En el habla popular ser un “cuatro de copas” es ser un don nadie, tal vez por el escaso valor que tiene esta carta a la hora de sumar poder en un partido de truco. ¿Y el seis de copas? Edgardo Cardozo sacó un disco solista genial que tiene este nombre, y esta historia detrás: “En un momento de mi vida, por varios motivos, decidimos mudarnos con mi familia. Y el día de la mudanza compré un auto. Les toqué el timbre a mi mujer y mi hija para que salieran a ver la “batata”. Salieron, lo vieron y cuando volvíamos a entrar, en la puerta de casa, boca abajo, había un naipe. Yo grité: “seis de copa”, en un impulso muy pasayesco y lo señalé con la mano. Se creó una expectativa entre los tres, fui, lo di vuelta, y era seis de copas!. Guardé la carta y al rato me empezó a hacer ruido lo que pasó. Entonces busqué qué significaba el seis de copas. Y aparecieron muchas cosas, pero hablaba sobre todo de los cambios. Lo fundamental era que decía que el pasado llamaba mucho a volver a ese pasado y la carta marcaba que no había vuelta atrás. Yo lo tomé así; si vos querés volver a tu viejo ser, el que murió en el accidente, estas mal. No vas a encontrar nada. Después en el proceso nuevo de componer y grabar el disco, cuando se me hacía muy cuesta arriba (la mudanza, la vida nueva fuera de la ciudad, las nuevas canciones, concretar ese proyecto de disco solitas, etc) , yo me acordaba del seis de copas. Y otras cosas también. Me mudé a escobar y ahora me levanto a las seis de la mañana muy contento. Tratando de atrapar el tiempo, de hacer cosas ya que lo que perdí con el accidente es la sensación de inmortalidad. Ahora sé que el tiempo corre. Ahora tenés que decirlo, ahora tenés que hacerlo

– ¿Cómo fue el accidente que te cambió la vida?
– Fue en el 2006, un accidente muy grave de auto: un mes en un hospital, un par de semanas en terapia intensiva. me sacaron el vaso, me rompí todas las costillas, colapsaron los pulmones. Fue un choque, me chocaron. Yo vivía en ese entonces en capital, en Palermo, y ahí bajé un cero. Estuve muy cerca del asunto, lo vi de al lado. Ahora salvo algunos desajustes de huesos que quedaron medio torcidos, estoy perfecto. Después vinieron unos meses de depresión fuerte, por el golpe. Y cuando quise a volver a ser el mismo me di cuenta que las piezas no encajaban en el mismo lugar: se había dado un cambio bastante fuerte, de visión de las cosas. Yo creo que el estado que te pone estar en terapia intensiva , lo que siente el cuerpo…mirá, me hace acordar una entrevista que leí de Rainer Fassbinder en la que él dice que la idea intelectual de la muerte es una idea a la que nosotros podemos jugar o manosear, pero cuando el cuerpo se da cuenta de su final, ahí pasa algo que es transformador.

– ¿Y eso te llevó al disco solista?
– Fue el comienzo del proceso que me llevó a este disco. Yo ya había grabado algunas canciones como las que tienen letra de Juan L Ortíz, que fue una época que se dio entre 2005 y 2007. Todo lo del accidente me llevó a un estado de introspección muy grande. Empecé a pasar mucho tiempo solo con la guitarra y eso es lo que quedó plasmado en el disco: un momento privado, de soledad. Es decir una cosa que no compartí con nadie. Y aunque me dio mucho pudor y me pareció bastante riesgoso grabarlo sólo con la guitarra, igual decidí dejarlo así.
– Estas solo con la guitarra, pero hay gente detrás de la consola, como el productor.
– Santiago Vásquez me dio una mano inmensa. El fue el que me dijo: che, vamos a hacerlo porque ya está. El es muy amigo, ya conocía los temas. De apoco me fui decidiendo cada vez más a grabarlo solo. Y lo grabé en dos sesiones. Es un disco muy estudiado, muy interpretado y lo grabé como lo toco en vivo. Con la viola y la voz al mismo tiempo. Es muy disfrutable aunque antes me daba mucho miedo porque uno está solo y si uno no está bien colocado cualquier problema que tenés puede ser un problemón.
– Tus canciones parecen ejercicios de respiración. Como si el interprete, aparte de hacer música, estuviera trabajando con energía.
