Ninguna empresa dedicada a la producción en masa de comodities agrícolas habla más que del rendimiento, de maximizar la producción, de mejorar las semillas para hacerlas capaces de crecer en un lugar árido y seco. Tal vez sea por eso que no enseñan cuál es el elemento que potencia todos los desarrollos, el sustrato, la esencia, la base de todo: el suelo. Esta es la pregunta en el nuevo paradigma de la producción de alimentos a gran escala: ¿cómo protegemos los suelos?

Una sola acción puede hacer un productor para evitar que los suelos dejen de ser productivos y se vuelvan tierra seca: aplicarle a sus campos buenas prácticas. Eso explicaron dos especialistas del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) en las Jornadas Argentinas de Conservación de Suelos.

“La extracción de nutrientes como azufre, calcio, magnesio y nitrógeno no son compensados y eso degrada la tierra de manera casi irreversible”, dijo Miguel Taboada, director del Instituto de Suelos del INTA. “Desde INTA consideramos que es clave alcanzar el techo de las producciones. Pero no hay que perder de vista la sustentabilidad del ambiente”.  

Un problema grave que conspira contra una política seria en relación a los suelos es el alquiler de la tierra, tan extendido en la última década, a partir de la explosión económica de los seis cultivos que cotizan en bolsas de valores.

Los arrendamientos desataron una política del rinde máximo sin importar ninguna otra cosa más que el rinde máximo. El productor no hace lo que mi abuela o la suya hacían con heredada sabiduría: dejaba descansar la tierra o cambiaba de cultivo.

“Nuestros suelos son el pilar de la economía nacional y la base de una agricultura que motoriza el desarrollo regional y local y nos proyecta en el mundo con un papel cada vez más estratégico como productores de alimentos y energía”, consideró Roberto Casas, ex director de Suelos del INTA y actual director del Centro de Investigaciones de Recursos Naturales del INTA.

El dato que tiró Casas asombró a propios y extraños: el 75 por ciento de la superficie cultivable argentina es árida o semiárida. “Esa superficie posee ecosistema frágiles y proclives a la desertificación”, dijo Casas.

En el país hay 25 millones de hectáreas de suelos salino-sódicos en zonas  húmedas, subhúmedas y semiáridas. La extensión de los límites tradicionales de producción agropecuaria (que afecta la vida de las poblaciones, además de otra producciones, como la de animales) es otro de los factores que terminan por afectar el ecosistema. Un número grafica este cuadro: fuera de la pampa húmeda, la superficie cultivable creció un 60 por ciento, al tiempo que la tierra con bosques 18,4 por ciento y los pastos naturales decrecieron 6,8 por ciento.