La desgracia ajena lo ayudó: si el arquero titular, Nery Pumpido, no se fracturaba la tibia y el peroné a los 10 minutos del primer tiempo del partido entre Argentina y la Unión Soviética, el protagonista de nuestra historia no hubiera jugado ni un minuto en ese Mundial de Italia 1990. Sin embargo, a la postre, Sergio Goycochea devino en héroe del equipo, al atajar dos penales (a Dragoljub Brnovi? y a Faruk Hadžibegi?) en la definición ante Yugoslavia, en los cuartos de final, y otro dos (a Roberto Donadoni y a Aldo Serena) ante Italia, en la semifinal. A 15 años de su adiós al fútbol y con una prolífica carrera como conductor de televisión, Goycochea recuerda, a los 50 años, el derrotero de esa Selección subcampeona del mundo.

-¿Qué se le viene a la cabeza cuando le preguntan por el Mundial 90?
-Ufff… El Mundial 90 forma parte de mi vida. Hasta de mi cuerpo: es como un pulmón, como un riñón. Es el afecto de la gente. Personas que relacionan sus vivencias con las mías, que me cuentan lo que les pasó cuando yo atajé los penales. Además fue un sueño cumplido: jugar un Mundial.
-¿Cuán fuerte fue el golpe por la derrota con Camerún?
-Durísimo, porque no lo esperábamos. En un Mundial no hay margen de error, así que un empate ante Camerún habría sido un mal arranque, pero de ahí a perder… Eso nos obligó a jugar los partidos que seguían como finales del mundo.
-¿Qué les dijo Carlos Bilardo?
-Su charla después de Camerún fue muy fuerte. Teníamos dos opciones: o nos enterrábamos bajo tierra, o nos levantábamos. Por suerte nos levantamos.
-¿Cómo vivió la lesión de Nery Pumpido?
-Cuando entré, jamás me imaginé la gravedad de la lesión. Fue todo tan rápido que ni siquiera entré nervioso. Fue en un córner, así que en lo único en que pensé fue en que no me hicieran un gol en esa primera jugada, ¡porque nos quedábamos casi afuera! Pero sinceramente me puse más nervioso contra Rumania, porque había tenido unos días para pensar en lo que me estaba pasando. Pero Bilardo me llamó y me dijo: “Lleguemos hasta donde lleguemos en este Mundial, mi arquero vas a ser vos”. Eso me dio mucha confianza.
-¿Alguna vez la pasó peor en una cancha que contra Brasil?
-Nunca, nunca. El primer mano a mano, que fue con Careca, fue a los 15 segundos. ¡A los 15 segundos! Pienso que si jugamos 50 veces ese partido, con Brasil jugando como jugó y nosotros jugando como jugamos, nos ganan 49. Bilardo no nos habló hasta el final del entretiempo. Ahí, nos dijo: “Ah, una cosa, muchachos: no se la den más a los de amarillo”. Por suerte, Diego hizo esa genialidad y Caniggia, que era un monstruo, hizo el gol.
-Después, contra Yugoslavia, empieza a atajar penales. ¿Suerte o técnica?
-Puedo conwwwar desde mi verdad: nunca me dije “en éste me tiro a la izquierda, en éste a la derecha”. Por lo que yo me decidía a tirarme para acá o para allá, era la lectura que yo hacía de la corrida del jugador. Que podía estar nervioso: por ejemplo, cuando jugamos contra Italia, Aldo Serena, tenía que hacer el gol, no para que Italia pasara a la final, sino para seguir con vida en esa definición.
-Pasaron 20 años ya de la final con Alemania. Con una mano en el corazón…
-¡No fue penal, lo juro! Roberto Sensini tocó a Klinsmann después de desviar la pelota. Pero bueno, ya fue. A Codesal (el árbitro) no lo vi más, pero no le diría nada si lo viera. ¿Para qué?
-Si Brehme le decía: “Goyco, pateo abajo a la derecha, contra el palo”, ¿lo atajaba o era imposible?
-Lo atajaba. Pero pensé que lo iba a patear a media altura, o buscando el ángulo, para asegurarlo.
-¿A esa Selección de 1990 no se la reconoce como se debería?
-Respondo con la historia: pasaron 20 años ya, y nunca más la Selección argentina llegó a una final, que no es fácil.
-Aun con problemas físicos, ¿qué representaba Maradona?
-En ese Mundial, Diego fue el cacique de un grupo de indios con hambre de gloria.