Por Ezequiel Gandiaga / Fotos Juan Carlos Casas

Don Antonio Bochini trabajaba en una fábrica cuando el 25 de enero de 1954 nació el cuarto de 9 hermanos. Lo llamaron Ricardo Enrique. Durante sus primeros años, fue de blanco a la Escuela N°24, Ricardo Güiraldes, del Barrio Villa Angus, hoy convertido en el Centro Educativo Complementario N° 801. Por las tardes ayudaba a su mamá Antonia y a sus hermanos a cultivar distintos tipos de frutas y verduras en la huerta que la familia tenía en el fondo de la casa de la calle Félix Pagola al 1700. “Teníamos una bomba, y yo bombeaba para sacar el agua y regar. Plantábamos tomates, lechuga, varias cosas”, recuerda Ricardo, mientras vuelve a observar, nostálgico, el patio de su casa.

La charla empieza en la tierra en la que nació, donde empezó a jugar a los 5 años: Zárate. La familia Bochini arribó a la Argentina a comienzos del siglo XX. Según los registros, algunos antepasados lo hicieron desde Génova, al noroeste de Italia, mientras que otros llegaron desde Sicilia, región insular del sur de aquel país. Los abuelos de Ricardo se trasladaron rápidamente a la zona norte de la provincia, donde florecía una ciudad industrial de renombre, ubicada a casi 100 kilómetros al norte de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Zárate.

En sus ratos libres ya jugaba al baby fútbol en las esquinas del barrio, con su amigo Coria y sus hermanos. Eran tiempos en que todos jugaban para divertirse, sin ánimo de competir, pero el talento del niño Ricardo era notable. Cuando cumplió 10 años comenzó a jugar en las inferiores del Club Belgrano de Zárate, donde debutó en primera a los 13 años. “Estaba todo el día jugando al fútbol en todos lados, en el patio de mi casa, en el barrio. A los diez ya jugaba en la Liga de Zárate, jugaba de 9, de delantero. Pero siempre adelante jugaba de volante ofensivo.”

A los 15 años le llegó la gran oportunidad de su vida: “Me fui a probar a Independiente, me llevó Giachello (ex jugador del “Rojo”). Me acompañaron un dirigente y el técnico de Belgrano. Primero me había ido a probar a Boca, estuve una semana en Buenos Aires y me miraron 20 minutos, así que no quise volver más, extrañaba mucho. En el Rojo me probó Nito Veiga, anoté un gol de penal ese día y me hicieron jugar el partido preliminar del fin de semana siguiente, frente a San Martín de Tucumán, por el Torneo Nacional. Eso fue a fines del 1969, y en el ´70 Belgrano me cedió un año a préstamo con una opción de compra”, cuenta Ricardo, de los años en que todavía no era “El Bocha”.

Hasta que Independiente finalmente compró su pase, pasó durante un año por varios momentos complicados. Si bien vivía en la casa de su amigo Daniel Bertoni (otra gloria del equipo de Avellaneda), en Quilmes, viajaba dos veces por semana a Zárate y los costos complicaban mucho cada vez que debía trasladarse. El club por ese entonces no le pagaba y el trabajo de su padre no alcanzaba para soportar todos los gastos. Además, la distancia con sus familiares fueron argumentos más que suficientes para que Bochini decidiera dejar el club para volver a su ciudad. “Durante ese año volvía a Zárate martes y jueves, y jugaba los sábados. Tomaba el colectivo, tren, de todo. Salía a las 4 de la mañana y volvía a las 8 de la noche. Por todo esto, dejé de ir durante un mes, y volvieron a buscarme. Me prometieron pagarme algo y por eso volví. Después me compraron en 1971 y bueno, ahí empieza la historia.”

Una historia en color Rojo

Durante los primeros meses de 1972 entrenaba con la tercera y jugaba los partidos previos a los encuentros de primera. Pero el sábado 25 de junio, mientras Bochini se preparaba para jugar para la quinta división contra Estudiantes, pasó por el vestuario de la primera división donde observó una lista con los jugadores citados para concentrar con el plantel profesional y encontró su nombre. “Por lo tanto jugué para la quinta medio tiempo, anoté dos goles, me sacaron y me fui a concentrar”, dice el “Bocha”.

