La sensación es extraña. Hay cabezas cortadas. Brazos. Piernas. Botas con lentejuelas. Plumas. Caballos alados. Garras de monstruos violetas. Por todos lados. Como una aplanadora que arrasa con todo, como si hubiera pasado un huracán en medio de una fiesta. Así, desolado, es el ambiente que se dibuja a la vista del visitante que pisa por primer a vez el reducto donde, en secreto, trabajan los hacedores del carnaval.
Son cien personas por cada comparsa los que trabajan todos los  días. Y cuando falte un mes para largar en el primer sábado de enero de 2012, serán el doble de personas las que intervengan en la puesta a punto. Todos cobran sueldo. En la comparsa misma serán 270 integrantes, sesenta por ciento mujeres y 40 de hombres. Los bailarines lo hacen sólo por pasión. Son cinco las comparsas que participan cada año de acuerdo con el resultado del año anterior. Así, hay una que lleva diecinueve títulos, Marí-Marí, cuyos argumentos quizás son más abstractos y fantasiosos,  mientras que “Papelitos” lleva cada año un argumento más social. Como cuando montaron carrozas y personajes con máscaras gigantes de los diferentes políticos que gobernaron el país. En el caso de la dictadura estaba representada por Videla, y su contracara era un gorila. Kamarr es otra de las comparsas de gran reconocimiento.
Los talleres de las dos comparsas principales distan menos de cincuenta metros una de otra. Todavía se puede entrar si uno no pertenece a esta ciudad o a la organización del “Carnaval del País”, una empresa que existe como tal desde hace veinte años y que le puso un sello a una movida popular mundial que en Gualeguaychú es el atractivo de todo el verano. Cuando el calendario marca el feriado recuperado de esta fiesta y que abarca todos los fines de semana desde enero hasta marzo, fecha en que  se revela el ganador. Hay argumento. Hay canciones, hay guión, autores e iluminadores. Técnicos, electricistas, vestuaristas, modistas, carpinteros y mecánicos. Hay artesanos y hasta escultores, que si no lo son en la vida real, detrás de las puertas de los galpones hacen magia con sus manos. Apenas ayudados por una trincheta, tallan en el blanco de los cubos gigantes del  telgopor lo que más tarde se unirá a otro pedazo y a otro más hasta formar una figura que está plasmada en una hoja de papel milimetrado, donde se calcula en forma exacta las medidas para que las partes engarcen a la perfección. Son jóvenes los integrantes de este ejército de talladores. Otro de los hacedores maneja una especie de sierra en caliente, gigante como la de los carniceros de barrio. Se trata de un Segelin que corta este material que a media tarde de un sábado cualquiera impregna el lugar de pelotitas y polvo blanco que despide en cada corte. Los artesanos están organizados por especialidad. Y a unos metros nomás, están quienes arman la estructura básica de las carrozas que de tan enormes, también van por partes. El andamiaje está en marcha de cara al 2012. Previo fue el trabajo de desarme, del cual también forma parte el mismo ejército y que consiste en desmontar todo lo del año anterior y clasificar los materiales, desde tornillos hasta las plumas. En el primer piso está el vestuario. Aún no hay nada armado pero está lo viejo. Plumas azules, amarillas, rojas, blancas, los espaldares, las máscaras y los corpiños de alambre y lentejuelas. Una siente ganas de bailar aunque que no se escuche la música.
Junto a un tablero de dibujo gigante, como el que usan los arquitectos, está el coordinador con un mapa extendido que no es otra cosa que el boceto de una parte. Del argumento ni hablar, y antes de ser presentada como El Federal hubo desconcierto, sospechas y desconfianza en los rostros que recién después dieron la bienvenida y abrieron las puertas hasta de los depósitos donde las purpurinas, lentejuelas y paños de telas de colores brillantes esperan. Incluso consultan si una se quiere probar algo. Apenas el  tocado, y las plumas surgen de la nuca. La verdad, quedan bien.
Además del brillo y lentejuelas, el carnaval se mide en números porque la inversión de cada comparsa ronda los 2,5 millones de pesos entre sueldos y armado. “Esta suma, junto con la recaudación del corsódromo, lleva a diez millones de pesos la movida del carnaval”, le dice al Federal el coordinador de Eventos y Promoción, Fabián Godoy, de la Dirección de Turismo de Gualeguaychú. Por supuesto que, en el verano, para presenciar el espectáculo se paga entrada. En enero cuestan desde 40 a 90 pesos y en febrero suben a 100. La recaudación carnavalesca deja unos 500 mil pesos de ganancia a las comparsas, dinero que vuelve al pueblo porque cada comparsa representa a clubes de barrio y ONG que desarrollan actividades durante el año. Los 300 mil visitantes que llegan a esta ciudad cada verano son, además, los protagonistas del verano en una ciudad que vive al ritmo del carnaval todo el año