Fotos Marcelo Arias

La luz se filtra por una ventana y chorrea desde afuera: el fuego del sol quebradeño nubla el pico de los cerros y la siesta deja un sólo ruido, el del silencio. A veces interrumpido por el sonido de las agujas de tejer de Agustina, que se queda sin lana y ovilla, a velocidad luz. Hunde una punta y la otra en el tejido. Pero lo hace con dotes de prestidigitadora: sólo los ojos bien entrenados pueden verla. El resto sólo puede observar cómo crece el tejido: mil hilos se cruzan en un blanco puro.       

Cooperar

“Mirá el punto”, invita Dina a Agustina, sentada a su lado. “Lindo”, le devuelve la señora tras una mirada fugaz y sincera: el semblante indígena, los ojos de párpados entornados. Dina, que había frenado para mostrarlo, vuelve a tejer y un rollo de lana se desovilla y rueda por el piso. Ella lo estira con un movimiento seco y acelera el tejido.

Ellas son dos de las 16 tejedoras que formaron hace 16 años un grupo de trabajo que hace dos años tiene personería jurídica y nombre: Cooperativa de Trabajo y Artesanías “Flor del Cardón”, con la cual hacen la doble tarea de vender una costumbre ancestral y hacer la tarea antropológica de rescatar diseños, procesos y costumbres de las tejedoras de los valles, la zona verde distante a 60 kilómetros de la ciudad. Tanta luz irradiaron entonces y tanta tienen para dar, tanto empuje, que hace 12 años la intendencia construyó especialmente para ellas este local en la calle Belgrano 590, de Tilcara, donde se da una fiesta de colores, de puntos y formas, de diseños y pompones, de prendas que abrigan hasta el alma, de otras que decoran, de barracanes, frazadas, ponchos, chalecos, sacos. De diseños salidos de las más jóvenes -gracias a lo cual ahora le agregan pompones, prendedores, hebillas- y de colores salidos de las manos de las más grandes, las que conocen el secreto que la lana teje con la tierra. 

Rescatar

Muchas de las mujeres de la cooperativa nacieron en la zona de los valles, donde sólo a caballo es posible llegar. Algunas se quedaron a vivir en Tilcara otras viven un tiempo en cada lugar: se turnan con la familia para cuidar a los animales de allá mientras hacen los tejidos acá. “Antes no había un lugar dónde vender y tejíamos más prendas en lana de oveja . Ahora tejemos llama, para el turista”, describe Sonia Pérez, la presidenta de la cooperativa desde hace dos años.

Yaquispampa, Molulo, Abramayo, El Durazno, Loma Larga, a entre 60 y 80 kilómetros de Tilcara, forman un valle colorido e inhóspito entre las montañas. “A El Durazno son ocho horas caminando o a lomo de mula. A Molulo son 15 horas de a caballo. Yachispampa está a entre 16 y 18 horas y a Abramayo son unas 20 horas. Pero ahora hay un camino carretero por Ocloya que facilita bastante el viaje. Esas tejedoras hacen frazadas, hilos para alforjas, peleros, todo en oveja. Tejen todo: pulloveres, barracanes, Y cada tejido tiene un tipo de hilo”, cuenta Sonia, que también teje.

Las mujeres del valle se dedican al hilado desde siempre y los hombres tejen. Esa combinación hicieron los padres de Sonia. Vellón que hilan con el uso. Lana que tiñen con tintas naturales, con hierbas que da la sabia Pacha: molle, hoja del álamo, alguna verdura. “Antes teñíamos con remolacha y repollo, pero no era conveniente porque era caro y el color no perduraba. De Bolivia traemos cochinilla para los tonos rojos y los violetas, pero es complicado pasarlo por la frontera, así que a veces, para lograr otros colores, teñimos con anilinas”, cuenta la chica que detrás del tejido, sabe, se esconde una reserva poderosa identitaria. “El turista quiere la artesanía local. Porque lo que compra en la plaza de Tilcara lo puede conseguir en Bariloche también. Por eso, el intendente nos dio a nosotros este local e hizo otro para 70 artesanos: ceramistas, teleros, luthiers”.

Ahora se abocan al tejido de las fajas. “Tenemos que rescatarlo: sólo dos personas lo hacen y queremos que vengan a Tilcara para enseñarnos”. Se trata de dos señoras que deberán atravesar la montaña tras ocho horas de andar en burro para mostrarles a las chicas esos secretos puntos que la Pachamama les sopló al oído.
 
Tejer

Las chicas, inquietas por naturaleza, acostumbradas a los vientos del desamparo, saben que tienen en sus manos las líneas del camino. Por eso se informan: leen revistas de diseño y palpan el pulso de lo que anda por ahí, para ofrecerlo como se ofrece una flor. “No podemos hacer un costal que no le va a servir a nadie. Entonces hacemos chalecos, chalinas, porque si hacemos tapices por ahí no nos pagan lo que el trabajo merecería. Nos vamos adaptando a lo que nos pide la gente”.

El sistema cooperativa implica una compra en conjunto y luego cada una hace su producto y cuando vende su prenda, queda una parte para la cooperativa. Cada prenda tiene su tiempo de trabajo y algunas tienen más facilidad para hacer u chaleco y no un puyo, o prefieren hacer una chalina antes que una pashmina.

