Fotos Jazmín Arellano

“Tenemos una potencialidad productiva impresionante. El productor necesita un empujón, sólo un empujón”, dice Roberto Gillart y sus ojos celestes parecen más grandes y más celestes de lo que son. Roberto es ingeniero y productor, pero además es asesor técnico del Programa Frutihortícola implementado por el gobierno chaqueño. Dice esa frase para que suene a máxima. La dice en el campo de los Dellamea, en las afueras de Resistencia, la capital chaqueña, donde los colores son intensos y variados: la paleta de verdes vegetales se corta por un surco de frutillas que Centu acaba de cosechar y, mientras ocurre esta nota, cubre con una malla

Sembrar

Dicen los quinteros que no hay mano de obra. Que se necesitan muchos como Centu, laboriosos y responsables. Centu es Centurión, un hombre tallado en piedra, lleno de arrugas y de saberes, que cosecha bajo el sol chaqueño unas frutillas rojas como la sangre y grandes como ciruelas. Tiene 58 años que parecen 70, pero se agacha con facilidad y es capaz, él solito, de cargarse al hombro la finca de Elena y de Omar Dellamea, ubicada en la periferia de Resistencia.

Los Dellamea son productores modelo del Cinturón Verde de Resistencia, como llaman a esta región de la localidad de Colonia Benítez, a 15 kilómetros de Margarita Belén y a 10 kilómetros de la capital chaqueña, donde se agrupan medio centenar de productores de verduras de hoja, tubérculos y frutillas con quienes el Ministerio de la Producción intenta lograr el primer objetivo: autoabastecer al mercado chaqueño, sin olvidarse del segundo: salir a la región con el producido chaqueño para luego ir acercándose a varios puntos extraprovinciales, el tercer objetivo del programa.

En esta quinta siembran verduras de hoja: lechuga, rúcula, acelga, radicheta, apio, perejil. Hacen también zanahoria, remolacha, batata, mandioca, zapallo anco (le dicen coreano o corianito), maíz choclo, maní, sandía, melón. “Y ahí tengo un ensayo de ajo”, dice Roberto, como invitándonos a caminar entre los surcos. Hay que esquivar la tierra arada para evitar hundirse, pero el paisaje parece de otra provincia.

“La mejor técnica agronómica que usamos es la rotación del cultivo. Acá el año pasado hicimos frutilla en una parcela en la que ahora tenemos apio. Le incorporamos materia orgánica, en este caso estiércol de vaca. Como lo vimos deteriorado a este suelo, decidimos hacer apio. Y creemos que el 80 por ciento de la verdura de hoja y hortalizas las tenemos que hacer en este esquema: un buen camellón con estiércol, un abono verde, un maíz o un sorgo picado, un buen lomo, la cinta de goteo que va en el medio, y arriba el túnel para cubrir las hojas. Con este esquema controlamos todo, porque la maleza no crece porque el plástico no deja entrar la luz, entonces no usamos herbicidas”, dice de un tirón el ingeniero a cargo del desarrollo de cada cultivo.

Además de encargarse de hacer de lazo entre el Ministerio de la Producción y la producción, Roberto Gillart tiene tiempo para pensar en el futuro. “Estamos trabajando para darle una inversión inicial al productor, para que después siga solo. En eso estamos trabajando con el Ministerio de Producción de la provincia. No sirve de nada darle todos los años un subsidio, porque acá hay productos que tienen una rápida rentabilidad. Algunos se producen a los 60 días, o sea que casi de inmediato el productor puede tener un retorno rápido de su trabajo.”

El mercado

Ese producido lo venden en el mercado concentrador, en la feria franca, en las fruterías y verdulerías y en supermercados. “Algunas vez, cuando te digan que en el Chaco no se pueden hacer estas frutillas, deciles que estuviste acá y las viste, que no te mandamos una foto”, le dice Roberto a este cronista, asombrado con el tamaño, el color y el sabor de esa fruta que los chaqueños ponen en el mercado los primeros días de julio, pero planean adelantar la fecha para esta campaña. Después de la frase de Roberto queda un silencio en el relato, un espacio en el cual Sergio Zárate, secretario del Ministerio provincial, acomoda una frase: “Y esto se hace en el Chaco”, dice con unos ojos que primero son pícaros y luego lucen orgullosos.

Roberto muestra dos de los cuatro cultivares de ajo. Sabrá si se equivocó dentro de 6 u 8 meses, porque el ajo es un cultivo de ciclo largo. “Queremos probarlo para ver si podemos hacerlo nosotros. Lo mismo nos pasó cuando empezamos a hacer frutilla. Nos creían locos porque queríamos hacer frutillas ricas en el Chaco. Por eso decimos esto: ¿si hicimos una cosa por qué no podemos hacer la otra? El ajo tiene el problema: requiere muchas horas de frío para desarrollar la cabeza. Necesita un frío que esté por debajo de cuatro grados y eso es difícil para nuestra zona. Pero se trabajó genéticamente para adaptarla a nuestro clima. Hicimos un convenio con la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional de Córdoba: ellos nos mandan el material y nosotros hacemos el seguimiento del ajo”, dice, mientras ordena regar. “Le está faltando humedad a ese cultivar”. Detrás de él, Centu ya apronta el agua.

