Fotos Juan Carlos Casas

Corren los peores días del doloroso diciembre de 2001. Falta un día para que Fernando de la Rúa dicte el estado de sitio y desate un carnaval de muertos y apenas dos para que renuncie a la presidencia de la Nación. Pero ellas están en otra lucha. Jacobo Brukman se brotó. Soberbio, acaba de revolearles el manojo de llaves en la cara. “La quieren… tomen, manéjenla ustedes a la fábrica”, les dijo, como quien tira por la cabeza una corona de espinas. Fue esa la última vez que el dueño de la histórica sastrería de Once pisó la imponente planta conocida por la calidad de sus prendas.

Ese 18 de diciembre empezaba un doloroso derrotero con una vigilia por los sueldos adeudados. Mayoría de mujeres, vieron cómo los hombres se iban hasta que una compañera frenó la retirada. “De acá no se mueve nadie carajo, esto es de todos, hay que cuidarlo”, ordenó. Fue la chispa. Esa noche durmieron ahí. El 19 amaneció con ruidos de cacerolas en la calle. El bullicio la confundió, pero no querían frenar una producción de bermudas, plata con la cual pagaron los servicios y se la repartieron en partes iguales. Así estuvieron hasta marzo de 2002, fecha del primero de los tres desalojos. En noviembre del mismo año fue el segundo. La policía entró rompiendo todo, apuntando a la cabeza de las obreras, que terminaron presas. En la televisio?n de la comisari?a vieron lo que son?aban. El conductor del noticiero contaba que los trabajadores teni?an bajo su control la textil Brukman. En abril de 2003 ocurrio? el u?ltimo desalojo.

Era Semana Santa y llovi?a. Un apoyo popular decidido les templo? el a?nimo, pero estaban afuera de la fa?brica y en la puerta la guardia de infanteri?a teni?a órdenes de frenar la entrada a como de lugar. Ellas empujaron. La polici?a disuadio? con gases lacrimo?genos. Las obreras ya no lloraban de dolor, sino de bronca. Juanita, Estela, Delia y Celia se tomaron de las manos que habi?an creado miles de trajes y tiraron las vallas de contencio?n. La polici?a alzo? sus rifles y apunto?. “Yo pense?: ahora empiezan a tirar, nos matan a todos”, dice Celia. Pero eso recie?n empezaba. Debieron quedarse en una carpa por ocho meses y 11 di?as, dice, precisa, Matilde Adorno, la encargada de la venta minorista, una mujer dulce que llora cuando recuerda el fri?o del invierno en la carpa y esa Navidad con la familia entre las ma?quinas de coser y el estómago a medio llenar. Se acuerda de cuando iban a las facultades a pedir un peso por alumno. Fue el tiempo del desamparo y el plato vaci?o. “No sabi?amos que? iba a pasar. Entrar como duen?os a la fa?brica fue un suen?o.”

El 29 de diciembre de 2003, dos an?os ma?s tarde de la primera noche que durmieron alli?, las obreras del guardapolvo celeste volvi?an a la fa?brica para empezar el lento camino de la expropiacio?n. “Trabajar asi? te dignifica como persona y como obrera. Sin patro?n somos todos iguales”, dice Sixta Blasco. Ella es la muestra de la poli?tica cooperativa, pues entro? a trabajar bajo control obrero. Parece so?lo una diferencia sema?ntica, pero es ma?s: mientras las empresas toman empleados, las cooperativas incorporan compan?eros.

Delicia Millahuall le hace honor a su nombre. Igual de buena que de dura, cose y habla. Agradece la ayuda de partidos poli?ticos y movimientos sociales, pero dice: “Quienes nos caemos y nos levantamos somos nosotros, los trabajadores. Nadie nos ensen?o? nada. Pasamos las cuatro estaciones en la carpa. Luchamos para recuperar la dignidad como trabajadores. Y demostramos que somos capaces de generar puestos de trabajo. Administramos mejor que los patrones”, desafía la si?ndica de la cooperativa.

A ella la lucha le ensen?o? a defenderse. Y ahora, como todas, persigue el suen?o de la herencia textil en sus hijos. Elisa puede estar contenta con eso. Su hijo Rau?l cose, dice que la lucha le inspiro? estudiar en la facultad, gracias a la cual quiere saldar la mayor deuda de las obreras de la ex Brukman: fortalecer las ventas. Delicia aconseja: “No abandonen su fuente de trabajo. Si el empresario no es capaz, se puede formar una cooperativa porque el trabajador sabe do?nde empieza y do?nde termina todo. No se depriman, luchen por sus hijos”.

Como en la mayori?a, en Brukman hay un consejo de administracio?n, el o?rgano que forman las cooperativas para informar novedades, llevar la voz suprema de la asamblea y gestionar lo que todos deciden. Habi?a 52 trabajadoras en la carpa, nu?mero que crecio? a los 60 actuales, en la fa?brica con capacidad para 400. Hoy trabajan a faso?n, o sea, vendiendo el servicio al cliente que trae la tela y se lleva la ropa y tienen 2.000 prendas para la venta minorista en su local de avenida Jujuy 554.

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