Por Ezequiel Gandiaga / Fotos Jazmín Arellano

Cuántos recuerdos trae a la mente verlo. Cuántas alegrías. Reflejos, estiradas maravillosas, un campeonato del mundo y un valla invulnerable, conforman la historia de uno de los mejores arqueros argentinos de todos los tiempos: Ubaldo Matildo Fillol.

Antes de ser quien es, era un jovencito humilde que llegó a la gran ciudad desde un pueblo casi desconocido a probar suerte y terminó siendo el mejor de todos. Así presentado, parece más un guión de telenovela que una historia real. Pero así fue la vida del Pato en sus años de futbolista.

El gran astro del arco nació en 1950 en San Miguel del Monte, un pequeño pueblo que atraviesa la ruta 3, al sur de la provincia de Buenos Aires. Allí, en el barrio Coppola, Ubaldo, el hermano menor de los Fillol, jugaba casi siempre solo, dado que era una de las pocas familias que había en la cuadra (por entonces, todo era terreno baldío, puro campo, que con los años se fue poblando). Su papá, Luis Damián, ya fallecido, era empleado municipal. Junto con el Pato vivían también su mamá, Celia Elisa, y sus hermanas, María del Carmen y Margarita.

En sus ratos libres, cuando volvía de la Escuela número 1 General San Martín (la segunda institución educativa más antigua de la provincia) andaba a caballo y a veces (¡por supuesto!) jugaba al fútbol con su gran amigo, “Martillo” Tolosa. El resto fue el destino: un día “Martillo” le pidió a Ubaldo que fuera a jugar al San Miguel, un club del pueblo, y lo hizo fichar para su equipo. “A veces, cuando faltaba uno en el arco iba yo. Pero he jugado de delantero cuando era chiquito. Cuando tenía 9, 10 años, jugaba con chicos de 20, no había edad en el potrero. Yo empecé a jugar en San Miguel y ahí ya competía con todos chicos de mi edad. Los sábados se jugaban dos partidos: primero lo hacía la cuarta división, en la que yo jugaba de arquero, y después la tercera, en la que jugaba de número cinco”, revela Fillol.

En esa época el “Pato” tenía 11 años. Cuando todavía no había cumplido los trece. Una tarde caminaba por su pueblo y se encontró con Pando, un chico conocido, también de Monte, gran jugador. Ubaldo se enteró que su amigo iría a probarse a Quilmes. Pando no tenía con quién viajar y le pidió al Pato que lo acompañara. Y fue. El resto es historia. “A los 13 me fui a probar. Cuando Pando me invitó, yo le dije que sí. Aprovechaba y me probaba yo también, total, no perdía nada. Cuando llegamos allá, se acercaron dos personas y empezaron a preguntarnos nombre, lugar de procedencia y puesto. Iban pasando todos los chicos, hasta que llegó a mí. Yo le dije que jugaba de cinco o de arquero, acostumbrado a San Miguel, y se puso como loco (se ríe). Entonces me dijo que eso no era el equipo del barrio, que no podía tener varias posiciones. Ahí le dije que era arquero, pero por nada en particular”, asegura el campeón del mundo.

En los 20 minutos que duró la prueba ambos jugaron bien. “Pando y yo la rompimos”, recuerda Fillol. Apenas terminó la práctica, los dirigentes pidieron el pase de los dos chicos de Monte. A comienzos del año siguiente los dos jóvenes se mudaron al sur del Conurbano. El Pato, que había sido sodero, albañil, y hasta mozo del mítico restaurante “La Enramada”, que todavía hoy se encuentra sobre la ruta 3, frente a la terminal de ómnibus local.

Pato campeón

El momento cumbre de toda su carrera fue, sin dudas, el campeonato mundial de 1978. Aquel 25 de junio, ante un Monumental repleto, Argentina era por primera vez en su historia campeona del mundo. Dos días después, el arquero volvió a su pueblo y recibió el regalo más importante de toda su carrera: “En 1978, en Monte vieron los partidos del mundial por televisión. Cuando terminó y le ganamos a Holanda me esperó una autobomba a 10 kilómetros de la entrada de Monte. Estaba todo el pueblo esperándome en la calle. Fue el mejor regalo que yo tuve en mi carrera deportiva: haber vuelto a mi casa, a mi lugar, como campeón del mundo”.

