El aire seco favorece la transmisión. Así lo revela un trabajo de investigadores de la Fundación Instituto Leloir (FIL), del CONICET, de la UBA, del Virginia Tech y la Universidad de Colorado, en Estados Unidos.

La relación es inversa, es decir que, a menor humedad, mayor es el número de casos. Esta asociación se observa solamente en los meses de invierno, lo que, según especulamos, tiene mucho que ver con la forma en que esta estación determina el número de contactos sociales que tenemos puertas adentro”, afirmó el director del estudio, Emilio Kropff, físico, experto en ciencia de datos, jefe del Laboratorio de Fisiología y Algoritmos del Cerebro en la FIL e investigador del CONICET.

Así, por ejemplo, los eventos de muy baja humedad relativa (menores al 40% de promedio diario) se asocian a un incremento abrupto de casos positivos de más del 20%, señaló Kropff.

Los resultados del estudio están en línea con la evidencia cada vez mayor del rol que juegan los aerosoles en la transmisión del nuevo coronavirus “y podrían proporcionar una herramienta básica para que las instituciones de salud de CABA tengan la posibilidad de predecir con alrededor de una semana de anticipación incrementos en el número de pacientes a partir de eventos de baja humedad relativa durante el invierno de 2021”, indicó Andrea Pineda Rojas, también autora del estudio y experta en dispersión de contaminantes en el aire e investigadora del Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (CIMA) que depende del CONICET y de la UBA.

Menos humedad, más transmisión

Durante casi todo 2020, CABA sufrió una única ola de contagios de COVID-19 inusualmente extendida en el tiempo. Su comienzo puede considerarse que fue alrededor de mayo (si bien había un número marginal de casos antes) y su pico ocurrió a fines de agosto.

Esto diferencia a CABA de otras grandes ciudades, como Nueva York o Londres, que sufrieron olas de contagio muy abruptas. “En estos casos, es imposible separar la dinámica natural de la pandemia de las medidas que implementaron los gobiernos para prevenir su avance. En CABA, en cambio, las principales medidas de prevención fueron tomadas antes del inicio de la ola (la cuarentena, el 20 de marzo, y la obligatoriedad de usar tapabocas en lugares públicos, el 15 de abril). Esto la vuelve un caso muy interesante para estudiar la dinámica ‘natural’ de la pandemia”, puntualizó Kropff.

En particular, cuando se mira la evolución del número de casos diarios en CABA, se identifican dos dinámicas esperadas: una lenta, relacionada con la ola que comenzó en mayo y alcanzó su pico en agosto; y otra rápida, con una periodicidad de siete días, que se vincula con las diferencias entre los días laborables y los fines de semana.

Pero, además de estas dos dinámicas “clásicas”, los científicos identificaron una intrigante dinámica intermedia, con un periodo inestable que oscilaba entre las 2 y 4 semanas. “Para caracterizarla, utilizamos herramientas de la ciencia de datos, persiguiendo la hipótesis de que escondía la influencia de factores meteorológicos”, explicó Kropff.

Los científicos estudiaron ocho variables meteorológicas y encontraron que una sola de ellas era la responsable de las variaciones que les interesaban: la humedad. Al analizar las fluctuaciones de esta variable y la evolución de los contagios durante el invierno pasado en CABA, constataron que la humedad relativa predice variaciones en el número de personas con síntomas de COVID-19 cinco días más tarde, así como también en el número de casos positivos reportados nueve días más tarde. “Además, en invierno, la humedad interior (que no suele medirse) podría ser más baja que la exterior por dos factores: la calefacción y la falta de ventilación”, agregó Kropff.

Los resultados del trabajo apuntan a la importancia de profundizar el estudio de los mecanismos por los cuales la humedad modula el contagio.