Los ataques de pánico pertenecen al grupo de los cinco trastornos de ansiedad descriptos en el DSM IV, junto con el trastorno obsesivo compulsivo, el trastorno de ansiedad generalizada, los trastornos por estrés post traumático y la fobia social. Es uno de los trastornos con mejor pronóstico, pero que de no tratarse con el tiempo va complejizándose, generando un cuadro seriamente invalidante para la persona que lo sufre y su familia.

El comienzo del trastorno es una experiencia sumamente desagradable, la persona sufre un aumento brusco y repentino de ansiedad que llega a su máximo nivel (el pánico) activando la respuesta física concomitante. Donde no se puede observar un motivo que dé cuenta de lo que le está ocurriendo a la persona.

Podríamos imaginar: ¿Qué es lo que sucedería si uno estuviera en un cine con la sala colmada de gente y de repente sonara la alarma de incendio y todos empezaran a agolparse en la puerta, desesperados por salir? En una situación así, el cuerpo se activaría para permitirnos enfrentar esta situación de vida o muerte. Esta respuesta del organismo frente al peligro se la conoce como reacción de ataque o huída y es una respuesta automática, normal y protectora del organismo. El cuerpo enciende su propia alarma de peligro, subiendo la ansiedad al máximo nivel posible hasta llegar al pánico, poniéndonos en alerta a acerca de una amenaza vital y real. Esto lleva a que físicamente en cuestión de segundos nuestro organismo responda descargando una enorme cantidad de hormonas y neurotransmisores que son funcionales a lo que está sucediendo.

Ahora bien, lo que ocurre en el ataque de pánico es exactamente esto mismo, pero sin que exista una amenaza real que active esta respuesta del organismo. El cuerpo dispara la alarma de peligro como si estuviera en una situación de vida o muerte cuando no la hay. En cuestión de segundos nuestro cuerpo está en el estado de alarma más intenso en el que podría estar. En nuestro torrente sanguíneo se segregan cantidades inusuales de adrenalina y noradrenalina entre otras, a los que no estamos acostumbrados normalmente recibir con esa intensidad.

Nuestras pupilas se dilatan para tener un campo visual más amplio y poder ver de dónde viene la amenaza. Nuestro corazón bombea al máximo, la sangre se acumula en nuestras extremidades, permitiéndonos escapar, correr y/o golpear. Los esfínteres se relajan para alivianar el cuerpo y tener más libertad de movimiento. Nuestro cerebro tampoco piensa normalmente: sus funciones más desarrolladas están como apagadas entramos en un modo de acción, más básico, todo es blanco o negro vida o muerte, perdemos perspectiva. Nuestra emoción es de pánico y desesperación.

Todo esto que nos ocurre sería comprensible y tolerable si estoy en un cine y suena la alarma de incendio. Pero qué ocurre cuando esa situación en realidad no existe no hay tal amenaza y estoy plácidamente sentado en el cine sin ninguna alarma, y mi cuerpo se activara de esa forma -avisando que hay un peligro inminente de vida o muerte cuando en realidad no lo hay-. ¿Cómo nos sentiríamos?, y si además le agregamos los intensísimos síntomas físicos. ¿Y si sumamos también que somos consientes de lo inapropiado que sería salir corriendo y escapar?

Cuándo ocurren los ataques de pánico

Las crisis aparecen cuando estamos plácidamente sentados en un restaurante cenando con la familia o paseando al perro, e incluso viviendo algún momento especialmente feliz para nuestras vidas como un aniversario o el comienzo de un trabajo nuevo. Si toda la situación descripta alcanza su máxima expresión entre los 10 o 15 minutos de haber comenzado y luego comienza a desaparecer gradualmente, entonces estamos frente a un ataque de pánico.

Cuando aparece la primera crisis de pánico la persona no entiende absolutamente nada de lo que le pasa, no sabe qué pensar y mucho menos cómo explicar lo que está viviendo y elije ocultar lo que siente. Puede creer que se está por morir o que se está volviendo loco o perdiendo todo tipo de control. La invade una desesperación que nunca antes había sentido y una necesidad imperiosa de escapar del lugar donde se encuentra. Es una de las experiencias más desorganizantes por la que una persona puede pasar. Habitualmente recurre a una guardia para ser revisada por un médico.

