Por Eduardo Martínez (*)

Los trabajos comenzaron en el mes de abril de 1977 financiados por el gobierno de la provincia de Entre Ríos a través de un fondo aportado por el BID (Banco Interamericano de Desarrollo). Consistía en la construcción de 1016 casas a partir de los cuales nacieron los barrios Trula, Piolín y Fonavi, sectores que no se encontraban al momento de inaugurarse la Nueva Federación: el 25 de marzo de 1979.

La planta original contaba, además, con 93 locales comerciales divididos en categorías: mayorista, minoristas periódicos (avenida comercial) y minoristas de artículos alimenticios. Los edificios públicos en los que funcionaría la Municipalidad, el Departamento de Policía, la Prefectura Naval Argentina, la Iglesia, la Terminal de Ómnibus y algunas escuelas siguieron construyéndose en los años posteriores, con la población ya alojada en sus viviendas. Formaron parte de esta etapa el asfaltado de las calles, la construcción de veredas y el alumbrado público, con los que no contaba la ciudad al momento del traslado, salvo el de las calles donde se llevó a cabo el acto de inauguración.

La piedra fundacional

Transformado en un adulto, Julián comenzó una búsqueda que sólo el desarraigo puede explicar. Sentía que con el paso del tiempo las ausencias eran más fuertes, los vacíos más profundos, la añoranza se amarraba a su interior y sin poder explicarlos se aferraba a los recuerdos. “Como sólo los exiliados pueden sentirlo –cavilaba buscando un consuelo- aunque al menos los exiliados conservan la esperanza de volver algún día… nosotros no tendremos esa posibilidad”.

Buscando estas explicaciones, el hombre se abocó al repaso de los registros y fue al encuentro de las personas que podían ayudarlo a revelar lo sucedido. ¿Se puede construir una ciudad en dos años? El interrogante lleva implícita la respuesta. Julián, el mismo que siendo niño sufrió con el descenso de la cruz del templo, revisa los papeles de la historia. Busca, coteja los recuerdos con fotografías que dan señales dispersas de los tiempos que intenta reconstruir.

Escucha a sus vecinos evocar con nostalgia el pasado en la vieja ciudad, que es tema predilecto de los amigos, de los familiares que ya no están, de las personas que por una u otra razón se interesaban por ese ayer. Caía en la conclusión de que su obsesión es un rasgo característico de los federases.

Cuando los habitantes de Federación se encuentran, en reuniones, entre amigos y conocidos, en los asados, arman el pueblo con el recuerdo. Van nombrando en voz alta, y en perfecto orden, a los vecinos de su cuadra, de su barrio. La mayoría asegura tener en su cabeza el pueblo completo. Él lo comprobaba personalmente: podía repetir sin pausa los apellidos de las familias que habitaban el Barrio Salto Grande.

También escuchaba como tema favorito de esos encuentros, la evocación de costumbres en la vieja ciudad: los festivales en Los Aguaribay, el cruce del río a nado, las visitas a Las Cachueras, los picnic en Baylina, las tardes en Playa Los Pinos. “Cuántas veces íbamos al Arroyo La Virgen a lavar la ropa”, le dijo una vez el cantor popular Raúl Caraballo que hasta le compuso una canción a esa tradición.

Pero ahora su búsqueda se detiene en el 20 de abril de 1977. Dos años antes del traslado. Y los documentos lo reportan al acto por el cual se dejó instalada la Piedra Fundacional. Fue una ceremonia encabezada por autoridades militares y religiosas, realizada en el mismo lugar donde, en días más, iba a comenzar el desmonte, la nivelación y el relleno. Donde se iba ¡a levantar toda una ciudad!

