Por Leandro Vesco / Fuente: Telam y Sitio Oficial de Carlos Keen.

A 90 kilómetros de Buenos Aires, con acceso asfaltado de 10 kilómetros desde la autopista que va a Luján, el pueblo bonaerense de Carlos Keen es un polo gastronómico de importancia que recibe un promedio de 10.000 visitantes cada fin de semana para colmar los más de 20 restaurantes que invitan a disfrutar de la más variada oferta.

De los pequeños pueblos que han tenido la oportunidad de cambiar su destino, Carlos Keen es el ejemplo emblemático. Su patrimonio se ha revalorizado y hay quienes lo consideran el lugar en donde mejor se asa carne en la Provincia de Buenos Aires. Hace una década atrás, era casi un lugar sólo conocido por aquellos cultures de la aventura y del ámbito rural. Aquellos primeros visitantes ahora recuerdan con especial emoción los fines de semana en donde el pueblo era territorio de la paz y la tranquilidad.

El pueblo surgió de la construcción del ramal ferroviario Luján-Pergamino cuyas obras comenzaron en 1875. La localidad en la década del ´30 conoció un vertiginoso crecimiento llegando a contar con 4.000 habitantes, hoy los días de semana son unos 200, pero diversas circunstancias llevaron a paralizar ese constante desarrollo. El pueblo fundado en 1888 por una necesidad del ferrocarril -las locomotoras debían cargar agua a la salida de Luján- lleva el nombre de un abogado, periodista y militar argentino que murió muy joven por la fiebre amarilla que contrajo en su participación en la llamada Guerra de la Triple Alianza.

Durante muchos años pareció que los kilómetros de tierra que separaban al pueblo de la ruta iban a sellar su destino, pero la visión de algunos, cambió ese rumbo y hoy esos 200 habitantes estables se vuelven 10.000 todos los fines de semana. A las parrilas, se han agregado propuestas productivas y alojamientos.

“Las tierras de la virgen”, como llamaban al lugar ya que fueron donadas por Ana de Mattos a la iglesia para sostener la basílica de Luján, hacían muy rica a la región, pero el trazado de la ruta 7 la dejó a 10 kilómetros del progreso, lo que amenazó su supervivencia. El delegado municipal de Carlos Keen, Sergio Archiopolis, explica que en todo el territorio a su cargo viven cerca de 1.500 personas, pero que en el poblado no superan los 200, pese a que ahora retienen más población.

El funcionario destacó a la prensa que hay en la zona cerca de 20 restaurantes y otros locales gastronómicos que reciben visitantes desde el viernes a la noche hasta el domingo, muy pocos abren sus puertas los otros días de la semana, y que esa actividad iniciada en el 2001 evitó que el pueblo desapareciera o fuera desarmado.

El primer restaurante fue la Casona, pero de inmediato la fundación de protección a niños en situación de calle, Camino Abierto, abrió la casa de comida Angeluz y el rumbo gastronómico quedó marcado. Camino Abierto es un espacio de formación que abre sus puertas los fines de semana brindando platos gourmet hechos por los propios cocineros que allí se forman.

 Al pueblo se llega desde la autopista que va a Luján -tercer puente pasando el templo-, hasta encontrar el polo gastronómico que ofrece sobre todo parrilla y pastas, y hasta algún espectáculo en la vieja estación de trenes que no volvió a albergar al ferrocarril, hasta ahora.

Noideé Tochini, historiadora y vecina del lugar desde hace 40 años -la mitad de su vida-, reconstruyó la historia del paraje que originalmente tenía 14 hectáreas que el ferrocarril inglés le compró a productores de la zona para instalar la estación donde se recargaba agua en las locomotoras a vapor del tren que iba de Luján a Pergamino.

La “vecina ejemplar”, según el municipio de Luján, detalló que el pueblo creció con pujanza hasta el año 35, “y hasta tuvo una estación de servicio”, dijo con cierta nostalgia, lo que ahora carece, pero unos años más tarde en esa misma década, los vecinos más poderosos no lo incluyeron en el trazado de la ruta 7, y ese fue un golpe del que tardaría más de 60 años en recuperarse.

Tochini detalló que las casas construidas en la zona sin cemento en su argamaza, con habitaciones de cinco por cinco y cinco metros también de altura, puertas de cedro y herrajes artesanales, empezaron a ser desarmadas y llevadas al nuevo poblado de Jáuregui, donde había industrias y eso puso en serio riesgo a Carlos Keen. En los años 40 una fábrica de dulce de leche, “La 308”, alivió el problema y la instalación de otra fábrica de fideos aportó lo suyo, pero el poblado tenía récords de solteros y sin jóvenes no tenía futuro, y recién en 1983 se instaló allí el primer jardín de infantes.

Sin embargo, aportó la historiadora, dos arquitectas del Internacional Comitmernt of Monument and Sites (ICOMOS) de España, instalados en la Manzana de las Luces de Buenos Aires, fueron a visitar el lugar y recomendaron preservarlo y dedicarlo al turismo. Los vecinos integraron un Comité de Preservación que resolvió evitar de ahí en más la destrucción de su arquitectura, y en 1999 salvaron un edificio con la instalación de una Biblioteca Popular y un Centro de Jubilados, entre otros.

Dos años después, a pedido de los vecinos la Nación hizo un aporte para la creación de un primer restaurante, que en 2003 fueron cuatro y en 2004 se agregara una Casa de Té, hasta llegar hoy a 20 casas de comida más un paseo de artesanos como oferta turística. Sin embargo, Tochini no está conforme y quiere que se abra en el lugar un paseo para recibir más visitantes, haya más lugar de esparcimiento o donde tomar un mate o acampar.

Carlos Keen es para muchos, el ejemplo de cómo un pueblo puede cambiar su rumbo, para otros, una solución a medias ya que la población no ha aumentado. Lo cierto es que el pueblo no ha desaparecido y todo lo lo contrario, ofrece al visitante la chance de disfrutar unas horas de relax en contacto con una realidad rural que hechiza.