Debutó en la máxima categoría jugando algo más de 15 minutos. El resultado final fue derrota para Independiente, por 1 a 0 en cancha de River, frente al equipo local. Un dato curioso de aquel día: el técnico que puso en primera al jugador más importante de la historia “roja” era Pedro Dellacha, ídolo de Racing, que fue parte de la época más ganadora de la escuadra académica, a quien todos conocían como “Pedro del área”.

Lo que sucedió luego fue pura gloria: un año después del debut ganó la primera Copa Libertadores con Independiente. Luego, el 28 de noviembre de 1973, se puso la 10 para la final de la Copa Intercontinental con la Juventus, el día de la increíble pared con su gran amigo Daniel Bertoni, para darle al equipo argentino su primer campeonato del mundo mediante un golazo espectacular. Con ese partido selló para siempre el amor del club de Avellaneda con Bochini.

Ídolo del pueblo

“Cuando volví de Italia campeón del mundo con Independiente, me recibieron como un ídolo en Zárate. Estaba todo el pueblo. Cuando yo empecé a jugar en primera, me fui a vivir a Buenos Aires. Venía a visitar a mi familia cada 15 días. Un día todo el pueblo me esperó para saludarme, y cuando me fui a mi casa a descansar, la gente estaba tan entusiasmada que se subieron al techo, que era de chapa, y todo se empezó a mover tanto que yo pensaba que se venía abajo. Mi tía me pedía por favor que los bajara porque la casa se iba a derrumbar.”

Desde aquel título hasta su retiro, en 1991, Bochini ganó copas y campeonatos, pero se anotó una estrella máxima: salió campeón del mundo con la Selección Argentina en México 86, aunque jugó cinco minutos en la semifinal con Bélgica.

La nota está terminando, Ricardo saluda a los vecinos, que le tocan bocina o se acercan para sacarse una foto. Lo invaden los recuerdos del pasado, del lugar donde pasó su infancia, de las calles con obreros de Zárate. Ahí va Ricardo Enrique Bochini, mientras todos lo miran como esperando una maravilla más, aunque sea una sola “Bocha”, porque todavía retumban en las cabinas de transmisión los gritos desaforados de los relatores. Todavía quedan los rivales desparramados. Y todavía quedamos nosotros, los que pudimos disfrutarlo, inundados de nostalgia cuando lo vemos. Porque el día que Bochini se retiró no se fue solo: una parte del fútbol se fue con él para siempre.

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El ídolo de Dios

Transcurrían los primeros años de Bochini con la camiseta de Independiente, a principios de la década del 70. En la cancha “El Bocha” alimenta una vez más los ojos de los hinchas. Pero hay uno que lo mira más que todos, un niño con su papá, que se convertiría en el jugador más grande de la historia: Diego Armando Maradona. En el mundial de 1986, Diego se dio el gran gusto de jugar con él. En aquel partido de semifinales contra Bélgica, a los 40 minutos del segundo tiempo, Carlos Bilardo mandó a la cancha a Bochini. Ni bien pisó la cancha, Maradona se le acercó, y le soltó una frase que le quedaría marcada a fuego para siempre: “Dibuje, maestro”.

Su carrera

Ricardo Enrique Bochini debutó en Independiente el 26 de junio de 1972. Se retiró el 5 de mayo de 1991. Durante esos 19 años obtuvo 2 títulos Nacionales (77 y 78), un Metropolitano (1983) y la liga de primera división 1988/89. En el ámbito internacional logró 4 Copas Liberta- dores (1973,74,75,84) tres Copas Interamericanas (1973,74,76) y dos Copas Intercontinentales (73 y 84). En total disputó por torneos locales 639 partidos y convirtió 97 goles. En la Selección nacional jugó y ganó el Mundial de México 1986.