Fotos Juan Carlos Casas

“Este es el sitio incáico más importante de la Argentina. Fue un importante centro religioso y político de los Incas. Los edificios principales de estas ruinas tienen la misma ubicación geográfica y el mismo dibujo arquitectónico que las ruinas del Cuzco.” Con esa frase, el guía Mauricio Pagani recibe a El Federal en este predio de 28 hectáreas construido, según los estudios arqueológicos, entre los años 1471 y 1500 por los indios Incas, conocido como Reserva Arqueológica Inca El Shincal.

Las ruinas fueron descubiertas mucho más acá en el tiempo. Fue Adán Quiroga, un arqueólogo catamarqueño, quien recorrió lo que por entonces era un inmenso monte de Shinki, la arbustiva que predomina en el paisaje. “Se calcula que trajeron constructores del Cuzco para fabricar esto. Es más, muchos estudios que se hicieron acá determinaron cuáles eran las costumbres del Cuzco”, amplía Pagani.

Este lugar de Catamarca se rebeló contra la conquista española que terminó por fundar Londres, el pueblo cabecera que contiene a El Shincal, el pequeño poblado en donde están las ruinas, a la altura del kilómetro 4090 de la Ruta 40.

Edificios con historia

El silencio y el frío acompañan el recorrido. El primero, más ameno que el segundo, se interrumpe por algún ave haciendo trinar su canto. Las ruinas están rodeadas por un muro perimetral. Tiene dos terrazas ceremoniales, una oriental y otra occidental, y dos piedras que determinaban el solsticio del verano y el de invierno. Durante el primero, el Inca sembraba quínoa, maíz, algarroba y papa, mientras que el invierno era usado, pura y exclusivamente, para la ganadería de llama, usada como medio de transporte, como comida y también por las conocidas bondades de su lana.

Una plaza de armas con algunos edificios principales completan las ruinas. Está en pie el edificio del Curaca, una especie de cacique, con una divinidad que intermediaba entre Dios y el cacicado. El Ushnu tiene 16 metros de cada lado y fue estudiado hasta un metro debajo, en donde se encontró un piso de piedra. “Era el edificio político-religioso principal”, dice el guía. 

“El Inca fue imperialista, conquistó, tomó tribus que existían antes aquí”, explica. Y dice que una explicación fundamental tiene el asentamiento inca en Catamarca: el agua. El pie del cerro está regado por arroyos, que fueron los que llenaron las acequias con que nutrían su lugar. “No eran importantes por su cantidad, pero sí por el lugar estratégico que ocupaban”.

Un museo con historia 

“Se encontraron dos cadáveres, pero no se encontró más porque no se buscó más”, dice Pagani, el guía. El arqueólogo que estudió las ruinas tenía la premisa de no profanar tumbas. Y no lo hizo. Más allá de eso, se topó con varias objetos: vasijas, piedras, insignias, medallas y cacharros que hoy adornan el museo que sirve de recepción a los visitantes.

La misma consigna siguió al descubrimiento de las construcciones, algunas de las cuales no está en pie, con la firme decisión de no reconstruir los edificios sin el análisis previo del suelo en que está asentado.

El camino del Shinki

La brea parece un árbol salido de un cuentos de hadas. Es de un verde intenso y tiene una consistencia durísima. El camino desde la entrada en donde está el museo hasta las minas tiene mil metros, es polvoriento y tiene marcas de herraduras. Hay cardones llamados Pedro, con probados poderes alucinógenos, usados por los incas para los rituales, después de 9 horas de quemado en agua y vueltos a usar hoy día por hippies de espíritu aventurero.

Los edificios principales están orientados en sentido Este-Oeste, para registrar la salida y la puesta del sol. El mirador-terraza de 110 escalones hace calentar el cuerpo. El frío es casi un recuerdo y el silencio ya es un amigo fiel. Hasta los cardones, que pasan los cinco metros de alto, hablan de historia. La cuenta la hace Mauricio: crecen cinco centímetros por año y todos sacan cuentas enseguida.

El esfuerzo de subir la escalera vale. Una cadena serrana imponente le deja un fino lugar entre tanto verde a una parte del Camino del Inca. La historia de cientos de años está contenida ahí. Por eso, detrás de las montañas se observan las escalinatas del Camino del Inca. “Una red principal del Camino del Inca es esta y las otras dos redes secundarias. El Pucará de Aconquija y la parte de Chile, por donde también bajaban”. 

Se oye un sonido bajo los pies, un ruido como de tambores: son los ututucus, pequeños bichos que los lugareños llaman “ocultos”. Parecidos a los cuises, se alimentan de raíces, lo ponen en práctica a cada instante y a veces asoman sus cabezas por pequeños hoyos en el piso. 

La tarde empieza a cambiar por la noche y el frío vuelve al cuerpo. La visita al museo marca el fin del camino y el comienzo de un hilo de la historia del que sólo pisando suelo catamarqueño será posible hacerse dueño.

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