Sonia trabaja con hilos de lana desde los 16 años. A los 37 que tiene ahora rastrea en el origen su pasión por el tejido: su mamá -hilandera- y su papá -tejedor- son de El Durazno, un poco antes de Molulo, donde nació la estirpe coya de Agustina Tolar, una mujer castigada por soles, que perdió la cuenta de los años que lleva tejiendo. Viste con los multicolores del valle, habla a regañadientes con una timidez que lastima y teje a una velocidad demoledora. En el aire se dibujan las estelas de sus agujas y se oye un ruido mínimo, como el de una araña caminando por un tirante. Su mamá murió cuando era niña y desde niña Agustina hila y teje, con dos agujas o en telar. Se ríe cuando el desprevenido cronista quiere saber si tiene secretos el arte de tejer. Sus manos ajadas engordan el urdido blanco que suma líneas. La mira a Dina, su compañera a la hora de la tarde y se ríe. Mientras teje. 

Dina forma el tercer eslabón en la quinta generación de tejedores que tiene su familia: abuelo, papá, mamá, ella, su hija y su nieta, de 10 años, dibujan en lana los latidos del corazón. “Mi mamá me enseñaba a tejer cuando tenía ocho años. Lo primero que hice fue unas medias en la escuela”, recuerda. Con los años, tejió de forma natural. “Antes hacía mis tejidos, pero eran para mis hijos. Y mucho no me gustaba trabajar sola. Cuando empezamos a trabajar en grupo me gustó más”, dice una de as fundadoras del grupo de trabajo que hoy es cooperativa. De sus tres hijas, dos declaran un gusto por el tejido y la tercera diseña y borda para la cooperativa.
 
Dina es el modelo de tejedora: sabe y no para de capacitarse. Dice que el estado de ánimo es determinante a la hora de teñir. “Si no tenés entusiasmo por el teñido o no estás bien o si el día está nublado, mejor no teñir. Yo no lo creía, pero hicimos un curso y nos demostraron eso. Por eso, cada vez que tengo que teñir tengo que estar bien. Y no a todos les sale igual el color. Mi hermana tiñe con repollo y le sale un celeste fuerte y a mí, con los mismos elementos, me sale un verde agua. De las 22 chicas que hicimos el curso, a ninguna le salió el celeste, salvo a mi hermana y a todas nos salían colores diferentes. A mí nunca me salió el celeste con el repollo”.

Soñar

“Chicas: hay que designar dos personas para ir a la expo en Jujuy. Todo pago, ¿quién va?”, se pregunta en un pizarrón del local de ventas, donde también hay telares a pedal, que las chicas manejan con maestría. Antes de armar la urdimbre, Sonia arriesga una definición sobre el secreto de tejer. “Tiene que haber curiosidad, te tiene que gustar. Cuestan algunos procesos, como a mí me cuesta el hilado, que determina el trabajo final. Por eso, el único secreto es que el tejido sea una pasión para quien lo hace. Para nosotros, el tejido funcionó como una terapia. Todas somos mujeres y tejer para nosotros no era un trabajo, sino un hobbie que hacíamos naturalmente. Tejemos y charlamos también, nos acompañamos, intercambiamos. El trabajo nos dignificó, nos dio la idea de que hay cosas mejores por hacer”. La chicas van saliendo de sus trabajos anteriores; algunas están retomando la escuela que habían dejado para trabajar, otras dándole curso al río interior que les crece en la sangre.

“Este tiempo que pasamos juntas fue un tiempo de aprendizaje. No nos quedamos con los que sabemos. Queremos aprender. Y siempre vamos por más. Si no tuviéramos la cooperativa, seguiríamos trabajando de empleadas domésticas, que no está mal, pero este trabajo es distinto porque es libre: nadie controla a nadie. Y eso nos llena de satisfacción y de responsabilidad porque sabemos que si no tejemos no tenemos qué vender”. Al día de hoy, aún no viven exclusivamente de las artesanías. Pero no pierden la esperanza.

De las 16, un 80 por ciento trabajaba de eso y alguna chica lo sigue haciendo, pero siempre aportan a la cooperativa. Claro que no todas fueron flores como las del cardón. En 2001 el proyecto tembló: de las 25 chicas, se fueron 19. “Decidimos seguir trabajando. Algunas se animaron a quedarse, eran cuatro, una de ellas era Dina. Otras dos, Narcisa y Luisa, fueron ahora a la plaza de Tilcara para revender, pero no es esa la política de la cooperativa. “Esto es de Tilcara y lo hacemos nosotros”, dice Sonia. Y en los ojos le crece el orgullo.

“Nos incentivamos unas a las otras y eso se contagia. Al tiempo que ingresé vendimos muchas prendas. Las cosas que hacemos le gustan a la gente y siempre tuve la visión de salir adelante con el tejido”, dice Sonia, que en el secundario, paradoja del destino, se llevó actividades prácticas. Sabe que la necesidad te hace creativo, te enciende el fuego sagrado. “A veces nos gusta tanto que no tenemos ni ganas de venderlo”, se sincera.

Cada prenda de las chicas lleva el nombre de las manos que la hicieron, de los ojos que vieron los puntos, de los dedos que enrollaron el vellón, despacito, entre el huso y la paciencia. Que es como ponerle nombre a la fuerza misteriosa que las hace tejer con el alma. 

Cooperativa de Trabajo y Artesanías
Flor del Cardón
Belgrano 590 – Tilcara – Jujuy
Teléfono: 0388-495-5728
Ventas por mayor y menor