Por Leandro Vesco

“¡Vieja a qué no sabes de dónde te estoy llamando!?”, preguntaba el sargento Sabino Morales en 1993, en una publicidad de Telefónica que se hizo muy conocida y que promovía la instalación del primer teléfono semipúblico en el interior de nuestro país. Menem gobernaba y el comercial inició el modelo privatizador que prometía avance y trabajo para todos. El pueblo donde se hizo ese comercial es Clemente Onelli y lucha por no desaparecer.

Pasaron los años y no el llegó trabajo y la esperanza se fue con el viento. Ubicado en la estepa rionegrina, el paraje huele a soledad y hasta al sol le cuesta llegar. La caída del precio de la lana, la sequía y las cenizas del volcán Puyehue fueron dando el tiro de gracia para agonizar la realidad de este pequeño pueblo. Como si algo le faltara, Onelli es conocido como uno de los lugares más frios del país, el termómetro llega a dormirse en los 30 grados bajo cero. Muchas de las 40 familias que lo habitan, piden ser oídas, y sueñan con que algún día llegue el gas y el asfalto a la ruta 23, para estar más conectados.

Clemente Onelli está a 50 kilómetros de Ingeniero Jacobacci, hoy este camino es de tierra, y la soledad se agiganta en ese horizonte infinito donde el viento es amo y señor. Llegó a tener 500 habitantes en años de bonanza, cuando el tren pasaba y la Argentina podía sentirse conectada y verdaderamente comunicada. Las familias se visitaban y los habitantes de Onelli podían salir de su pueblo, pero tambien sacar su producción.

Paradoja del destino, el pueblo elegido como estandarte de las privatizaciones, fue el que más sintió esa ola inescrupulosa que no sentía el menor temblor al cerrar el ramal que le daba vida al pueblo. Con la muerte del ferrocarril, llegaron los despidos, la convertibilidad hundió al mercado de la lana y poco a poco la gente se fue yendo del pueblo.

En 1996 se hizo el gasoducto que une Jacobacci con Bariloche y ni salir en tele le sirvió a Onelli porque cuando debían conectar la red al pueblo, sólo la hicieron en un puñado de casas que hoy reciben gas. La mitad del pueblo quedó sin servicio, y hoy reclaman a las autoridades que se acuerden de ellos, aunque para un funcionario que trabaja en una oficina calefaccionada ea difícil imaginarse una noche de treinta grados bajo cero, los habitantes de Onelli conviven con esa realidad.

Desde 2014 la región se vio azotada por una sequía tremenda. Los animales comenzaron a morirse y muchos productores debieron cerrar sus establecimientos. El invierno siempre golpeó con dureza al pueblo y a toda la estepa. No hay leña que aguante para hacer de escudo ante tanta crudeza climática.

Ahora, nuevamente hay un espejismo al que aferrararse, la pavimentación de la ruta 23, y entonces han llegado algunos, pocos, puestos de trabajo. Nadie les aseguró que la ruta pase por el pueblo pero estas 40 familias sueñan nuevamente. “Ojalá que el asfalto nos permita crecer un poco”, remarca Juan Said Chaina, poblador de toda la vida de Onelli.

Como pasa en todos los pueblos chicos, la escuela es el centro social de la comunidad: “Somos los segundos papas de los chicos, la escuela les da contención y tratamos de ayudar a los niños para que pueden ver un futuro distinto”, reflexiona Luisa Burgos, maestra rural. Uno de esos chicos, al acercarse, dice confesándose: “Esta bueno venir a la escuela, estamos calentitos y juego con mis amigos. Las maestras nos tratan muy bien”

 Historias del interior profundo de un país que se cruje en un tiempo con un sinceramiento descarnado estatal.