Fotos Marcelo Arias

“Ataje, ataje”, le dice Jorge. Colie vuela con las orejas hacia atrás, despeinadas por el viento de su propio pique, una carrera veloz en la que va por detrás de las ovejas envolviéndolas. Entonces ladra y el rebaño marcha a paso firme por obra y gracia de esta perra de raza como su nombre: una Border Collie de tres años que parece tener la inteligencia de un humano.

“En el campo es fundamental el perro: vale por dos o tres personas”, dice Jorge. Y enseguida ordena: “Traiga, Colie”. La perra echa un pique que levanta tierra, casi a ras del suelo. Se pierde en las matas de pasto amarillento de este campo productivo de la localidad de 28 de Julio, en Chubut. Se la pierde de vista por un rato. Pero se comprueba que ha hecho bien su tarea: en segundos las ovejas vienen hacia donde estamos nosotros.

Esta raza llamada Border Collie, además de ser un perro de pastoreo, tiene una cualidad fundamental: teje con su amo una relación basada en la lealtad. Cuando encuentra alguien con quien forjar ese vínculo, lo mantiene con fuerza. Es considerada la raza canina más inteligente del mundo, pues puede ser útil en unos 200 trabajos. Es una raza obediente, ágil, sociable con los demás animales y cariñosa con los humanos.

“Si no va ella, las ovejas no prestan atención, pero cuando sienten el grito mío llamando a la perra, sabe que enseguida la perra va. Entonces vienen”. De otro modo, las ovejas están pétreas. Pero ahora la miran a Colie, que toma aire, en un impulso final por llegar hasta la última. Claro que llega, porque es un animal infatigable. Y entonces todas se mueven como imantadas hacia donde la perra sabe que Jorge le pide que las traiga.

“Colie tiene tres años, está un poquito gordita, pero está en la edad ideal para trabajar en el campo”, dice Jorge. Mientras él habla las ovejas intentan moverse para salir del corral y volver al pasto, a comer. La perra, presurosa, corre por afuera del rebaño, se pone por delante de ellas y las ovejas se frenan como si alguien se los hubiese pedido por favor.

Un zoológico en casa

Jorge es un tipo especial; cálido, tiene las manos buenas del panadero, los gestos de un tipo campero de ley y las palabras humildes de quien no tiene necesidad de demostrar nada porque no se cree más que nadie. Y por esa bondad que tiene y que heredó a sus tres hijos, es que llega de forma tan directa a las personas y también a los animales. “Si no sabes cómo es el carácter de la perra no podés trabajar con ella, porque no sabes cómo manejarla”, dice Peruzotti.

En la casa de Jorge conviven los animales: cerca de las vacas hay algunas avestruces y entre las ovejas, además de Colie, está la simpática Susy, una perra salchicha que ama el calor de las cobijas. En los corrales tiene caballos árabes con los que corre endurece, un deporte de resistencia. Y en el sillón de su casa descansa un gato con porte -y cara- de gato montés, porque del monte era su papá.

Para Jorge, Colie es fundamental en su tarea diaria. El productor hace engorde con animales a los que popularmente se los conoce como “de refugo”, ovejas de entre 6 y 7 años, que ya no tienen dientes. Las alimenta con pasturas adecuadas durante 60 días y la deja lista para entregarlas al frigorífico.

Sin embargo, en esta zona de la Patagonia (a 40 kilómetros de Trelew, bañada por el río Chubut) la relación perro-oveja es conflictiva. “La mortandad de ovejas debido a los perros es muy alta. Acá entra un perro y mata ovejas como mosquitos”, dice el hombre. Pero no es el único animal que aqueja a las reinas de la lana, porque el puma también merodea la zona y hay que ser cuidadoso.

La visita al campo termina. Nos volvemos a la casa, donde la mujer de Jorge prepara unas pastas gloriosas. Caminamos con los demás perros metiéndose en nuestros pasos, pero no la vemos a Colie. Se lo hacemos saber a Jorge. La perra permanece con las ovejas hasta que su amo la llama. “Venga, Colie, venga”, grita Jorge. La perra viene, claro. Se alista al lado de su amo y marcha, feliz, a su par.