Hugo Pérez nació en Villegas, Provincia de Buenos Aires. Trabajó en la estación de servicio ESSO durante 14 años y luego fue camionero otros tantos años más. Hoy está jubilado y encontró en la construcción con botellas de vidrio su pasatiempo. Hoy está por terminar un quincho construído con 7.000 botellas de vidrio. 

Hugo es una persona habilidosa, y eso queda a la vista. “Cuando era joven trabajé de albañil, era mi oficio”, cuenta, “Trabajé hasta que debí dejar porque se me manifestó una alergia a la cal, que me producía un sarpullido muy molesto en el cuerpo, sobre todo las manos”. Su habilidad es de familia: su hermano y su cuñado también se dedican a la misma labor.
 
Hace algunos años Hugo debió dejar de trabajar, obligado por algunos problemas de salud y cuestiones familiares. “Cuando me jubilé, hace cuatro años, seguí andando en el camión por un tiempo más, pero luego lo dejé”, recuerda y agrega, “Me encontré con que no sabía qué hacer en mi tiempo libre. Estaba mal, ya que siempre había trabajado mucho. Me dije a mi mismo que tenía que hacer algo porque de lo contrario me iba a volver loco. Así fue como se me ocurrió construir un quincho con botellas de vidrio”
 
Hugo comenta que solía tener gallinas, al menos unas 400, y también conejos; pero llegado determinado momento decidió vender los animales y quedarse sólo con algunas ponedoras. En el sitio en donde estaban las conejeras es donde comenzó la obra. “Un día me levanté y empecé a mirar el patio, agarré el balde y la cuchara e hice las paredes de una parrilla”. Lo que comenzó como un trabajo simple fue tornándose cada vez más complejo, conforme Hugo iba dejando fluir su ingenio e imaginación.
“Cuando viajaba rumbo a Rosario y llegaba a la circunvalación veía una casa hecha con botellas plásticas. No podía parar a verla de cerca porque estaba en una villa, pero llamaba poderosamente mi atención”, cuenta, “sin embargo, la idea me quedó dando vueltas en la cabeza”
 
La construcción comenzó hace 5 meses, pero no se trató únicamente de levantar paredes, antes debía conseguir la materia prima. “Empecé a juntar las botellas de a poco, preguntando en muchos lugares. Fui al Club Atlético, a diferentes bares, a domicilios particulares y al campo de Aníbal Martínez, en donde me dieron cientos y cientos de botellas”. Botellas de vino, cerveza, fernet, Gancia, gaseosas y hasta de tomate; todo servía. A donde me dijeran marchaba con el auto y un carro; reconoce que en alguna oportunidad cuando fue a pedir botellas, hubo quienes pretendieron vendérselas. Pero él fue claro: esto lo estaba haciendo a pulmón e intentando tener el menor gasto posible.
 
“Comencé a levantar las paredes colocando los picos de las botellas hacia afuera, pero yun amigo me recomendó que los pusiera hacia adentro, y de ese modo el reflejo del sol daría como resultado un efecto muy lindo. Le hice caso y continué la construcción del modo en el que me indicó”.
 
Hugo levantaba alrededor de cinco filas de botellas por día, entusiasmado con el resultado que iba obteniendo poco a poco, “En un principio hice hasta la altura de la puerta y después le coloqué chapas, pero luego me arrepentí, las saqué y continué levantando la pared únicamente con botellas”. Hasta la fecha lleva colocadas 7.000 botellas. Él mismo se tomó el trabajo de contar una por una con la ayuda de su teléfono celular, y confiesa que probablemente haya muchas más de las que llegó a anotar.
 
“Es más fácil que construir con ladrillos normales”, dice Hugo, y prosigue: “Al principio hacía algunas filas por día, y después fui agarrando ritmo. Nunca pensé que iba a poder terminarlo todo, pero cuando dudaba recordaba una frase que tengo grabada: Si querés, se puede“. El quincho mide casi 10 metros de largo por 6 de ancho, lo suficientemente cómodo como para todas las utilidades que piensa darle, “Dentro de poco festejaremos acá la comunión de una de mis nietas”
 
Combinando mucha creatividad con su firme voluntad, hoy Hugo tiene casi terminado su proyecto. ¿El resultado? Un quincho muy original y ecológico, con paredes de vidrios de colores, que dejan pasar los rayos de sol creando un efecto hermosísimo. Para el toque final Hugo compró una hidrolavadora, que le permite limpiar las paredes a la perfección. Para los días fríos instaló una salamandra, y también está el calor de la parrilla. Hoy el trabajo está casi listo, y Hugo se encuentra dando los últimos toques a las paredes para comenzar a construir el piso.
 
¿Qué seguirá después de este quincho? Nadie en Villegas lo sabe, pero algo está claro: este es el primero de muchos otros proyectos. Sin duda, una propuesta para imitar.