Ese día del triunfo, ocurrió una de las escenas más conmovedoras de la historia del fútbol. Eran los primeros segundos posteriores a haber obtenido la Copa del Mundo. Los argentinos teníamos un poco de luz en la época más oscura de nuestra historia. Allí Fillol se fundía en un abrazo con el “conejo” Tarantini, otro pilar fundamental de aquella consagración. En medio de aquel momento único, Víctor Dell’ Aquila, un hincha más de los 80 mil presentes, que había sufrido la amputación de sus dos brazos a los 12 años, se acercó a los dos campeones y los abrazó con su alma y su corazón. Aquella imagen tomada por Ricardo Alfieri (padre) recorrió el mundo.

Al consultarlo sobre el presente de la Selección, admite que confía en Sabella, pide no comparar a Lionel Messi con Diego Maradona bajo ningún concepto. “Tratemos de disfrutarlos, cada uno en su época fue el más grande”. Además asegura que fue un gran error terminar en la selección juvenil con los proyectos de Pekerman-Tocalli y haber cansado a Marcelo Bielsa mientras dirigía una selección mayor que era exitosa. “Ahora empiezan a buscar directores técnicos que no dan resultado y se pierde tiempo. Bielsa es un DT de élite”, opina Ubaldo, quien también expresa orgulloso que Menotti es un prócer del fútbol.

Amistad

Al viajar hacia Quilmes, comenzó una de las etapas más duras en la vida del arquero. La distancia con los suyos, con su pueblo, era muy difícil de superar. Por esos años, los teléfonos eran escasos y el contacto por cualquier vía se complicaba. El club les dio un trabajo a cada uno, en donde les permitían ir a entrenar, y además una pensión donde alojarse, que debían abonar con sus salarios. Para colmo de males, Pando estaba en otra pensión y Ubaldo quedó solo, en un lugar que desconocía. Un mes después, al Pato se le fue lo único que lo ligaba a su pueblo: amigo largó todo y volvió a Monte.

A partir de su debut, a los 18 años en la primera, los rumores sobre las extraordinarias condiciones del “Pato” se desparramaban de boca en boca. Era el comienzo de una carrera que iba a durar 21 años, hasta 1990, en el recordado partido entre River y Vélez por el campeonato. El “Pato” se despidió y empezó a viajar con más continuidad hacia su pueblo. “Yo nunca me fui de Monte, yo nací acá y me van a enterrar acá. Ahora estoy mucho más tiempo desde que dejé de jugar. En toda la Argentina soy el Pato Fillol, acá soy el negrito Fillol”.

A diferencia de otros jugadores que se retiran, Ubaldo jamás extrañó la cancha después de dejar su carrera profesional. “Me despedí saturado. Eso me ayudó enormemente, porque me retiré a los 40 años, ya grande, jugué 10 años en River que es toda exigencia, 15 años en la selección, donde hay que ganar todo. Jamás falté a un entrenamiento, jamás llegué tarde, hice todo a full”, reivindica.

Hoy sigue jugando al fútbol, pero no de manera profesional, sino con sus amigos del barrio. Se apresura en afirmar que no ataja, sino que juega de cinco, como en las viejas épocas. Considera: “Si atajo, se arruina el picado ¿Quién me hace un gol?”, se pregunta, pícaro, un hombre que está en la historia como uno de los mejores arqueros de la historia del fútbol, un tipo sencillo que jamás se olvidó de sus orígenes, de su gente, de su pueblo; esa materia que lo vuelve un verdadero grande no ya del fútbol, sino de la vida.

La carrera del Pato

Comenzo? en Quilmes en 1969, cuando tenía 18 años y se retiro? en 1990 con la camiseta de Ve?lez Sársfield. Durante esos 21 an?os jugo? adema?s en Racing, River, Argentinos Juniors, Flamengo de Brasil y Atle?tico de Madrid. En la seleccio?n fue convocado ininterrumpidamente desde 1974 hasta 1985. Gano? la copa del mundo Argentina 1978. Tiene el record histo?rico del fu?tbol argentino con ma?s penales atajados (26) al igual que Hugo Orlando Gatti. En su u?ltimo partido profesional jugando para Ve?lez le atajo? un penal a River (club del que es hincha) y lo privo? al Millonario de ser campeo?n.