“Los únicos dueños de la lengua son los hablantes”, suele repetir el director de la RAE, José Manuel Blecua (Zaragoza, 1939). El primer Diccionario de la Lengua Española o Diccionario de la Real Academia (DRAE), que registró 46.000 artículos, se publicó en 1780.

Desde entonces la RAE –nacida en 1713– ha publicado 23 diccionarios: tres en el siglo XVIII, diez en el XIX, ocho en el XX y dos en lo que va del siglo XXI. Una radiografía numérica podría dar cuenta de la magnitud de esta vigésimotercera edición, realizada por las 22 academias de la lengua durante 13 años de trabajo.

El resultado se traduce en 93.111 artículos o palabras –la anterior edición, en 2001, tenía 88.431–, 195.439 acepciones, 19.000 acepciones de americanismos, 140.000 enmiendas, sobre 49.000 artículos, 5000 palabras nuevas y 1350 supresiones.

La aparición entre 2009 y 2011 de la Nueva gramática de la lengua española, la Ortografía de la lengua española y el Diccionario de americanismos ha hecho necesario la armonización entre los contenidos de estas obras y el nuevo Diccionario. Pronto, en dos o tres meses, estará la nueva versión también en Internet.

Quienes se animen a bucear por las 3459 páginas en dos tomos de la nueva edición del Diccionario de la Lengua Española (publicada por Espasa) que se distribuye a partir de hoy simultáneamente en España y América latina, el broche de oro con el que la Real Academia Española (RAE) celebra su tricentenario, podrá festejar varias incorporaciones, nada menos que 5000 palabras nuevas, entre las que se incluyen feminicidio, cameo, tanguear, bótox, pilates, escaneo, cortoplacismo, precuela, amigovios, tuit, identikit, hackers, chats y amague por mencionar apenas un puñado.

Hay vocablos que no ingresaron a pesar de estar arraigados en la coloquialidad, como googlear o guglear, wasapear, feisbuquear o finde. Se suprimieron, se jubilaron o pasaron a cuarteles de invierno, 1350 palabras caídas en desuso: acupear (defender, respaldar) o bajotraer (batimiento, humillación, envilecimiento) son como bellas durmientes del idioma.

Hay enmiendas para poner literalmente los pelos de punta. En el caso de marica, por ejemplo, aunque se aclara que es despectivo, se lee: 1 afeminado (que se parece a las mujeres). 2. Dicho de un hombre: apocado, falto de coraje, pusilánime o medroso. 3. Dicho de un hombre: homosexual. Antes una de las acepciones decía: hombre afeminado y de poco ánimo y esfuerzo. ¿Por qué “poco ánimo y esfuerzo” por “apocado, falto de coraje, pusilánime o medroso”? Suenan horriblemente mal.

No hay diccionario que pueda horadar tanto prejuicio. “Somos científicamente correctos y luego viene lo demás –afirmó Blecua durante la presentación del nuevo Diccionario… cuando le preguntaron si esta edición es “políticamente correcta” al haber suprimido términos despectivos hacia algunos colectivos–. Los diccionarios no son fotos de la realidad, sino un modelo aproximado de la estructura de una lengua en ese momento.”

El director de la RAE ilustró la cuestión con la palabra escrache, que ya se usaba en Argentina y no se ha recogido con la acepción que ha tomado en España, la de acudir a la puerta de las casas de políticos o banqueros para increparlos porque se los considere culpables de la situación económica. No es fácil estudiar la vida de las palabras, las complejas estructuras y normas de un idioma común empleado por más de 450 millones de hispanohablantes en el mundo.

Quedaron con la ñata contra el vidrio, excluidas hasta la próxima edición, wasap, vallenato –¡lo que prowwwaría Gabriel García Márquez por la ausencia de su música preferida!– y link, entre tantas otras. De boca en boca, erguidas por sus sonidos, caprichos y estirones, las palabras, tan campantes y adelantadas, se burlan de los diccionarios, esos mamotretos que siempre corren detrás de la sociedad.