Pintor, escritor, profesor e intelectual, Rodrigo Bonome nació en Buenos Aires, el 17 de febrero de 1906. Hijo de inmigrantes españoles: gallego el padre, catalana la madre, forjó una personalidad en las que el tesón y el culto a la familia y la amistad fueron pilares fundamentales. Pasó su infancia en Buchardo, un pueblo del sur cordobés, donde su padre abrió un almacén de ramos generales.
A los 18 años, ya en Buenos Aires, prefería caminar varias cuadras rumbo a su trabajo y así ahorrar unas monedas, para poder comprar libros, ediciones populares de las grandes obras de la literatura universal.
En 1927, y luego de ser rechazado por dos años consecutivos, expone en el Salón Nacional de Bellas Artes, y al año siguiente realiza su primera exposición individual en la prestigiosa Galería Witcomb de la calle Florida. Recordaba años después Bonome: “No afectaba mi alegría el hecho humillante de tener la suela de los zapatos rota. Me zumbaban en los oídos, entonces sanos, las voces de aliento de los amigos; pero, sobre todo, la visión clara de una senda que se abría en ese momento y que estaba seguro sólo clausuraría la muerte”.
Aquella visión se hizo realidad. Año a año, día a día, de toda una vida dedicada al arte, que según sus propias palabras: “Es voluntad, capacidad, conciencia y misterio” y “ha sido siempre, preferentemente sensibilidad y luego sin perjuicio de ello, razonamiento”.
Todo eso encontramos en su pintura, dedicada principalmente al paisaje. En sus obras, sabiamente estructuradas, está presente su espíritu. El verde fue sin dudas el color favorito de su paleta, que supo trabajar en infinidad de matices. Escribió César Tiempo en un gran poema dedicado a su amigo: “Bonome busca el matiz recóndito porque sabe que en el fondo de toda belleza yacen maravillosos encajes y el silencio que no hace ruido en ninguna parte, en sus telas se hace ensordecedor, y resuena como el campanario sumergido de una catedral de espumas”.
Las sierras de Córdoba y San Luis, las viejas construcciones de Cachi y Cafayate, en Salta. En aquellos paisajes todo es silencio, todo es quietud; son los colores los que vibran y resuenan en sus telas. También ha plasmado bellísimos rincones de España e Italia, en sus viajes a Europa. Invitado por el Fogón de los Arrieros, en la década del 50 viajó frecuentemente a Resistencia y decoró una fuente de cerámica con el tema “Chaco”, que aún adorna la Plaza 25 de Mayo de esa ciudad.
Cumplió una gran labor docente, en la que fue retribuido siempre con el cariño y respeto de sus alumnos. Escribió y dictó conferencias sobre arte, desde “Teoría y Técnica de la Pintura” o “¿Qué es el color?”, hasta la amena “De llamas y cenizas”, en la que con amables anécdotas narra las características del ambiente artístico y literario que lo rodeó. Fue también presidente de la SAAP (Sociedad Argentina de Artistas Plásticos).
Realizó numerosas exposiciones de sus obras y fue premiado en muchas oportunidades en los salones de Bellas Artes, entre ellos el Gran Premio Ministerio de Educación en el Salón Nacional, en 1953.
Falleció en Buenos Aires, el 3 de diciembre de 1990.