Por Ezequiel Gandiaga / Fotos Bárbara Reiter

Se hizo conocido por su fuerza, por el sudor con que mojó todas las camisetas que calzó. Se hizo conocido por su apodo antes que por su nombre. Y por su pueblo asociado a su apodo. Antes de ser Julio Jorge Olartocoechea fue para los relatores de fútbol, El Vasco de Saladillo. El hombre jugó tres mundiales de fútbol con la Selección nacional, entre ellos el inolvidable campeonato de México ´86. Jugó en Boca, River y Racing. Pero aquel equipo armado en torno a un tal Diego Maradona, lo consagró para siempre.

Saladillo, su lugar de origen, es una pequeña localidad ubicada a 170 kilómetros de la Capital Federal. “José María Muñoz me llamaba `el Vasco de Saladillo ?, y eso identificó mucho mi nombre con el pueblo. Cuando vine en el ´86, después de salir campeón, estaba lleno de gente, desde la ruta hasta la plaza principal. Entré con un auto porque no quería subirme a la autobomba. Y en el ´90 fue igual, a pesar de haber perdido la final”, recuerda.

La historia de los Olarticoechea en Saladillo comenzó con su abuelo Santucho, que había partido desde el norte del País Vasco, en la frontera con Francia, a comienzos del siglo pasado. Tenía objetivos modestos: alejarse de la gran ciudad para probar suerte en un interior de la Argentina prácticamente deshabitado – y desconocido por él- en ese entonces. Casi al mismo tiempo llegaron sus abuelos maternos, en barco desde Rimini, Italia, y compraron una quinta para dedicarse a la agricultura.

Aquí, en esta Saladillo que hoy luce verde de soja verde y fedd los, se conocieron Rosa y Héctor, los padres del Vasco. El 18 de octubre de 1958 nació Julio Jorge, el menor de tres hermanos (Abel es el mayor y Alberto el del medio). Mientras su madre se dedicaba a la casa, su padre se convertía en el sastre más famoso del pueblo. Confeccionaba sacos y pantalones. Los hijos de la familia comenzaron la primaria en el colegio Hipólito Yrigoyen. Sin embargo, su madre, muy religiosa ella, consideraba que la educación que le brindaba la escuela no era suficiente y decidió mandar a los tres niños a estudiar catequesis.

Niño jugador

“Nunca jugué con mis hermanos al fútbol. Yo jugaba en el colegio y después, a la tarde, con los vecinos en el barrio. En vez de ir a catequesis, le mentía a mi mamá y me escapaba al campito de enfrente a jugar a la pelota. La pasión del fútbol podía más que cualquier cosa, menos ratearme del colegio. El deporte era lo principal para mi?”, confiesa.

El amor por el deporte se le metió en la piel: jugaba, soñaba, leía cada semana la revista El Gra?fico que su ti?o le llevaba desde Capital, sacaba informacio?n sobre los jugadores y trataba de imitarlos. Pero ojo: Julio teni?a algo que lo destacaba del resto y él se daba cuenta de eso: le pagaba con las dos piernas y nadie le ganaba haciendo jueguitos. “Intentaba imitar a los jugadores que apareci?an en El Gra?fico, llegue? a hacer 900 toques sin que se me cayera la pelota, mientras que Oscar “Pinino” Ma?s (ex gloria de River Plate), por ejemplo, haci?a 1.200”.

Cuando estaba a punto de terminar la escuela primaria, a los 11 an?os, el patro?n de su papa? le consiguio? un lugar en el Club Argentino, el equipo del pueblo. Alli? comenzo? a jugar y tras cuatro años, a los 15, debutó en la primera divisio?n. “Debute? en la primera de Argentino un verano, en diciembre”. Pero no dejó la escuela: habi?a comenzado la secundaria en el Colegio Profesional Nu?mero 1, pero hizo solo un an?o, hasta que llego? su gran oportunidad. Por ese entonces su ti?o Ricardo (el mismo que le llevaba las revistas deportivas), hermano de su papa?, le consiguio? una prueba en Racing Club de Avellaneda. El Vasco viajo? hasta con su hermano Alberto. Pero su primera prueba fue fallida: el club se equivocó de categori?a y tuvo que volver al di?a siguiente.

“En la primera prueba, jugue? con pibes ma?s chicos que yo. Me probe? de volante. Al otro di?a fui y me probaron de nuevo, hice dos goles y quede?. Como mi ti?o teni?a casa, me quede? viviendo con el, y asi? evite? la peor e?poca del futbolista del interior, la del desarraigo, de estar en una pensio?n. Muchas veces me queri?a venir, igualmente en la casa de mis ti?os la pase? genial, si no no hubiera aguantado. Saladillo se extran?a siempre. En ese entonces veni?a una vez por mes. Despue?s veni?a todas las semanas, cuando me pude comprar mi auto”.

