Texto y fotos: Peter Franke (especial desde Córdoba)

 El agua ya bajó, lo peor ya pasó. La gente está volviendo, me dicen en la terminal de ómnibus de La Laguna, un pueblo que está sobre la ruta 4, a 20 kilómetros de Idiazábal, el pueblo cordobés que fue noticia nacional por estar cubierto de agua casi en su totalidad.

Cuando llego tengo la impresión de que lo peor no pasó, más bien es ahora cuando comienzan los problemas más graves para los habitantes de un pueblo devastado por la acción de las aguas.

Hay barro en calles y veredas. Es negro y pegajoso y huele a podrido. En las veredas, frente a las casas, hay montones de basura o escombros, restos de la limpieza de una obra en construcción.

El primer montón está compuesto por pedazos de muebles, hinchados y podridos, maderas, bolsas coon ropa, zapatos, colchones, revistas y todo tipo de enseres domésticos. En esta montaña se resume gran parte de la vida de los habitantes.

De la casa sale un hombre con el torso desnudo, lleva una bolsa de consorcio llena que tira sobre el montón. Se llama Carlos, tiene 57 años, es albañil y cuando no tiene trabajo en la construcción hace changas en la zona rural. Vive con su hija, Jennifer, de 21 años y su nieta Selene, de 2.

“Estoy limpiando la casa hace cuatro días. Perdí todas mis herramientas eléctricas, quedaron debajo del agua, no sirve más ninguna”.

Paso, me muestra la erosión por dentro. Sus herramientas en el galponcito del fondo: el taladro, hormigonera, cortadora de mosaicos, todo muerto.

 Me despido de Carlos. Sigo caminando y golpeo las manos frente a una casa antigua. El muro del frente está derrumbado en parte y lo que antes de la inundación fue un hermoso patio embaldosado con una galería y muchas plantas en macetas, ahora es un espacio lleno de barro y desperdicios que dejó el agua. Es el hogar de Alicia y Víctor.

Ella es ama de casa y él empleado de una estancia. Viven con sus nietos de 17 y 18 años. Hace dos años decidieron venir del campo al pueblo y compraron esta casa con un crédito cuyas cuotas tendrán que pagar por varios años. Están trabajando juntos tratando de poner orden y de salvar todo lo posible. Esta es una casa antigua, dice Alicia.

“Las paredes están asentadas en barro y han aparecido rajaduras por todas partes. Tuvimos que sacar todas las puertas interiores, son puertas placa y están hinchadas y reviradas”.

 Víctor con la voz quebrada por la emoción dice que igual quiere quedarse. “Uno se acostumbra al lugar en el que está, acá dejamos la puerta abierta y la bici afuera y nadie se lleva nada. ¿Adónde nos vamos a ir”? Si la casa no aguanta y tenemos que tumbarla, que nos den una ayuda para levantar dos piezas y un baño, porque ir no nos vamos a ir de acá”.

Bajofondo

Idiazábal está edificada en una zona baja, en un lugar donde antiguamente hubo una laguna. Por consiguiente es una zona inundable y no es la primera vez que sufre la acción de las aguas. Sus habitantes recuerdan al menos tres grandes inundaciones anteriores.

La última fue el año pasado y justamente hoy, cuando la gente vuelve al pueblo para intentar rehacer su vida, se cumple un año de la inundación ocurrida en 2014.

Los vecinos con los que hablo recuerdan y resaltan este triste aniversario, algunos con ironía, otros con bronca y la pregunta que surge en boca de todos es: ¿porqué las autoridades esperaron a que todo quede bajo las aguas para agrandar y profundizar los desagües y las canalizaciones y para levantar contenciones efectivas?

La opinión generalizada es que estas obras hechas a tiempo al menos habrían servido para mitigar en gran medida el ingreso de agua al pueblo.

