Fotos gentileza Guillermo García, J.C. Casas y archivo EF

 

El cordón del Velasco, una sierra serpenteante y multicolor que surca a la provincia de La Rioja, nace en Patquía, y, más adelante, se abre en dos; sobre el lado oriental está la ciudad de La Rioja, y luego se dibuja una especie de orqueta en esa cadena: es el Valle de Huaco, con 50 mil hectáreas que supieron contener hacienda y hoy están casi desiertas. Supo tener más de 300 personas y hoy viven apenas cinco familias. En 25 de esas hectáreas se alza, a 1.600 metros sobre el nivel del mar, a 50 kilómetros de la ciudad capital, la finca de Humberto Marinelli, un hombre esquemático ligado a la tierra y a la informática; es ingeniero en sistemas y profesor de la UTN.

Allí, en el cordón del Velazco, su padre sembró hace largas décadas los primeros nogales, muchos de los cuales le dan a la familia Marinelli la base precisa para que produzcan aceite de nuez, un elixir rico en vitaminas y minerales que le dio, a su vez, la base para elaborar una serie de productos derivados: cremas exfoliantes, aceites para masajes y jabones, entre tantos otros.??Padre sol, madre nuez ??Arroyos cruzan la finca de un lado a otro, pero el cambio de clima hizo su efecto; el agua baja mucho en diciembre. Su sistema de riego es por goteo gravitacional. Hizo una toma de agua a un kilómetro y, con filtros dentro de la arena, sale la cañería para ser distribuida por mangueras a cada nogal. “Se ahorra agua con el sistema, se aprovecha mejor”, dice Marinelli.

Primero las prensó con una máquina precaria. Las existentes no servían para la nuez. Pero a Humberto no lo detiene eso. En la manos, cuando las mueve al hablar, y en la voz, tiene una fuerza potente que le sube de la sangre. Fiore Antonio Marinelli, su padre, minero, llegó a La Rioja tras salvarse de la explosión de una mina de carbón en el sur y en esta calurosa tierra fue pionero en fundar un bar lácteo. Pero duró lo mismo que la esperanza: la gente quería tomar vino, no un vaso de leche. Se fundió, pero antes, con lo poco que le quedaba, y por insistencia de un conocido, compró un campo a 50 kilómetros de la Rioja. Era 1958. Estancia Huaco le puso de nombre y empezó a sembrar nogales. Era, como la del bar, una apuesta. Pero esta vez la taba giró a su favor, hasta los 90, cuando las políticas depresivas hicieron que la prosperidad se acabe: se rompió la cadena de comercialización porque entraba nuez de Siria, de China y la de aquí estaba por el piso. “Le tirábamos las nueces a los animales”, recuerda Marinelli. Aunque el tema se complique, Humberto no está dispuesto a aflojar. El afecto le imprime la motivación. “Es la continuidad de los sueños de mi padre. La nuez me une a él, a mi señora y a mi hija: el aceite unió a mi familia”, dice.

 

El cuento de la buena nuez

 

“Cada vez le encontramos más propiedades al aceite de nuez”, dice Humberto. Los ojos le brillan y le brota de entre los labios una sonrisa pícara, como de regocijo, de esas que salen sin que uno se de cuenta. Es que también usan la harina de la nuez para hacer alfajores, galletitas y budines. Y hay más: hacen una mixtura para armar comidas de forma rápida: tomates secos con nueces para hacer salsas. Y aunque parezca el cuento de la buena pipa, hay más: hacen jabones y aceites para masajes a base de nuez.

 

“La clave está en el sistema de prensado. Nuestro método hace que conserve intactas sus propiedades; lo hacemos en frío, en forma muy lenta para no levantar temperatura en el proceso de decantación cuando el aceite se separa de la pulpa.” La vitamina E es antioxidante y funciona como autoconservante, pero en calor se pierde, por eso lo hacen en frío, de forma lenta. Todo lo hacen en casa: hasta tienen un laboratorio aprobado por el ANMAT.

Hoy produce 10.000 kilos por año. Por eso no habla de Pyme Humberto, prefiere decirse a sí mismo “productor con capacidad sustentable”. Hoy sus rindes son de 1.500 kilos de nuez por hectárea, sembradas a una distancia de 7 por 7 metros, en un total de 150 plantas por hectáreas, que poda entre julio y agosto.

 

La nuez terapéutica

 

Para distraer a su padre de la muerte de su madre, Humberto lo sacó a pasear por Mendoza y conocieron, juntos, la nuez californiana, diferente a la criolla, que es una variedad mestiza, de color más oscuro que la otra. Y entonces decidieron la reconversión de la criolla a la californiana. Pero se hizo se boca en boca, sin otro patrón que el INTA.

“Nos metieron cualquier cosa y nos enteramos, a los 8 años, que todos habíamos perdido”, se queja. Les hicieron hachar árboles de 40 o 50 años para injertarle la nueva variedad. “Teníamos la ilusión de estar en carrera en la producción nogalera, pero no nos dijeron que necesitábamos más agua que con la criolla. Además, el injerto determinó una pérdida de plantas del 60 por ciento. Hubiera sido más fácil sacar árboles que reconvertir con el injerto. Y nos dieron cualquier cosa, porque dentro de las californianas hay otras variedades: wilson, chandler, que son diferentes unas a otras y entonces todas maduran en épocas distintas y las formas son distintas. Aún hoy, a 20 años de la reconversión nogalera, no hay una planta certificada y entonces muchos siguen engañando al productor. A Vega, un ingeniero de Catamarca, lo fui a buscar porque fue quien me había vendido las plantas. Pero ya no estaba más”.

Esa no fue la única piedra. Pero se sabe: lo que no mata fortalece. Su propia inventiva lo nutrió de máquinas, pues como nadie lo produce en forma industrial, el aceite de nuez no tiene elementos para extracción. Sin embargo, Marinelli lo hace industrializado y le agrega detalles gourmet: lo aromatiza con ajo y albahaca. Y lo produce, desde 2009, con nueces tostadas. Y le basta con una gotita para condimentar. Ausente de olor, la clave del aceite de nuez está en el gusto. ??En 2004 empezó a producirlo y hoy tiene un imperio de sabores detrás del amarillo brillante del aceite. Hasta lo mezcla con oliva.

 

“Las propiedades nos permitieron sacar un producto dietario. Casi el mismo aceite que veníamos trabajando, lo convertimos en un suplemento dietario.”?Humberto se queja porque los demás no lo copian. No se agrega valor y las producciones de la zona caen en lo primitivo: entregan la nuez a una planta que las elabora y las vende cinco veces más cara de lo que la pagó.

 

“Antes era un trabajo que agrupaba a la familia alrededor de la radio. El productor entregaba la nuez y recogía la pulpa y la cáscara y pagaba por eso. Hoy se hace a mano, pero como el trabajo es lento no le rinde al productor: cuesta más cara partida y entonces la gente la vende así como está. En eso se convirtió la nogalicultura en La Rioja”, se lamenta.

 

Dice que muchas veces se siente un loco haciendo aceite de nuez. Y en el mundo de la biotecnología tal vez sea esto: un loco lindo haciendo un aceite delicioso.

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Nuss Vital
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