Fotos Marcelo Arias

“Esto no es la bienal de Venecia ni la Bienal de San Pablo. Esto es un espacio para pasarla bien”. La frase llega cortada por el ruido de las amoladoras que pulen el metal y dejan esquirlas invisibles en el aire. La dice Fabriciano Gómez, chaqueño como el quebracho, presidente de la Fundación Urunday y escultor de alto fuste. El fue quien ideó, cuando todos lo creían un loco, esta espectacular competencia de escultores que durante una semana mantiene en vilo a los habitantes de Resistencia, en la provincia del Chaco.

Fabriciano habla en el predio “Domo del Centenario – Zitto Segovia”, al borde del río Negro, en una ciudad que tiene distribuidas en sus calles 600 esculturas, como ninguna otra en el mundo. Todas fueron concebidas en esta idea de la fundación Urunday: un concurso internacional a cielo abierto con entrada gratuita en el que este año pasó un incalculable número de gente en los ocho días que duró la acción, hasta el 19 de julio. La mejor escultura de Fabriciano no es ninguna de ellas, ni siquiera esas gigantes de mármol que montó frente a la plaza principal de Resistencia, ni las tantas que hizo en madera. Por eso para este artista, chaqueño como el urunday, su mejor obra es Resistencia, a la que si ingenio convirtió en la ciudad de las esculturas.

“Como escultor me siento en casa aquí en Resistencia. Es una sensación que no viví en otro lugar. Aquí la gente comparte, mira la obra, interacciona con el escultor. Se siente que la gente aquí está acostumbrada a mirar, a cuestionar, que es el fundamento del arte: aprender a mirar las cosas y cuestionarlas”. El hombre habla en portuñol, pero es francés. Se llama Thierry Ferreira y es el nuevo ganador de la Bienal de Escultura de Resistencia, que para los escultores es como salir campeón del mundo. Así explica su obra: “La creatividad es una suma de experiencias propias que a través de una reflexión nos conduce a la obra. Mi obra es una idea de construcción, del hombre construyendo el mundo. Por eso pensé en una forma geométrica no orgánica. Hice tres formas, pero no se sabe cuál es la puerta y cuál la casa. Es la visión optimista del hombre, sin juzgamiento, sin tantas críticas a los antepasados y con más energía en lo que podemos hacer nosotros. No hay una forma dibujada, pero en la ausencia está representado el hombre”, explica.

Resulta increíble, pero es cierto: es la primera vez que este artista francés trabaja en acero inoxidable. El hombre es especialista en piedra. Lo miramos, asombrados por la revelación. Sonríe. Responde: “Si quiero ser un hombre nuevo debo salir del confort que significa trabajar un material que conozco muy bien, como la piedra. Pero esta obra, como el mundo, no la hice solo: me ayudaron varios técnicos de la organización del concurso. Es una obra colectiva”, dice mientras alguien, detrás suyo, golpea con un martillo sobre el metal, frío por la falta de sol. El ruido cede y entonces se oye en primer plano una amoladora que saca chispas más allá. El escultor francés habla de todos modos: “No tenemos que pensar que quienes nos antecedieron hicieron las cosas mal. Tenemos que pensar nosotros, sin juzgar, en hacer nuestro mundo de aquí en adelante”. La nota transcurre antes de su consagración. Le preguntamos si le gustaría ganar el concurso. Se ríe con una carcajada y dice: “Ya gané. Gané en varios sentidos: unos amigos que entendieron la obra sin que yo deba explicarla, gané porque aprendí de otros escultores, gané porque trabajé por primera vez en una obra con acero en un tamaño tan grande. Esta obra es una obra, pero también es un camino. Si gano un premio, lo gano, pero no pienso en eso porque la obra no sería sincera.”

Rubio Harak, escultor de Puerto Rico, habla con El Federal al borde de su escultura: una mole de acero que lo dobla en altura y brilla con la claridad de la resolana chaqueña. Se refiere al concepto que este año debieron resumir en una escultura de acero inoxidable: homo novas. “Hombre nuevo es un tema bien amplio; desde un renacer hasta alguien que se convierte a una religión, un cambio de identidad, un pueblo nuevo. Para mí es un renacer”, dice. Y lo interrumpen tres chicas del secundario para fotografiarse con él. Vuelve. Y sigue hablando. “Mi obra se llama El despertar de mi eterno guardián. Con ella, a partir de un concepto abstracto, intenté traer un pedazo de mi tierra al Chaco, por eso tiene curvas que representan a nuestro árbol centenario en Puerto Rico, la ceiba.” También le puso color, para representar el calor del caribe, la música. “Héctor Lavoe, nuestras playas, el calor, la comida, Calle 13, nuestra gente, las playas del mar Caribe”, enumera. Por eso tiene un pulido desparejo, que la hace diferente la luz del día o la oscuridad de la noche.

