Por Sonia Renison/ Fotos:Daniel Bragini

La novela roma?ntica atrapo? a generaciones de mujeres. Abuelas, hijas y nietas devoraron como ráfagas literarias un mundo femenino movilizado por el cautiverio. “Indias blancas”, de Andrea Bonelli; “El reve?s de las la?grimas”, de Cristina Loza, o “Ine?s del alma mi?a”, de Isabel Allende, representaron ese estado. En el primer volúmen de su saga, Bonelli relata los hechos que llevaron a Blanca Montes a vivir en la tolderi?a ranquel de Mariano Rosas. Rosas era el lonko,la máxima autoridad mapuche. Rosas también estuvo cautivo en su niñez. El argumento de las mujeres prisioneras que lucharon contra el eje?rcito de Julio Argentino Roca en la Campan?a al Desierto tuvo antecedentes en relatos previos a 1878, an?o de la u?ltima traicio?n a los convenios firmados entre el gobierno argentino y la Nacio?n Ranquel.

Bajo un sol tremendo

A 11 kilo?metros de Santa Rosa, Mari?a Ine?s Canuhe sale de la piscina en una típica tarde de calor pampeano. El sol se tiñe de púrpura y parece una bola de fuego. María Inés ceba unos mates dulces. Con su voz suave y pausada concluye en que esas historias son recientes. Su padre Germa?n nacio? en 1934 y fue criado en un paraje cerca de Colonia Mitre, también en La Pampa. Su madre escribio? un diario de cautiverio. Mari?a Ine?s jama?s los leyó, aunque conoce todos los detalles. Entre esos documentos están las actas originales del cabildo y los acuerdos firmado por la nacio?n ranku?l con la nacio?n argentina desde 1819. “Entre Luja?n y Baradero estaba la frontera el río Salado demarcaba el territorio Ranku?l”, sen?ala como si estuviéramos ahí. Ella dice “Ranquiul”, preservando la fonética de una lengua que ellos no escriben.

Estamos en el Centro de Interpretacio?n de la Cultural Originaria Ranquel. Allí enseñan a andar a caballo. María suspende su clase de equitación para aplicarle una vacuna a uno con una infeccio?n en una mano. Al segundo noma?s, Aldana, su hija de 16 an?os, saca a una yegua. Le pone una montura inglesa, se calza las botas de montar y saca a varear al animal. La sigue su prima, Ana Gisella Canuhe, montada sobre otra yegua. Galopar parece fácil para ellas. Verlas hace soñar con tener esa habilidad (y esos cabellos al viento) para gozar de un horizonte que sigue en llamas. Pienso en una estirpe ranquel, esa que los hizo famosos en dos siglos e invencibles en el arte del manejo de las tropillas. Son cientos de historias en torno de sus destrezas. De esa habilidad nació “la doma india”, con suavidad y buen trato para el animal

“Se cuenta que les cortaban los pies a las cautivas” –retoma los detalles de su diario. Nadie lo pudo comprobar. Los documentos de Santiago Avendaño, traductor y mediador, se enojaba cuando hablaban del mal trato por parte de los indios. María Inés se hartó de los que escuchó a los largo de 133 an?os, desde la u?ltima matanza. Y an?ade: “hubo cautivas que no quisieron volver con su gente. Hay que tener en cuenta que mientras los ranqueles estaban en su territorio real teni?an un entorno de lagunas, salinas, montes, ganado, cultivos. No les faltaba nada. Despue?s fueron perseguidos, encarcelados y llevados a la Isla Marti?n Garci?a y como esclavos trabajaron en el adoquinado de Buenos Aires.

Diezmados, sufrieron la miseria. “Hay relatos que mencionan algu?n jefe del eje?rcito que, encontrando enfermos de viruela, los mandaba directamente a las tolderi?as para terminar con los indios”, cuenta. Mari?a Inés expresa sin rencor su desilusio?n porque crei?a que en 2010, durante el Bicentenario, podri?an haber sido reivindicados de parte de la Nación. “Los ranqueles fuimos paci?ficos y siempre muy negociadores”. “Una excursio?n a los indios ranqueles”, de Lucio V. Mansilla transcribe una carta que escribe Mariano Rosas, donde hace un ana?lisis del porque? los blancos necesitaban hacer una casa para su Dios, y se pregunta co?mo pueden pedir a los indios que renuncien a su propio Dios, que es el que permite y cobija el mundo, habita en e?l y no necesita iglesia ni otro techo.

Las tierras y las creencias ranqueles, su cultura y sus proyectos esta?n en cada rinco?n del Cicor y de las comunidades que pueblan au?n la Argentina. “Seremos 20.000 en La Pampa, pero so?lo esta?n censados 10.000, pues no hubo recursos para llegar a algunos pueblos donde casi la totalidad son ranqueles”, dice como al pasar. De lo que si? esta? segura es de la cantidad de mujeres que hay, y se ri?e cuando recuerda una ane?cdota de su padre. Mientras redactaban un proyecto con una abogada, la letrada apuntó el porcentaje de cupos femeninos en la organizacio?n y e?l, muerto de risa y con ironi?a, acepto? conforme. Ante la sorpresa de la letrada le explico? que eran tantas las mujeres que era buena idea poner un porcentaje equilibrado porque si no iban a acaparar todo. “Pero fi?jate que queremos programas de capacitacio?n para nuestra gente”. Ella estudio? en la Universidad Nacional de Moro?n la tecnicatura en turismo. “Anda? a la Colonia Menonita a ver si tienen un gui?a de turismo de afuera que explique a los visitantes de que? se trata”. Es verdad. Con respecto a las tierras, la idea es que sean comunitarias porque esta?n trabajando en productos ranqueles. Carne, chacinados, huertas, tejidos, cera?micas y cueros. Todo ranquel. Y se la pudo ver el mes pasado dando ca?tedra en la televisio?n pu?blica mientras daba la receta de un guiso de n?andu?, que reafirmo? lo que todos comentan de su buena mano para la cocina.