Miro el reloj por primera vez porque siento una piedra debajo del omóplato derecho; cuando estiro y planto la mano en el agua no me duele pero cuando empujo y me agarro para darle tracción, el brazo me quema como si alguien estuviera apoyándome un soplete: van 25 minutos recién. No sé por qué pienso esto, pero estoy seguro de que ese dolor se me va a ir. Cuando sumo metros ocurre eso: se me pasa, el aire empieza a entrarme a todo el cuerpo y entonces puedo apretar un poco. Es la primera de las cuatro veces que decido apretar el ritmo.

Adelante ya vuelan los que sé que van a ganar: los chicos de San Pedro. La vi pasar a Paola, compañera de la pileta, va rápido y me alegro porque sé de su sacrificio y de su buena técnica. Entiendo que también debe de haber pasado Aritz, Claudia y Alejandro. A Gerardo Wamba -nuestro profe- lo imagino adelante, peleando con esos dos demonios que ganan siempre estas maratones.

Estimo que, según los dichos de los compañeros que nadaron aquí hace dos semanas, la carrera no debería durar más de 50 minutos, una hora a lo sumo. La segunda vez que miró el reloj van 58 minutos y aún no veo el barco museo que marca el último kilómetro y medio. Aprieto entonces. Siento cómo el dedo del pie derecho se me sale de cauce y sé que crece el calambre, como un río bravo y silencioso que va a paralizarme. He dejado el riacho San Pedro y viajo con la cabeza a otro lado, aunque los brazos y las piernas, los dorsales, las manos, los hombros y la humanidad toda está puesta en este pedazo de mundo. Logro desconectarme del físico y entonces pasa el calambre.

Matías quiere que le enseñen a nadar. Me dice a mí, que a duras penas corrijo la técnica como un artesano que lija un mueble cada día, que le enseñe. Cuando lo oí pensaba que aprender a nadar es como aprender a escribir, pero no se lo dije. “A escribir se aprende escribiendo”, dice un proverbio. O sea que sólo hay que nadar. Ahora, que escribo esto, creo que aprender a nadar es como aprender a vivir: nadie puede enseñarte. Así de compleja es la natación. Pero también así de hermosa. 

Ya pasó el remolino de brazos, de golpes y patadas típicos de la salida de estas competencias. Pasó el ahogo de los primeros minutos. Ahora falta que nos empecemos a separar. Nos separamos. Ahora está el río, solito. Hay perfume a asado a veces. Por momentos a bosta de vaca. Y en un tramo hay olor a pasto. Se ven caballos. Y turistas. Somos el espectáculo de los turistas que llenaron San Pedro por el fin de semana largo gracias al feriado del día de la Soberanía Nacional, una batalla que ocurrió a 10 kilómetros de aquí, también en noviembre, pero de 1845.  

Una maratón de aguas abiertas empieza mucho antes del anuncio de largada. Empieza cada mañana, cada jornada de frío o de calor, cada día en que uno le roba tiempo al tiempo para meterse a nadar, a aprender, a entrenar. Tengo la suerte de tener a Gerardo, que además de ser una buena persona es un grandísimo docente de la natación, un tipo que mira y mide, que no manda a sus alumnos a romperse los brazos porque sí. Con él, cada mañana del último año hemos tratado de convertir a este entusiasta en algo parecido a un nadador. No lo ha logrado todavía, pero no cesa en su intento: todavía cree en mí, más que yo mismo incluso.

Quiero terminar esta maratón y dar todo, más por el profe y su esfuerzo que por mi futuro como nadador. Necesito pensar que hago esto por alguien más que por mí. Pienso y nado. Nado y miro los árboles inclinados a la vera del riacho. Miro y nado. Pienso en los dichos del profe. Entonces juego a arrimar las orillas del río con cada brazada. Ya no doy brazadas, doy puntadas como si en cada una quisiera coser el río. Y siento que ambas orillas se acercan.    

En una maratón de aguas abiertas uno compite contra el rival más complejo de vencer: uno mismo. Acá nadie viene a ganarle a otro. Acá viene uno a ganarse a sí mismo. Acá uno se tira al río para calcar lo que se hace en el entrenamiento. Y aunque no es del todo cierto que uno nade con la cabeza cuando el físico no está afinado en el tono justo para esta canción, es verdad que una competencia como la del domingo 23 de noviembre en el riacho San Pedro, brazo del río Paraná, tiene un peso específico volcado a las energías psíquicas. Porque son casi 10 kilómetros.

Cuando uno nada, piensa. Pienso en el Portu, que se debate bajo un sol asesino para que todos podamos comer. Me canto una canción litoraleña, que habla del río y del silencio. Me acuerdo de Juan Gelman y esa frase maravillosa: “Hay que aprender a resistir, ni a irse ni a quedarse, a quedarse y resistir”. Resistir. Resistir cuando uno siente que el cuerpo se comió todo el azúcar y las palas que deberían ser los brazos se han resentido porque miro el reloj y voy 58 minutos de una carrera que ahora, para mí, es larga. Imaginaba menos esfuerzo, más corriente en el agua, menos tiempo. Pero aún no veo el canal de entrada que conduce a la llegada. Entonces nado.    

Los últimos quince minutos duran media hora. Al fin entro al canal. El agua está helada y verde. Veo la llegada. Ya no hay dolores ni miedo de calambres ni nada. Poner un pie en la tierra es como despertar de una borrachera de borgoña: el mundo tiembla y uno tarda en reconciliarse con el suelo. No siento hambre, ni sed, ni nada. Estoy exhausto y tengo la mente en blanco; en lo primero que pienso es en nadar otra competencia.