Por Damián Damore – Fotos Jazmín Arellano. Enviados especiales a La Pampa.

  Los victoriquenses convocan al señor con una queja: ¡Ay, Dió!, dicen cuando algo los sorprende. Ay Dió repetimos muchas veces el lunes -con la jerga pegada a la lengua- por una jornada que trajo a las mujeres al Segundo Festival Nacional de la Ganadería del Oeste pampeano y con ellas, a los mejores espectáculos del festival que culmina el domingo 9 con una gran jineteada.

  El lunes 3 de febrero comenzó con baile con la peña El Caldén. Desplegaron una coreografía de ritmos populares: gatos, malambos y huellas. Leticia Pérez fue la primera mujer que cantó en el festival. Oriunda de Victorica, la morocha mostró personalidad con buen caudal de voz. Se apoyó en un repertorio seguro. Comenzó con “Malena” del gran Homero Manzi, siguió con “Los mareados” y “Tinta Roja”. Una versión adaptada (y fallida) de “Sombras nada más” empañó su buen desempeño: el fraseo no le quedaba cómodo y se la notó forzada. De cualquier manera fue un show aceptable el de Leticia.

  Distinta fue la suerte de otra local, Anabel Gallardo. La rubia, con atuendo campero -de sombrero y bombacha rural-, cantó un par de zambas y alguna chacarera con muy poco ensayo encima. O los músicos no escuchaban bien o ella se apuraba, porque su fraseo no acompañaba a la base. Tras un set cortito llegó lo mejor del festival: Tonolec. El grupo se distingue desde el vestuario. Charo Bogarín (straples bordado, con cola de color naranja) parecía metida dentro de una flor. Su compañero, Diego Pérez, lució un traje color uva y calzó la guitarra.

  Comenzaron con “Qué he sacado con quererte”, una versión excelente con la voz de Charo sujetando la noche estrellada de Victorica. Los chacareros quedaron anonadados y nosotros también. Cada movimiento de Charo era seguido con asombro, como si fuera Afrodita la que se paseaba por las tablas. Siguieron con “Zamba para olvidar”, el clásico de Julio Fontana y Daniel Toro, con arreglos de sintetizadores. “La cazadora”, “Techo de paja” y “Baila, baila” mostraron los alcances del grupo en vivo: programaciones electrónicas, charangos y una percusión sólida, factoría de la rítmica medida de Anahí Petz, una protagonista muy valiosa para lo que propone la banda. Así llegaron a otra gran versión de un clásico del litoral, “El cosechero”, del Mensú, Ramón Ayala.

  Charo agradeció poder estar ahí y expuso su manifiesto, canciones con letras en lenguas originarias para todos los niños argentinos. Predicó con un ejemplo: “Cinco siglos igual”, de León Gieco, en toba y apuntó un deseo: que los chicos se acerquen a la lengua ranquel antes que al inglés que nos traen las canciones del resto del mundo.

  A la noche le quedaba un episodio: Algarroba.com. Los muchachos de San Luis levan un nombre curioso y son curiosos: también hicieron revisionismo. Con ocho años de carrera era la primera vez que llegaban a La Pampa. Por eso tocaron canciones que hacía rato no hacían, como “Catador enólogo” y “La cueca de los chismosos”, de los orígenes de la banda en la capital de San Luis. “Fue como empezar de nuevo”, dijeron concluido el espectáculo.

  Procedentes de Cosquín, donde impusieron su propia peña frente a la mítica plaza Próspero Molina, tocaron a lo grande. Julio Zalazar, remera con estampa ensombrecida de Atahualpa Yupanqui, llenó de carisma con su canto, apoyado por el virtuosismo de sus dos guitarras (en especial la del Jorge Paredes en sólos que volaban por la escala) y la rítmica del Polaco Tarasconi. Ellos cerraron con llave la tercera luna para un festival que tiene aún un largo camino por delante y que cierra el domingo con el gran espectáculo de la jineteada.