– El laburo de cantar y de tocar es muy arduo. Yo soy un tipo naturalmente tenso para tocar. No es una cosa que yo agarro y fluye la relajación: tengo que trabajarla con mucha conciencia. Me llevó muchos años cambiar la postura con la viola y hacerme consciente de lo que pasa con el cuerpo mientras canto, la respiración, y sí, es como una meditación y lo tomo así.
– Hay fracasos tremendos cuando uno trata de ponerle música a un poema. Se nota mucho el esfuerzo de ponerle a la letra una música que lo complemente. ¿Cómo te animaste con los poemas de Juan L. Ortíz?
– Es difícil hacer verosímil a la canción. Yo creo que por un lado estuve mucho tiempo dándole vueltas a las canciones y por otro me sirvió no conocer tanto la obra de Juanele. Ni tenerle devoción ni tomarlo como un maestro de la literatura. Lo tomé como un amigo. A Juanele me lo pasó Liliana Herrero. Coincidimos en una gira por españa y ella me alentó a que tratara de musicalizar sus poemas. Y eso me sacó de un parate e hice doce canciones que yo voy grabando cuando me parece que ya está: es un laburo de orfebrería total.
– “Muchacha de ojos de flores”, uno de los poemas musicalizados, parece haber salido de una sola inspiración, pero no fue así.
– “Muchacha de ojos de flores” es una canción que me volvió loco porque yo llegué con mucha fluidez y rapidez , es decir, agarré el poema y la canción fue surgiendo al mismo tiempo, hasta un verso, pasando la mitad y ahí se clavó casi tres años, fácil. Y era desesperante, como cuando se te mete algo entre los dientes hasta que un día, no sé cómo, salió. Y cuando lo escuché al volver del estudio, me dije: la verdad que me quedo tranquilo porque es una canción en la que hice finalmente lo que me había propuesto. Trato de hacer cosas que envejezcan bien, con timbre nobles, que la canción no esté atada a los guiños del momento: es como si creceieran en el tiempo paralelo.
– ¿Escuchás música?
– Dejé de escuchar música hace bastante tiempo. Salvo la que escuchó en mi trabajo docente ya que doy clases para composición de canciones. Pero esto es un poco del otro lado de la cocina, más técnico y frío, para decirlo de alguna manera. Pero yo pasé de todo y toqué de todo. Mi primer trabajo profesional fue con Billy Caffaro, tocaba el bajo en su banda a los quince. Debuté profesionalmente con él, en el club Chacarita y nos pagaron una milanesa con fritas. También estuve diez años en un grupo de creación colectiva que se llamaba la Pista Cuatro. Y ahí también actuaba. Me sirvió mucho y exploré muchas cosas mías: el espacio, el cuerpo, la luz.
– ¿Te sentís dentro de un movimiento polular de música del río de la plata?
– Sí a pleno. Me marcaron mucho los uruguayos, como Los que iban cantando,o Mateo. Y a Fernando Cabrera lo descubrí hace muy poco. Y lo vi en vivo en Rosario y me pareció un campeón mundial. A mí me sirvió mucho verlo a él tocando solo con la viola. Le pregunté si no había grabado así y me dijo que no, que a él le gusta mucho hacer arreglos cuando graba. Y me acuerdo que el tipo me pareció muy poderoso con la viola solo y me decidí ahí a grabar yo de esa manera.
– ¿Y ahora qué viene?
– Ahora estoy presentando el disco y estoy empezando con otra cosa, saliendo del soliloquio para ver qué pasa con otras cosas. Fijate que en el año dos mil grabé Años después, mi primer disco solista y después grabé canciones mías con Juan Quintero en 2007. Yo no apuro nada, no tengo la ansiedad de que me están apretando para que entregue algo. Por otra parte soy bastante arisco y me gusta desmarcarme de las cosas que hice.
– ¿Escuchabas música durante la convalescencia del accidente?
– Escuchaba mucha música de mi propio oído interno. Siempre que canto en vivo la canción Claridad cuento esto: Era un tema que venía y venía y venía y me reclamaba duramente que no la había grabado y ahora te morís y esa canción se pierde ¿y? , me decía una voz interior. Así que cuando me curé la grabé de una toma, dejé la viola, fui a la cabina, la escuché y me puse a llorar.