Por Sonia Renison

La idea de unir el mar con la cordillera en una travesía moderna por el corazón de Río Negro es también la idea de desandar la huella que desde hace miles de años los Tehuelches marcaron en la piedra con sus pinturas rupestres y, antes que ellos, marcó la naturaleza con los bosques petrificados.

Son unos 600 kilómetros los que une la Ruta 23, llamada Línea Sur, que corre al pie de esta Meseta de Somuncura. La mitad exacta de ese camino está asfaltado desde el comienzo del viaje en la costa rionegrina. La formación es única: una mesa sobre la meseta patagónica. Tan sólo hay una prima hermana en México, la de Tenochtitlán, donde se calcula que viven unas 40000 personas por cada kilómetro cuadrado, mientras que en nuestra criolla Somuncura, habita un poblador por cada cinco kilómetros cuadrados. La nada o el todo. Como quieran verlo.

Si pudiéramos darle forma a esta meseta de Somuncura sería similar a una mano abierta: los dedos son meseta y en el espacio que queda entre ellos se resguardan pequeños vallecitos, bajos, cañadones, arroyos, vegas, lagunas en su superficie y hasta cerros y volcanes que alcanzan los 1900 metros sobre el nivel del mar. Las 1.600.000 hectáreas que toman esa forma se levantan unos 600 msnm, abarcan un 8 por ciento del territorio rionegrino y comparten una partecita al sur con Chubut.

Aquí, entre la amplitud térmica, el cielo inmenso y la estepa árida se tejen historias tehuelches, mapuches y de los pioneros que llegaron desde la época del General Julio Argentino Roca en su última embestida contra el indio hasta la construcción del ferrocarril hacia 1910. Auto, camioneta o tren, son formas de recorrerla aunque es la travesía diseñada para conocer sus entrañas la que atrapa al visitante.

Camino al horizonte

El mar y el pueblo costero devuelven imágenes de una película. El cielo se inunda de estrellas. Y el viaje convertido en travesía comienza por la mañana cuando el sol pega en los acantilados donde permanece la colonia de loros barranqueros más grande del mundo. El guía experto en aves es el biólogo Mauricio Failla. Los recovecos y donde se esconden los rastros de cada especie de millares de años atrás. Gliptodonte; Diente de Sable, antecesores del güanaco o el ñandú, son  parte del universo para descubrir tan sólo durante una caminata por la playa.

Es también en las primeras horas de la mañana donde por ruta 3 que permite el acceso a San Antonio Oeste, se avanza en caravana de camionetas 4 x 4 hasta la estación de servicios, donde el grupo de nutre de provisiones para una semana. Entonces partimos. Un oratorio del Gauchito Gil  es casi lo último que asoma al costado del camino como para hacer una parada y, en minutos, el horizonte recorre ante la vista los 360 grados.

Es el momento en el que Agustín Sánchez, de Rupestre Experiencia Patagónica, define qué secretos revelarán al viajero. Hay entusiasmo en el grupo y un cartel asoma: Mina Gonzalito, un campo que refiere a una explotación de plomo. De no creer: una ciudad abandonada de aquellas que se montaban en el siglo pasado, con escuela, centro de actividades, centro de salud, casas de casados y de solteros. Dicen que llegaron a vivir unas tres mil personas, la misma cantidad de gente que se mueve en un vivac del Rally Dakar.

El viento se cuela por entre las ventanas que se mantienen abiertas al infinito. Y la travesía se transforma en un servicio de alta gama: dos mesas con mantel y carnes de todo tipo se intercalan con panes caseros y ensaladas. Un manjar para las siete horas de travesía que levan ripio, cielo y horizonte.

El viaje se convierte en una travesía entre vidas y paisajes. Porque después de la mina Gonzalito se llega entre paisajes únicos hasta un paraje: Arroyo Los Berros donde viven unas 180 personas. Viven 180 personas y hay huertas familiares apoyadas por el INTA. El descanso en el pueblo lleva a que en la noche un asado deje admirar las estrellas.

Hace frío en la oscuridad. Por la mañana el cielo más, turquesa, nos despierta. La salida del pueblo muestra una capilla en ruinas y ahí mismo, el borde de la meseta, que se muestra como apoyada sobre la tierra. El color, la textura y las costumbres cambian a medida que avanza la caravana. Hay un puesto centenario donde el palo a pique protege del viento y de los zorros y pumas a las ovejas y caballos. No hay nadie en casa. Pero las instalaciones son enormes.

