poco los hemos ido malcriando y ahora no quieren hacer ni un mandado. Las chicas ni saben hacer un par de huevos fritos, total en el pueblo hay gente que cocina y piden la vianda. En las ciudades lo llaman “delivery”, y si seguimos así, van a parir los hijos y los van a pasar a buscar cuando estén creciditos.
-¿No le parece que exagera Doña Potola?
– Puede ser mi amiga, pero no me diga que “ganas” no le faltan. ¿No leyó que se están alquilando vientres?
– Sí Doña, pero para casos muy especiales.                                                                                                                         – Si tuviesen dinero, no sabe cuántas se anotarían. Se evitarían los nueve meses de embarazo, el parto, que no es un trámite nada fácil y por supuesto, no se les caerían los pechos y conservarían esa silueta de novia eterna en la que quieren perpetuarse.
– Doña Potola, mejor volvamos a la semilla y a la quinta, porque estamos navegando por un mar turbulento.
– Venga mi amiga y déme una mano en el timón, que nuestro barco está haciendo un poco de agua.