Muchos pobladores comentan que otro de los graves problemas que constituye una amenaza cuando llueve más de lo normal, son los canales construidos por los propietarios de varios campos circundantes que desagotan el agua de sus parcelas cultivadas en el cauce del arroyo San José. Este arroyo pasa por Idiazábal y desborda al recibir demasiada agua e inunda al pueblo.

En los últimos días varias retroexcavadoras trabajaron a destajo para ensanchar y profundizar su cauce y levantar defensas del lado del pueblo con el material extraído. ¿Serán suficientes estas obras para proteger al pueblo y a sus habitantes de una nueva inundación? Es esto lo que todos se preguntan mientras intentan reanudar sus vidas.

“La casa se está cayendo”

Cristian, su esposa Egle y sus hijos Alexander de cuatro y Brisa de cinco años viven en una casa antigua alquilada que fue destruida. “Acá resistimos la inundación del año pasado de la que justo se cumple un año en estos días”, me dice Egle con los ojos llenos de lágrimas.

“Pero ahora la casa se está cayendo, el techo de la cocina está vencido y hace panza, puede caerse en cualquier momento. No salvamos casi nada y lo poco que dejamos, en realidad está para tirar pero no tenemos plata para comprar nada y vamos a ver si podemos recuperar algo”.

Cristian está en el patio del fondo tratando de limpiar algunas sillas que juntó de los montones de cosas que tiraron los vecinos.

Su hijito está sentado en un escalón jugando con un osito mojado y sucio. A su lado junto a zapatos sueltos hay un álbum de fotos con las fotos mojadas, borroneadas, irreconocibles. “Se perdieron todos los juguetes de los chicos, nuestros recuerdos, los álbumes de fotos. No quedó nada”, concluye desanimada.

“También nos quedamos sin heladera. Los dos estamos desocupados y hacemos cualquier tipo de changas para sobrevivir. Ahora estamos parados, sin trabajo. Hasta que podamos volver a casa estamos un poco en cada lado, estuvimos unos días en La Laguna en la casa de mi suegra y ahora estamos parando en el garaje de la casa de mi mamá que está habitable.

En la entrada de la casa está parado el viejo Fiat 600 de la pareja. En el muro, a su lado está, la marca que dejó el agua: más de un metro de altura. Ese auto ya no volverá a funcionar.

Por todas partes hay gente trabajando, limpiando, haciendo crecer los montones de restos, sacando cosas de las casas.

Ninguno de los vecinos con los que hablo vive en su casa. Todos vienen durante el día a acomodar y limpiar. Es un trabajo arduo que lleva mucho tiempo.

Seleccionar y sacar a la calle las cosas que ya no sirven, después atacar pisos y paredes para limpiar el barro que dejó el agua y sacar los revestimientos hinchados y podridos de las paredes donde la húmedad debido a la inundación de 2014.

Entre todos

Hay una gran manifestación de solidaridad en todas partes. En casi todas las casas a las que soy invitado a entrar, familiares y amigos de los moradores colaboran en los trabajos.

Entre todos, esta desgracia se soporta con mayor facilidad. En una de las calles me encuentro con una camioneta cargada con donaciones.

Micaela, Gaby, Juan Cruz, Juan Manuel y Gustavo son voluntarios que van casa por casa ofreciendo agua mineral, leche, repelente para mosquitos e insecticida.

Son miembros del grupo sossolidario (www.sossolidario.esy.es). Las personas que tienen ganas de ofrecerse para colaborar pueden inscribirse en su web.

Otro grupo de voluntarios que viene desde la vecina localidad de Monte Buey reparte alimento para perros y gatos. Una dotación de bomberos voluntarios de Santa Eufemia (un pueblo vecino) está limpiando con agua a presión de su autobomba el patio de la casa de Diego. Diego es profesor de la escuela secundaria y está terminando de sacar las últimas cosas inservibles del interior de su casa.

“Esta casa era de mi abuela, hace dos años que vivo en ella y justo había terminado de arreglarla por dentro, el agua no me dejó tiempo para arreglarla por fuera”, me dice descargando una carretilla.