El manejo

Un auto pasa veloz por la ruta y deja el ruido flotando en el silencio del atardecer. El ingeniero Gillart tiene buen humor, pero un aire docente le delata cierta picardía en una risa que hace con media boca. “Alta insolación, baja humedad, alta temperatura. Eso que tenemos naturalmente en el Chaco hay que manejarlo artificialmente para poder producir en verano y competir con otros mercados como los de Salta, Jujuy, Tucumán”, dice Gillart, quien además es el presidente de la cooperativa que bien puesto tiene el nombre: Desafío Productivos.

En el Chaco la cuenta es fácil: en invierno falta lo que sobra en verano. Pero para la época estival tienen microaspersores que dejan en el aire una especie de bruma para retraer el calor, además de regar constantemente para mantener la humedad. Saben que hay que cuidar el rendimiento y la calidad de la hoja porque la gente no compra ninguna verdura picada por una chinche, por ejemplo.

“Sin agua la horticultura no existe”, dice el hombre. Esta región tiene los favores de Tata Dios: de un lado hay un río y una laguna del otro. Por eso se animan a manejar los cuadros productivos de acuerdo con las necesidades del mercado. “Vamos a hacer frutilla más temprano este año. Pero vamos a hacerlo con planta fresca, o sea, con el sistema de raíz desnuda, que hay que plantarla rápido, pero es una planta más formada. A la frutilla la queremos mucho porque tiene un manejo sencillo al que el productor se adapta rápido y gracias a ella hemos metido la tecnología. Además, es rendidora y mantiene el precio en el mercado. ¿Por qué hortaliza te van a pagar 40 pesos el kilo como nos pagan en el invierno, cuando la fruta escasea? Por esa razón, para 2013 la queremos hacer más temprano para estar antes en el mercado.”

El plan

Una vez que cruzamos del campo de los Dellamea al otro lado de la ruta, Gillart se pone serio y deja una reflexión que redondea las intenciones de todos. “Nos falta tener una planificación organizativa porque podemos ofrecer de todo, menos fideos, porque no germinan, pero necesitamos volumen continuo, porque tenemos variedad y calidad en frutas, verduras y hortalizas. Un porcentaje alto de lo que se consume viene de afuera, pero podemos abastecer a la provincia, a la región y podemos entrar en gran parte del país. Si hoy no dejamos entrar mercadería de afuera no tenemos cómo abastecer a la provincia. Pero no tenemos autoabastecimiento continuo, sino estacional; nos falta volumen de producción. No tenemos el problema que tienen otras producciones. Nosotros tenemos mercado, el mercado está. Tenemos que abastecerlo.”

Señor quintero

“Él es el rey de la frutilla”, lo presenta Gillard a Luis Piza, que enseguida se arremanga un pulóver raído y saluda a la antigua: se presenta por el apellido, mira a los ojos con ojos sencillos y aprieta la mano. “Cincuenta años de quintero avalan su calidad”, podría decir una publicidad sobre este hombre de barba blanca apenas crecida, que encarna la quinta generación de cosecheros de frutas, verduras y hortalizas en Colonia Benítez.

Mientras el hombre habla, el día se hace crepúsculo. Recién termina de cosechar las frutillas que venderá al otro día en la feria. Es la hora de los pájaros: un coro de cardenales y zorzales parece olfatear las frutillas de la quinta y canta en pleno ejercicio de la felicidad. A la frutilla se dedica Luis desde hace siete años. Pero ese rojo no es el único en la vida de los Piza: el hombre tiene tomates bajo cubierta, protegidos de la comadreja y el zorro, las plagas de la región.

“El cuero te enseña. Uno sabe más por la experiencia que por otra cosa”, dice en tono bajo, con ademanes humildes, casi injustos para su estirpe de quintero experiente que ha visto florecer y madurar, pudrirse y secarse, sembrar y reverdecer toneladas de verduras. Tiene seis hectáreas y unas frutillas que siembra cada año el 8 de agosto, riega por aspersión, tres horas a la mañana y tres a la tarde.

Tiene tomates redondos bajo invernaderos. Las cubiertas deben ser chicas porque, si son muy grandes, cuesta enfriarlas y cuesta, también, calentarlas. Las plantas de tomate están sostenidas por un hilo tutor, no por estacas. “Ganamos en sanidad”, certifica Gillart. El tomate da entre 7 y 8 kilos por planta. Lo siembran en septiembre y lo cosechan en febrero, cuenta Piza, que saluda y pone primera en su camionera: se terminó un día más de trabajo para este quintero chaqueño quien, con los otros integrantes de la cooperativa, no se toma descanso en la vieja fórmula se sembrar y esperar. De regar y cosechar para poner al Chaco en el mapa productivo del país.