Para el portugués Hugo Maciel, el más joven de la bienal 2014 con sus 25 años, es la primera vez en Resistencia. Esta aventura de venir a la ciudad de las esculturas lo tiene feliz. “Es muy interesante esta ciudad por sus esculturas, por su gente. Nosotros no podemos entender cómo la gente se interesa tanto en las esculturas. En Portugal no están interesados en las esculturas”. El eligió una figura geométrica, un cubo, para representar a una persona moderna que construye.

El turco Ilker Yardimci hizo la obra más pequeña y llamativa de esta bienal. Es compleja, con placas superpuestas, separadas por tuercas, tornillos, espacios. “El mensaje es muy claro. Este es un hombre renacido, conectado con el exterior, pero también complejo por adentro”, le dice, gracias a la mediación de Oxana, la traductora oficial de la Bienal del Chaco desde hace 10 años. “Aquí el cielo es limpio, la gente del Chaco es tan cálida, tan agradable y tan amistosa, que podemos decir que todo ellos, juntos, hacen esta bienal. Estamos acá, porque la gente hace que vengamos a Resistencia”, dice. “Las obras de arte en lugares públicos tienen que ver con una visión de futuro, creo. Vuelvo a Turquía con mucha información, con muchas fotos, con muchas buenas impresiones de Chaco”, dice este profesor que acaba de fundar la carrera de escultura de la Düzce Üniversitesi de Estambul. La gente lo mira mientras él le da los últimos toques a la obra. “Yo siento la conexión de la gente mientras hago esta obra; no estoy solo haciéndola”, dice.

La gente se aprieta es uno de los pasillos que separan las obras de los escultores de la competencia oficial con los invitados, que no compiten, pero a quienes la gente los mira como si viese a Lionel Messi pisar la pelota, quebrar la cintura y zambullirse en el área rival. Eso hace con Alejandro Arce, el más observado de los artistas, que trabaja descalzo sobre la tierra mojada y a contrarreloj; debe terminar de darle forma, en esa masa de lodo arenoso, a los animales en riesgo de extinción, las figuras que eligió este año para mostrar su “arte efímero”, que es como recitar un poema: uno puede recordarlo toda la vida aunque lo haya escuchado una sola vez. “Estamos pensando que estás loco porque trabajas en una obra que desaparece con la lluvia y el viento”, le dice El Federal a este artista nacido en Bariloche y residente en Buenos Aires. “Puede ser”, responde él, simpático, mientras sopla con una bombilla sobre el pico de un loro gigante que va formando en la arena.

“Para mí es interesante el interés de los jóvenes en la obra: vienen, preguntan, investigan, interaccionan. Es muy bueno eso”, dice el austríaco Josef Baier, que eligió una espiral que debieron colgar de una grúa para lograr eso que el quería: significar que la ida siempre vuelve en forma de espiral, en clave de infinitud. “Esta forma no tiene que ver con el mensaje del capitalismo sobre el futuro del hombre nuevo, pero yo quiero dejar este mensaje de optimismo, porque la vida siempre vuelve, por eso elegí este espiral logarítmico. Aunque el mundo se terminara mañana, igual habría que plantar un árbol”, dice este hombre que ya había venido a Resistencia. “Espero volver”, dice. Y vuelve a su obra para seguir puliéndola.

Lo miran tres chicos del Instituto Superior de Bellas Artes Alfredo Gentile, de Resistencia. “Llegar a estar acá, como escultores, sería lo máximo: se conoce gente interesante, se aprende mucho y se trabaja con la presión de tener a mucha gente mirando mientras uno hace la obra”, dice Franco Gauna, hermano de Fernando y compañero de Gonzaló Bordón, todos compañeros del instituto, todos tomando apuntes para un trabajo práctico sobre esta maravillosa bienal, una manera -tal vez la única- de que el arte, tan elitizado, pueda ser, al menos una vez al año, popular.