Mirá quién habla      

Allí, en medio del campo, una grúa dejaba flamear en lo alto la bandera argentina esa mañana. El palco se montó a metros de la vieja ruta 14. Más allá sólo podía verse el almacén de Gómez. Pese a ser un miércoles laborable, gran cantidad de personas se habían acercado hasta ese agreste lugar. La zona era identificada como “La Quinta del Cholo Burna”. Rodeado de quintas cítricas, al borde del palco, las autoridades esperaban impacientes el desarrollo del protocolo. Fue en ese momento cuando el gobernador de Entre Ríos, brigadier Rubén Di Bello, le preguntó al intendente, Fernando Oscar “Negro” Guerrero, quiénes eran las autoridades que iban a hacer uso de la palabra:

-Voy a hablar yo – responde el anfitrión.
-Guerrero usted no va a hablar –le ordenó dejando bien claro su superioridad.
-¿Y quién va a hablar gobernador?
-El ministro Carponi…

El ministro Rodolfo Carponi era un funcionario con influencia en las decisiones del poder, a tal punto que ostentaba el doble cargo de ministro de Obras y Servicios Públicos y el de presidente del COPRESAG. Pero el intendente finalmente pudo hacer uso de la palabra, luego de que el jefe de área del regimiento de Chajarí, el teniente Etchepare le dijera.
-Vos vas a hablar… si sos el dueño de casa, ¡¿cómo no vas a hablar?!
-Pero el gobernador me dijo que no –le respondió Guerrero mientras sostenía un papel escrito a mano, doblado en cuatro partes para que cupiera en su bolsillo.

No podía estar ausente del protocolo la palabra de quien ostentaba la investidura de  pequeño mandamás local, se autodenominó el protagonista ante Julián al recordar aquella jornada:
-Estaba todo el pueblo, vinieron en camiones, en colectivos. Recuerdo que el papel estaba todo mojado. Pero era cuestión de poner la cara.
                   
Para el régimen militar instalado en el país desde marzo de 1976, Guerrero procedía como un comunista, lo que no generaba suficiente confianza en las máximas esferas del poder. “El gobernador no simpatizaba conmigo porque yo no le callé nada, lo que tenía que decirle, se lo dije. No tenía ataduras con nadie. Fueron momentos muy álgidos, ríspidos, notaba que en el piso había mucho jabón”, dice Guerrero. 

El hombre levantaba la voz al recordar esos momentos y ante el interés de Julián por conocer todos los detalles, incluso condenó a los integrantes del COPRESAG, revelando algunos nombres.
-El ingeniero Dante Guerrero, un tocayo mío, del tribunal de tasaciones, fue el gran verdugo de Federación.
-¿Si? – impuso Julián en la pausa con asombro.
-Llegó a decirle al general (Albano) Arguindeguy que yo era comunista. Me quería incinerar. Pero lo único que logró es que Arguindeguy me distinguiera más –dijo denotando cierto orgullo.

El 20 de abril, el pequeño desacuerdo sería bien disimulado ante los presentes. Finalmente los cortocircuitos se superaron y las autoridades pudieron hablar en un acto teñido de blanco por los alumnos de las escuelas, quienes se alinearon al borde de la ruta para ver desfilar a los uniformados del Regimiento de Chajarí, mientras las autoridades se trenzaban en sórdidas discusiones palaciegas. 
   
Una vez que pudieron montar el palco, el padre Viola bendijo la Piedra Fundacional, que quedó a un lado de la tarima. El monolito se fijó en un punto, en lo que luego sería la esquina de Urquiza y Av. 25 de Marzo. Julián no podía trasladar aquel momento a la esquina actual: es imposible transportar los sucesos al presente, la historia está en el alma, pensaba y recordaba el anuncio en alta voz de lo que se introducía en el monolito: un mensaje para los habitantes de Federación del año 2079. Aquel hito se transformaría en mojón de la historia. Las autoridades sellaron con cemento una cápsula metálica que contenía el mensaje y después de esta formalidad, y de los entretelones, se daría lugar a las palabras. El primero en hablar sería el ministro Carponi.

Julián ya no era el niño travieso de aquella época turbulenta del traslado. Ahora caminaba las calles de Federación, plena de árboles y flores. Veía a los niños felices, corriendo por los parques, jugando en el lago, disfrutando de una ciudad que los otros niños, los de su generación, habían anhelado y a la vez añorado.

 

(*) Autor del libro “La Reconstrucción”, referido al traslado del pueblo de Federación hacia su tercer asentamiento, acontecido en el año 1979.