Lo ma?s increi?ble de la intensa unio?n del Vasco con su pueblo es que, au?n teniendo su propia casa en Buenos Aires, extran?aba horrores. Cuando se retiro?, el homenaje se realizo?, claro, el Club Argentino. Julio recuerda: “A mi despedida en 1993 vinieron 8 mil personas, el estadio del Club Argentino estaba repleto. Vinieron varios jugadores de San Lorenzo y compan?eros mi?os del ´86 tambie?n. Diego no. Yo done? toda la recaudacio?n de ese partido a cuatro instituciones de aca?”.

Las chicas tambie?n

Su amor por Saladillo fue tal que decidio? criar a sus dos hijas, Gisela y Johana, en el pueblo que lo vio nacer. Por ese motivo, al terminar su carrera dejo? la gran ciudad y volvio? a la localidad bonaerense. Curiosamente, su esposa Gloria, tambie?n saladillense, queri?a quedarse en Buenos Aires, pero Julio logro? su objetivo: sus hijas se criaron en las mismas calles que e?l. “Ninguna de mis hijas nacio? aca?, pero yo las quise traer a vivir a Saladillo para trasladarle eso a mis hijos. Era insegura ya Capital y no queri?a que mis chicas vivieran eso. Asi? que se criaron aca? y estoy muy feliz de eso. Despue?s siguieron su camino, pero siempre vienen.”

Por otra parte, reconoce que en Buenos Aires le demuestran ma?s el afecto, por la forma de ser expansiva del porten?o. Adema?s de que en sus propios pagos esta?n ma?s acostumbrados a verlo por las calles. Veinticinco an?os despue?s, haber sido campeo?n mundial le sigue dando satisfacciones.

En 1997 le toco? atravesar una fea situacio?n al club que lo vio nacer. “En esa e?poca fui presidente de Argentino, a pesar de que no me gusta ser dirigente. Pero el club estaba cerrado y decidi? ayudar. Hoy esta? bien, se mantiene con muchos chicos entrenando. Eso es lo que uno quiere porque un club tiene que ser social”, advierte.

Actualmente, su principal ocupacio?n es dirigir uno de los seleccionados juveniles de AFA (adema?s de la escuela de fu?tbol que tiene en Saladillo y lleva su nombre). Segu?n su experimentada opinio?n, los continuos fracasos de la seleccio?n mayor son producto de varias fallas en el aspecto defensivo, como la falta de marcadores laterales. “No hay muchos marcadores, es un problema que tenemos en el fu?tbol. Si no aparecen, habra? que formarlos. Yo podi?a jugar de cualquier cosa, me daba lo mismo, pero algunos jugadores no”, dice quien, a pesar del tiempo transcurrido, parece seguir sintie?ndose un futbolista.

La carrera profesional del Julio Jorge Olarticoechea duro? 18 an?os. Debuto? en Racing en 1976, luego paso? por River y Boca. El u?nico equipo que defendio? fuera de la Argentina fue el Nantes france?s, en la temporada ´86 – ´87. Despue?s regreso? al pai?s para vestir la casaca de Argentinos Juniors y Racing nuevamente. En 1993 se retiro?, en Mandiyu? de Corrientes. Fue campeo?n con River en el Nacional de 1981 y obtuvo la Supercopa con Racing en 1988. En la Seleccio?n Nacional disputo? tres mundiales (1982, 1986 y 1990). Gano? la Copa del Mundo de Me?xico ´86 y el subcampeonato mundial de Italia 90. Se caracterizo? por ser un jugador polifuncional, muy aguerrido y de buen pie.

Duelo de titanes

“Diego y Messi son diferentes, no tienen el mismo cara?cter. Diego era ma?s agresivo, siempre fue li?der. Messi es introvertido, ma?s tranquilo. Pero en la cancha se transforma. Ma?s que compararlos, hay que disfrutarlos, los dos son argentinos. Diego era ma?s vistoso, en mi opinio?n. Barcelona es una seleccio?n del mundo, pero asi? todo Lionel sobresale. Le falta ser campeo?n del mundo, ojala? que lo sea. Y si no, sera? un ejemplo a nivel mundial como lo fueron todos los argentinos que no pudieron ganar un Mundial: Ayala, Batistuta y dema?s, que igual dejaron muy bien parado a nuestro pai?s”, reflexiona Olarticoechea.

Para reflejar lo que era Diego, recuerda la lesio?n que tuvo que sobrellevar en Italia 90: “En ese Mundial, e?l teni?a el tobillo a la miseria, pero no se queri?a perder ningu?n partido. Lo infiltraban antes de salir a la cancha y teni?a el pie tan hinchado que la jeringa no penetraba en la piel”.