Por Carlos Quiroga (desde Tucumán) / Fotos Carlos Villagra

Lejos del silencio que caracteriza a las clases de los claustros universitarios, en las aulas de la escuela de luthería de Tucumán el chirrido de los serruchos es constante, lo mazazos ensordecedores y el crujido de las maderas intermitente, pero a ningún profesor parece molestarle esa estruendosa combinación de sonidos ,que al final de año se convertirán en música para sus oídos, cuando después de un arduo trabajo tomen forma de guitarras, violines y chelos y pasen a ser ejecutados por algún músico exigente, no sólo dispuesto a pagar lo que vale el instrumento, sino comprometido a cuidarlo como si fuera un hijo, requisito indispensable a cumplir, para los más de los 300 alumnos, que de distintas partes del mundo convergen en la provincia, para formarse y egresar con el título universitario de maestro técnico luthier.

Entre los profesores de la institución sobresale la figura del maestro, Facundo Antonio Leiva, que según cuenta, tuvo el privilegio de haber sido wwwigo de la fundación: “La luthería en Tucumán siempre fue un oficio artesanal, que por lo general se transmitía de padres a hijos y tenía un carácter empírico, hasta que en 1948 la llegada de muchos músicos europeos que integraron la primera orquesta sinfónica de la Universidad, dirigida por el maestro, Félix Cillario, comenzaron a reclamar por luthieres profesionales que se encarguen de mantener en condiciones sus instrumentos. Eran muy reticentes a confiárselos a un artesano improvisado y fue entonces cuando desde la Universidad decidieron traer desde Italia al prestigioso luthier Alfredo Del Lungo, para que se encargue de la titánica tarea. Ávido por transmitir sus conocimientos, Del Lungo no tardó en proponerles a las autoridades de la casa de estudios la creación de la escuela de luthería, que finalmente se concretó en 1950.

A diferencia de otros talleres que existen en distintas partes del país, en Tucumán la carrera dura cinco años y el título de maestro técnico luthier está abalado por la Universidad Nacional, lo que ha convertido a la carrera en una plaza de fama internacional. Durante ese período estudian dibujo técnico, teoría y solfeo, botánica y deben egresar habiendo construido en primer año una guitarra, en segundo otra y tercero y cuarto dos violines, y en quinto un chelo. 

Los que no estén dispuestos a hacer los cinco años, tienen la oportunidad de egresar con el título de constructor y restaurador de guitarra, un título que no se consigue en ninguna otra parte del mundo, porque la guitarra está muy ligada a nuestras tradiciones y solo aquí se hace la especialización- especifican en la institución. En ese tiempo el alumno debe terminar haciendo dos guitarras y saber restaurarlas.

En la actualidad, la escuela cuenta con 300 alumnos, provenientes de Israel, Chile, Colombia, Canadá y Perú, que atraídos por el prestigio de su fundador deciden dejar sus lugares de orígenes para formarse en el Jardín de la República: “La fama quizás se deba a que a lo largo de 62 años de existencia hemos formado lutieres que están distribuidos por los cinco continentes. Después de la escuela de Cremona en Italia, la de Tucumán es la más importante”, afirma orgulloso y sin temor a equivocarse, el profesor Leiva.

Contrariamente a lo que muchos podrían pensar, que la luthería es un oficio artesanal en vías de extinción, el director de la escuela, Facundo Antonio Leiva sostiene que los egresados de la carrera van a tener un futuro laboral inmenso: “Porque a lo largo de los últimos años han aumentado considerablemente el número de las orquestas juveniles y esos chicos cuando crezcan van a ser músicos exigentes, dispuestos a pagar por una guitarra, violín, viola y chellos de calidad. Inclusive hoy, para muchas de esas orquestas que se han creado es un problema poder contar con profesionales calificados para que le hagan el mantenimiento del instrumento o una restauración. De hecho nos ha tocado viajar al sur, para dar clases básicas de luthería para que los padres sepan mínimamente como mantener en condiciones los instrumentos de sus hijos”.

Entre las dificultades que tendrán que afrontar los futuros lutieres está el bajo precio de los instrumentos que vienen de fábrica: “Hoy por hoy nos resulta imposible competir. Un instrumento de autor cotiza alrededor de 15.000 pesos, mientras que los de fábrica, que por lo general vienen de Taiwán están a 1.000 pesos. No hay paragón en el precio, pero tampoco con respecto a la calidad”.