Así es como comienza el trastorno de pánico, en forma repentina, sin motivo aparente se desarrolla durante los primeros 10 o 15 minutos llegando al pánico. Comprende una respuesta automática tanto física como la que describimos, como psicológica, y una acción la de escapar de la situación. Luego de una experiencia así el cuerpo queda exhausto y la persona se siente angustiada. Con un miedo acuciante a que le vuelva a ocurrir lo mismo. Intenta controlar la situación tratando de evitar lo que siente, siendo esto imposible ya que es una respuesta automática del cuerpo; esto deja a la persona con una devastadora sensación de impotencia frente a lo que le sucede.

Cómo afecta el ataque de pánico a la vida cotidiana del paciente

Luego de tan terrible experiencia la persona queda de alguna manera obsesionada con lo que le ocurrió permanentemente intenta evitar que le vuelva a suceder, dejando de ir al lugar donde padeció la crisis y/o lugares parecidos, y también a aquellos lugares donde la salida puede ser complicada o donde recibir ayuda sea difícil.

Esta respuesta de evitación secundaria a la crisis, brinda cierta sensación de poder y control inmediato pero es disfuncional a largo plazo ya que limita y corroe la vida de manera muy significativa. Hay personas que han dejado de ir al trabajo, de frecuentar amigos, algunos quedan confinados en sus hogares o a una vida muy reducida. Con el detrimento en la calidad de vida que esto conlleva y los sentimientos depresivos que en el transcurso del tiempo la impotencia genera. Esta conducta evitativa es la que completa el trastorno ya que permite que el miedo se instale y crezca con el tiempo.

Es altamente probable que luego de tener una crisis la persona quede con un serio miedo a volver a padecerla. Con lo que no solo comienza a evitar situaciones y lugares sino que su atención está centrada en su cuerpo y los síntomas o sensaciones que normalmente este tiene.

El miedo a que otra crisis ocurra, en cualquier momento y lugar, es al que los profesionales llamamos ansiedad anticipatoria o miedo al miedo. La combinación entre el miedo a tener otra crisis y la evitación de situaciones forman el dúo perfecto para sostener y mantener los ataques de pánico desarrollando así un trastorno. Se comienza un círculo vicioso que comienza con el miedo, continúa con la evitación para aliviarlo, pero esto genera más miedo y por ende más evitación.

No hay dudas respecto a que el miedo debe ser afrontado para que se diluya o desaparezca. De lo contrario la evitación genera fantasmas acerca de lo que podría haber ocurrido y a cerca de la imposibilidad de resolver la situación, fantasmas que al no ser realistas son generan ansiedad, dejando a la persona con más miedo del que tenía. Si bien la evitación surge casi como una respuesta automática frente al pánico y en un primer momento nos libera de este. En un segundo momento nos deja aún más impotentes y temerosos.

En cambio cuando afrontamos de manera gradual y progresiva nuestros miedos desvanecemos el fantasma (imposible de desenmascarar de otra manera) y lidiamos con una realidad que es posible de ser manejada, y comenzamos un proceso de descensibilizacion al miedo. Es decir que aprendemos gradualmente a acostumbrarnos a él hasta que termina siendo inofensivo.

Cómo se puede tratar el ataque de pánico

Uno de los ejes del tratamiento antipánico es el de enseñar al paciente a afrontar los miedos que le ha tomado a ciertos lugares y/o situaciones, a las sensaciones y síntomas físicos del pánico. Los profesionales sabemos que los síntomas de pánico si bien llegan a ser extremos están dentro de lo que el cuerpo es capaz de tolerar, y que no pasa otra cosa más que el inmenso malestar que ocasionan. Por lo que no hay razón para temerles. De hecho se considera que la cura del trastorno de pánico es cuando el paciente deja de temer por las posibles crisis por venir y en consecuencia deja de evitar situaciones y de auto limitarse retomando su vida normal y no porque deje de tener las crisis.

De todas formas cuando ya no se les teme la frecuencia de las crisis disminuye en un alto porcentaje y hasta pueden desaparecer por completo. Si bien el trastorno de pánico es considerado un trastorno crónico las crisis pueden no aparecer por años, siempre y cuando se trabaje sobre las variables que podrían ocasionarlas.

Existen herramientas simples de hacer y de aprender que ayudan a que se puedan enfrentar las situaciones para perderles el miedo. Hay una batería de herramientas que ayudan a que podamos volver a regular la ansiedad desregulada y prevenir que la respuesta de alarma interna no se dispare sola. Se avanza mucho en la mejoría del trastorno cuando se conoce cómo funciona y qué actitud hay que tomar frente al pánico. Es importante informarse a cerca de que hay un tratamiento específico que tiene una eficacia mayor al 75%, por lo que la mejoría es altamente frecuente y bastante rápida.