Lo único que pude salvar es el colchón porque lo puse arriba del armario. Nosotros, los jóvenes, tenemos que poner la fuerza para seguir, sino este pueblo está acabado. La casa hay que derrumbarla me dijo el arquitecto”.

A dos cuadras hay un taller de electricidad del automotor. Carlos, su dueño está parado en el patio en medio de una gran cantidad de burros de arranque y alternadores, puestos en el suelo en un intento poco esperanzado de recuperar por lo menos algunos de ellos.

“Hemos tenido una pérdida importantísima. Va a costar muchísimo recuperarse de esto. Todos los elementos de electricidad del automotor están arruinados por el agua”, dice Carlos, muy abatido.

“No sólo tuvimos pérdidas en el negocio, también en mi casa tuvimos 50 centímetros de agua. Perdimos muebles y electrodomésticos.

La casa tiene pisos flotantes de madera, no sirven más, se están levantando todos, pero tenemos nuestra vida armada acá, no podemos ni soñar con ir a vivir a otro lado”.

En todas partes el panorama es igualmente desolador: montones de cosas inservibles en las veredas, charcos y barro, mucho barro. En todas partes hay puestas puertas de placard a modo de pasarelas sobre los barriales más profundos.

Renacer

Está saliendo el sol, comienza a apretar el calor y se hace más intenso el olor nauseabundo a barro y humedad. Una humedad que parece brotar por todos los poros de este poblado maltrecho, cuyos habitantes están intentando volver a vivir su vida de siempre, con calles secas y limpias, con clase en las escuelas, con su plaza nuevamente hermosa y verde, sin el temor constante a la invasión de las aguas.

Gabriela está tratando de limpiar el murito que hay delante la casa. Ella se fue del pueblo hace años y ahora volvió para ayudar a reconstruir la casa y la vida de sus padres Carlos y Ana. “Me da tanta tristeza ver cómo está quedando esta casa” dice a punto de llorar.

“Mis padres están conmigo en Villa María y quieren volver ahora mismo pero no los dejo porque hay mucha humedad y putrefacción, ¡es imposible vivir acá por ahora!”

Me hace pasar a la cocina en donde su papá está arrancando el revestimiento de machimbre de las paredes de la cocina mientras su esposa trata de limpiar el mueble bajo mesada.

Cristina y Leonardo viven de prestado en una casa precaria que es de la madre de ella. Tienen cuatro hijos: Juan José de 13, Trinidad de 12, Tiziano de 10 y Alma de 4.

Ella limpia en la estación de servicio del pueblo y él –como tantos otros– changuea en lo que sale. La casa quedó vacía, los pocos muebles que tenían se arruinaron por completo. La mayoría de las paredes están rajadas y en el dormitorio hay una grieta tan grande que permite mirar hacia afuera. .

“Yo perdí todo”, dice Elda, de 80 años. Está parada en el garaje en el que reunió las cosas que todavía sirven para algo.

“También se llenó de agua el auto. No dio el tiempo para sacarlo. Ya soy grande y no voy a volver a empezar de nuevo, me iré arreglando con lo que tengo.

 El sol que por fin salió se acerca al horizonte, quedan unas pocas nubes, parece que mañana habrá sol. Queda mucho, mucho trabajo por hacer, mucho por limpiar y reconstruir.

 Los muros impregnados de agua tardarán meses en secar y varias casas con daños estructurales serios tendrán que ser derrumbadas. En los corazones de la mayoría de donde todavía se puede dejar la puerta abierta y la bici afuera.

 Voy caminando hacia la salida del pueblo, hacia la ruta, bordeando el arroyo San José, ahora con un cauce ancho y profundo. Un terraplén alto, hecho de apuro para proteger al pueblo que ya estaba lleno de agua, es el camino de salida.

 Es de creer que esta vez las obras se terminarán. Que el pueblo quedará protegido y que el agua no será más que un mal recuerdo en las historias que los abuelos contarán a sus nietos en las largas noches de invierno.