Por Matilde Moyano

En la actualidad diversos proyectos se enfocan en la conservación del trabajo de la mujer rural, clave en la elaboración artesanal textil, cuyas tareas van desde la obtención de las fibras y su acondicionamiento, hasta el hilado, el tejido a telar y el teñido natural.

Así lo hace la Finca El Martillo, un establecimiento agropecuario dedicado al agroturismo, ubicado en el valle cordillerano del departamento Iglesia, al noroeste de la provincia de San Juan, que además de ofrecer actividades como cabalgatas, pesca y deportes de aventura, se dedica a la cría de ovejas y llamas, cuyo vellón de lana es entregado desde hace más de 10 años a las tejedoras de la zona, quienes hilan y luego tejen ponchos, chales, bufandas, medias y tapices que se comercializan en la finca.

Se trata de 3 o 4 tejedoras oriundas de Turqum, localidad de Iglesia, las responsables de mantener vivo este trabajo ancestral que con el tiempo va perdiendose, ya que como asegura la gente del lugar, las hijas de estas artesanas cada vez tienen menos ganas de continuar la tradición.

Por otra parte, cabe destacar un proyecto actual de una investigadora adjunta del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Patricia Dreidemie, en la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN), y Roberto Killmeate, líder referente de organizaciones sociales campesinas de la Argentina, promueve el ‘Desarrollo del circuito socio-productivo de fibra de guanaco como recurso estratégico de la Economía Social en Patagonia’.

El proyecto se orienta a generar una alternativa de desarrollo social y productivo para los pobladores rurales de la región sur de dicha provincia a partir de unir y fortalecer experiencias del territorio: el manejo animal (arreo, esquila, y liberación de guanacos en silvestría) y la producción textil artesanal de los pueblos tehuelche y mapuche. Propone la elaboración artesanal de textiles en base a fibra de guanaco, integrando horizontalmente asociaciones de pequeños productores y artesanos de la región, y desarrollar su cadena de valor garantizando la rentabilidad de la actividad, la justa distribución de los beneficios, el respeto por los marcos normativos vigentes y los protocolos de uso de especies silvestres protegidas.

“Los productos finales de toda la cadena de valor -bufandas, ruanas, ponchos y otros tejidos- valen no solo por la fibra fina con la que están elaborados, sino más bien por los relatos de vida que condensan”, asegura Dreidemie. “Es un tipo de tejido que recupera técnicas ancestrales propias del territorio. Además de la obtención de la fibra y su acondicionamiento (descerdado y limpieza), involucra técnicas de teñido natural y de hilado y tejido a telar vernáculas. El resultado es la confección de prendas de altísima calidad que enlazan la cultura y la fauna silvestre propia de la Patagonia, promoviendo su conservación”.

La idea es visibilizar el rol de la mujer rural, clave en el desarrollo de las economías locales. Para Dreidemie, “la figura de la hilandera con su saber ancestral es importantísima. En todos los parajes rurales hay mujeres que se dedican a esa práctica pero desafortunadamente son el eslabón más invisible de la cadena y el más débil. Históricamente se valoró más la figura del esquilador y de la tejedora; sin embargo, la calidad del producto final la define la calidad del hilado. Hilar guanaco no es una tarea sencilla, el hilo tiene que resultar fino y parejo para que la prenda luzca bien, y esto es algo que saben hacerlo las mujeres rurales”.

Fotos: Matilde Moyano

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