Pero al final Leiva prefiere echar un manto de piedad sobre esos instrumentos industrializados: ”Está bien que esas fábricas existan, porque de otra manera un instrumento sería inalcanzable para quien se quiera iniciar. De hecho creo que cumplen una función social y aunque de entrada parecen atentar contra nuestra fuente laboral, a la larga nos van sumar, porque estos instrumentos también necesitan mantenimiento y puesta a punto. Y esos músicos cuando crezcan profesionalmente también van a necesitar comprar a un instrumento a un luthier, porque ese instrumento le va a quedar chico”.

Camino al violín

Tomás Spieth (23) vino de Buenos Aires y según cuenta, no le costó mucho cambiar la carrera de músico que estaba haciendo en el conservatorio por la de luthier: “Siempre había trabajado con madera y vi en la luthería la posibilidad de combinar mis dos pasiones, así que no dude y me vine para Tucumán. Estoy convencido que a futuro voy a poder vivir de este oficio maravilloso, aunque no creo me vayan a dar un sueldo por mi trabajo de luthier, sino más bien va a depender de lo que yo pueda producir y vender”.

Por estos días se lo ve entusiasmado con lo que será su primer violín. Recorta, mide y rasquetea con paciencia la tapa de abeto: “Siempre jugamos al límite del error, hay poco margen y si nos equivocamos perdemos el trabajo de un año, por eso a veces prefiero ir lento”. No es de los que entrega con facilidad su creación y a la hora de elegir al músico que lo va a ejecutar es extremadamente cuidadoso en la selección, porque según confiesa le cuesta mucho desprenderse del instrumento: “Una de las condiciones que impongo , es que cada tanto me lo traigan para hacerle el mantenimiento”.

Sergio Paz (33) es tucumano y llegó a la escuela de luthería atraído por la nobleza del oficio, de poder hacer de la madera un instrumento musical y mientras mira como si fuera un catalejo la terminación del mango de cedro de su segunda guitarra, no oculta la emoción por el logro obtenido: ”Hacer un instrumento me produce una gran satisfacción que me llena el espiritu, porque uno lo hace para que otro lo ejecute y la gente lo disfrute, por esa razón lo que hacemos son verdaderos objetos artísticos”.

Según relata, ya lleva un año con esa guitarra que le roba hora de sus sueños y todavía le falta definir la marquetería que le va hacer, pero está casi convencido que las cenefas, filetes y placa, serán de palisandro, laurel y palo blanco. A la hora de evaluar dificultades, se queja de lo difícil que es conseguir el material adecuado, especialmente las tapas de abeto.

¿Y qué precio le pondrías a tu guitarra? : “Eso depende mucho del material que he usado y también un poco del comprador. Eso sí, trato de no encariñarme con lo que hago, para que no me cueste venderlo. Pero confieso que soy muy obsesivo a la hora de entregarla, porque pretendo que el que se la lleve, sepa realmente cuidarla Y siempre le recomiendo que la proteja de las altas temperaturas y del polvo y que si no la va tocar por mucho tiempo, que le afloje las cuerdas. Yo pretendo es que mi instrumento perdure en el tiempo”.

Lucas Ramírez (27) hace dos años que dejó su Córdoba natal y se radicó en Tucumán para cumplir su sueño: “Ante la duda de si iba ser músico o luthier, me incliné por esto, no porque considere que vaya a ser más redituable, sino porque me pareció más tangible. En la luthería yo veo los cambios día a día, como va tomando forma la madera, en cambio en la música los resultados son más lejanos”.

Al igual que Tomás, está construyendo su primer violín y según reconoce cada cambio, cada progreso que va experimentando le produce una felicidad enorme. “Es un gran placer poder ir viendo como de esa madera en bruto se va esbozando un violín. Cerrar la caja, poner los filetes, es una pequeña ceremonia. Pero la emoción mayor llega cuando después de un año de intenso trabajo , el instrumento está terminado. No me voy a olvidar jamás el día que sonó mi primera guitarra. Verlo al profesor puntearla, fue una sensación única e indescriptible para mí”.