Los tamariscos añejos cubren un lado, con su estirpe frondosa mientras que la prolijidad de la casa atrapa. Uno quiere hablar con sus moradores. ¿Dónde estarán? El eco de las preguntas retumban en un cañadón. Unos perros ahuyentan al visitante. Y sigue la travesía por una huella que pareciera ir hacia la nada. El ascenso en zig zag ni se nota hasta el final. Colores ocres, amarillos, rosados, tiñen el suelo. LU 20, transmite un programa que recrea la radio-servicio: pasan todos los mensajes de miles de kilómetros a la redonda. Horarios de atención médica, encargos, avisos de cumpleaños y hasta algún mensaje de amor.

La Travesía se vuelve en cámara lenta cuando se avanza cada vez más en el adentro de la meseta. Se  llega pasado el mediodía al paraje Campana Mahuida, donde una casa preciosa alberga a Juliana y su hijo Darío, quienes salen a saludar a los viajeros y prestan la sombra de los árboles para el almuerzo. La risa es toda para ella cuando entrevista al recién llegado.

La ruta infinita

El cerro Corona espera,  más lejos y en solitario. Allí, las lagunas azules serán presas de las lentes fotográficas. Alcanzar la cima en la meseta es encontrarse con el horizonte más enorme jamás visto. Coirones, tunas y matas son parte de la vegetación que asoma como penachos de tanto en tanto. La noche atrapa al visitante. La huella desaparece y serán siete horas de ripio cruzando puestos muy de vez en cuando hasta llegar hasta “abajo”, hasta la Ruta 23 que corre al pie de Somuncura.

La entrada a Valcheta es triunfal, si se quiere. Romina Rial es la secretaria de Turismo de esta ciudad donde su madre fundó el Museo Provincial que lleva su nombre: María Inés Kopp. El hotel en la calle principal ya sabe que llega nuestro grupo. Será un día agitado entre los huevos de dinosaurios petrificados y las pertenencias de los pioneros que llegaron con la línea Sur del ferrocarril.

Un día en Valcheta es toda una vida. El bosque petrificado conduce a un sitio de interpretación del planeta tierra. La estación del tren, tiene un siglo y está intacta. El placer es dialogar con su jefe y el equipo de ferroviarios que mantiene el lugar y aguardan que pase el tren. Más adelante, avanzando por la ruta 23 se llega hasta Ramos Mexia. Allí el anfitrión  es Javier Jiménez y su equipo.

Pero es en las afueras donde está Tunquelen y sus dueños son los que tienden la mano. Marcelo y Carla tienen una chacra hermosa y hasta cabañas para alojar a los visitantes. Detrás de los viñedos, se accede al borde de la meseta misma por donde se llega, trepada mediante, hasta la cima. Y ahí, en lo alto y en el borde mismo de Somuncura están los restos de un cementerio tehuelche que llega con su misterio hasta la fibra más íntima del alma. Somuncura es una experiencia, pero también es esto que nace en el corazón, un sentimiento.

 

Más información

 

www.rionegrotur.gob.ar

www.patagonia.gov.ar

www.turismo.gov.ar

 

Hotel Costa del Faro. Pegado al acantilado de la colonia de loros. Verónica Barrera es la gerenta del hotel que abre todo el año 02920-15524241 o 02920- 422848.

El restaurante El Cóndor tienen un acuerdo de abrir todo el año.

Turismo Viedma (Erica Ramus) 02920-427332.

Rupestre Experiencia Patagónica (Agustín Sánchez) 0290-1551-5200.

En Valcheta:

Dirección de Turismo y Museo  Provincial Maria Inés Kopp y visita al bosque Petrificado. Guía Dora Saco 02920-1555-6683.

Hotel restaurante Don Pedro 02934-493155.

Ramos Mexia: Turismo 02920-1551-0836.

Tunquelen de Marcelo Veggia y Carla 02920-1561-1629.

Cabañas  Raíces Patagónicas 02944-468228.

Turismo El Bolsón 0294-154696564.

Las Nalcas Resort Spa 0294-4493054.