Fotos Marcelo Arias

Para llegar al único Museo Hippie del planeta Tierra hay que meterse en un sendero cerrado por árboles, que hace un techo verde y da un aire extra puro. Daniel “Peluca” Domínguez, el “irresponsable” de la idea, es quien sin saber armó el único museo hippie del mundo. Después de juntar cientos de objetos de aquellos a los que considera representantes de esta forma de vida, no tuvo más que abrir las puertas de su vieja casa con forma de hongo, típica de los años 70, cuando San Marcos Sierras se convirtió en un refugio al que muchos acudieron obligados por el terror militar.

Hoy, esa ciudad del nordeste de Córdoba es un lugar de referencia del turismo relajado, y, por obra de aquellos pobladores, es también el único pueblo libre de transgénicos. “Que producen cáncer, generan impotencia sexual y destruyen los elementos vivos del suelo”, enumera el hombre, mientras ceba mates y le da a la prensa un adelanto de la charla que suelta ante los visitantes del museo, calculados ya, en su década de vida, en unos 100.000. Es fácil contarlos. Peluca los invita a escribir un mensaje, los guarda en una botella, la cierra y forma con miles de ellas las paredes de la nueva casa del museo hippie, en donde el símbolo de paz empieza a recortarse contra el verde de los árboles.

Son 32.000 botellas escritas por gente de todo el mundo. Con ellas se construyen paredes de 50 centímetros de ancho que formarán el museo nuevo. “Es una pieza energética porque concentra el deseo de muchísima gente. Además, es acústica y térmica”, describe. Y avisa que está a salvo la vida del vidrio: “Dura cinco mil años”.

Peluca es la única pieza viva del museo. Porque sustenta la visita en una charla en la que cuenta quiénes fueron los primeros hippies. Habla de Diógenes, el filósofo griego que hace 2.400 años caminaba por las calles de Atenas con un farol encendido de día y cuando alguien le preguntaba por qué, Diógenes respondía: “Estoy buscando un hombre honesto”. “Una vez se le presentó Alejandro Magno, el macedonio que había conquistado Atenas y le dijo que le pidiese lo que quisiera. ?Sólo te pido que te corras y no me tapes el sol ?, respondió Diógenes. O sea, vivía según las pautas que marca la naturaleza y no la sociedad de su tiempo”, narra Peluca.

Los pájaros han dejado de cantar como si estuviesen oyéndolo al hombre devenido en hechicero. Son ellos parte del museo. “La palabra hippie tiene una carga peyorativa; ser hippie es ser un inadaptado social. Pero hay hippies desde antes de Cristo.” Los primeros católicos, Francisco de Asís, Los Cátaros, el ruso León Tolstoi, Los Beatles. Todos hippies. Lo cuenta Peluca y lo documenta: cita a la Biblia, por ejemplo. Pero llega a nuestros días; a la persecución de la última dictadura militar, a la censura de autores. Resume 2.500 años en una hora, que mezcla historia con ingenio y gracia con histrionismo.

Un colibrí hunde su pico en una flor naranja. Es uno entre miles de pájaros que cantan en las copas inmensas de los árboles. Desaparece un rato en el pistilo movedizo de la flor. Cantan cotorras, habla Peluca. “En un visita guiada, explico el origen del pensamiento hippie, la historia de este fenómeno social, su influencia en la sociedad local, muestro una colección de originales e invito a la gente a formar una pieza conceptual”, informa sobre la mecánica del museo.

Unico en el mundo

Peluca habla como si estuviera leyendo, con seguridad y a velocidad. Sus hijos, Oliverio y Pericles, despiertan asombrados porque papá adelanta la visita guiada, pero en el comedor de la casa. Tiene el hombre una proverbial memoria y una pila de libros leídos. Recuerda que el San Marcos Sierras que lo recibió era una ciudad sin farmacias ni supermercados, sin agite ni televisión. “La gente tenía la cabeza limpia, libre”, dice él. “Y con el río San Marcos sin el dique de Capilla del Monte que hoy lo vuelve un charco negro de mierda y basura.”

Discos dedicados, obras de arte de Marta Minujín, la guitarra de Tanguito, discos de la época de oro del rock nacional, libros autografiados, detalles que sólo tienen sentido por quien los usó, como las lentes rotas de un viejo hippie. Como todos, tiene una perla mayor: una de las 20 copias del primer disco de Los Beatles. “Uno está exhibido en el museo de Londres y el otro en San Marcos”, dice el hombre estirando graciosamente las vocales. Y avisa: “Eso nos da status de museo internacional”.

Un colibrí hunde su pico en una flor naranja. Es uno entre miles de pájaros que cantan en las copas inmensas de los árboles. Desaparece un rato en el pisti- lo movedizo de la flor. Cantan cotorras, habla Peluca. “En un visita guiada, ex- plico el origen del pensamiento hippie, la historia de este fenómeno social, su influencia en la sociedad local, muestro una colección de originales e invito a la gente a formar una pieza conceptual”, informa sobre la mecánica del museo, que en sí mismo es una pieza de museo: un incunable de los museos del mundo.