Por Jorge Daniel González
Fotos Jazmín Arellano

En 1713, Giuseppe Tartini le contó por carta al astrónomo francés Jèrome Lalande que el Diablo le había tocado en su sueño la más hermosa melodía, poderosa y romántica, escena que lo inspiró a componer El trino del Diablo. Décadas después, el Lucifer de la Oscuridad le avisó a la madre del genovés Niccolo Paganini que estaría junto a su hijo toda la vida, en su violín, hasta luego de su muerte. ¿La mano del ángel caído tocó el corazón de Nicoló Amati para persuadirlo con aprendizaje al joven Antonio Stradivari para hacer los mejores violines de la historia de la música? ¿Será que esa generación de sabios conocimientos le fue heredada al joven luthier argentino Gervasio Barreiro?

En Vicente López, el misterio del violín -con su diabólico sonido- y su construcción tienen un pequeño lugar de nacimiento en un taller de esfuerzos, madera y silencio frente a un pequeño patio de pasto verde y calor de hogar donde Gervasio pasa sus días en soledad, con un delantal marrón y la calma de un eximio artesano. Su lugar huele a madera, a biblioteca de enciclopedias de pared entera, a conservatorio de música clásica, con paredes decoradas con cuadros de gubias, formoles, compases, escuadras, garlopines, cepillos, limas y rasquetas además de los barnices e instrumentos de restauración.

De mochilero por Europa, terminé en Cremona y me quedé cinco años. Conocí la escuela IPIALL Antonio Stradivari (Istituto Professionale Internazionale Artigianato Liutario e del Legno) donde me recibí. Ahí nos conocimos, la luthería y yo”, cuenta Barreiro mientras su precisión de cirujano no descansa: habla sin soltar las herramientas. “En la escuela me tuve que romper para llegar al nivel de compañeros que habían hecho como 40 violines cada uno. El primero lo terminé en 2002 cuando estaba en tercer año”. De pronto su mentón, nostálgico, señala una pared: era su histórico primer hijo musical, con el aura y autenticidad intactas, con el valor del esfuerzo, con sentimiento de consejo.

La escuela te da todo. Aparte de ser gratis, con los mejores maestros, te dan los materiales, herramientas, madera, te enseñan el oficio y ofrecen cursos curriculares para perfeccionar la parte de los arcos y la estilística. Cuando entré por primera vez había 15 mil violines en las paredes y para mí eran todos iguales, con distintos colores, pero cuando empezás a entender, ninguno se parece, suenan distintos, son únicos, como las personas; ellos cambian con el día, si hay humedad, si el tiempo es seco, el que lo ejecuta le da un sonido diferente”.

El sueño de la escuela

El fresco de esta región del norte del Gran Buenos Aires se transforma de repente en nubes y luego en lluvia, como si el diablo, enojado, supiese que sus secretos viajan en las palabras de Gervasio, en su calma, en su paciencia, en su sabiduría ancestral, en sus manos de alfarero que en Buenos Aires no tienen la valoración emocional. “Yo sé que mi vida profesional hubiese ido mejor en Italia al tener tanta y sana competencia porque crecés, te comparás. Acá me costó muchos años que reconozcan mi trabajo pero si un músico te encarga un violín sin haberlo escuchado es porque algo se hizo bien”.

Claro que semejante labor también tiene un costo: un trabajo del maestro Barreiro, que necesita tres meses como mínimo dependiendo del clima, cuesta como mínimo 4500 dólares, hecho de materiales internacionales con costos de 2000 dólares y cuerdas de 500 pesos, como muy baratas.

Barreiro, integrante de la Comisión Directiva de la Asociación Argentina de Luthiers, ha formado una pequeña academia de luthería en Almagro pero aún mantiene un sueño por cumplir. “Como puede ser que no haya en la Argentina una escuela como en la que estudié? Desde que llegué a la Argentina en 2006 di cursos de inicio y enseño a hacer violines. Mi gran sueño es que haya una escuela en Buenos Aires. Con varios colegas de afuera y de acá, les interesa la historia pero recién comienza la lucha por alcanzarlo.”

La lluvia continúa, convierte sus gotas en una melodía que le pone música a la tarde. Gervasio está agotado luego de diez horas de trabajo. Cierra todo su taller para que no entre humedad y al lado de un anafe y su pavita lista, descansa porque sabe que mañana, hay que continuar en el trabajo de la creación de un violín con dueño, su firma y la enseñanza divina sin tiempo de la vieja escuela.