Por Nicolás Spolansky Calvo

Fotos: NSC, B. Piuma y S. Charró

 

Este es mi relato. «¿Por qué corrés de forma amateur?», me preguntó Esteban, amigo y compañero de trabajo. Y entonces surgió lo de escribir estas líneas. La respuesta es fácil aunque es más difícil hablar de sentimientos hacia el correr, como cuando uno tiene una relación sentimental con alguien.

La respuesta sería: porque tengo un trabajo muy sedentario y correr es gratis. De pequeño solía jugar mucho al fútbol pero tuve una hernia en la columna y, lejos de mis compañeros de primaria y facultad, he dejado, por el momento, uno de mis deportes favoritos. Aunque recuperado, cuando puedo peloteo al tenis y corro. Además, un cuerpo en movimiento, ayuda siempre a una saludable digestión.

Ya con 40 años de edad, puedo comentarles el por qué estoy saliendo a correr. Empecé hace un año aproximadamente. La necesidad de poner en movimiento el cuerpo y sentirse bien, luego de haber transpirado y que sientas que tenés músculos, hicieron que tenga entre estímulos y exigencias conmigo mismo. Uno es su propio patrón, pone su tiempo en la agenda, aunque sea poco, pero sirve. Si bien esta disciplina requiere de buenos estiramientos y una saludable alimentación, será para hablar en otro capítulo.

Como parte de ponerme alguna exigencia para no abandonar el hecho de salir a correr, me estuve anotando en algunas maratones de 10 kilómetros y de menos distancia.

¿Qué necesito para salir a correr? ¿Qué me pasa? Vamos a lo mío. Lo primero de todo es estar despabilado, con energías y tener ganas. Para mi, algo que me acompañó desde la cuna es la música, fundamental para el correr y para que yo vuele con mi cabeza hacia otros lados, a medida que voy avanzando. Un buen calzado, es otra pieza fundamental para este juego. Es importante que uno se sienta cómodo a medida que van pasando los metros.

Entonces usemos un rato la imaginación: ni bien preparado y en la plaza, pongo el cronómetro en cero, elijo mi secuencia de música y una vez bien estirados los músculos, arranco. Los primeros 5 minutos, son prácticamente de calentamiento, empiezo a transpirar y los músculos de las piernas empiezan a sentirse. Mientras tenga música, me voy perdiendo en pensamientos y reflexiones de cualquier índole, como por ejemplo: cómo andará fulano, pensar en alguien que me gusta, si pagué las cuentas o qué lindo o feo día.

El frío o el calor van desapareciendo a medida que me abstraigo. Ya a los 15 minutos es un tiempo más que suficiente para darte cuenta de que tu corazón palpita más rápido y los pies van tomando más tracción en el piso. Para esta altura empiezan los cambios de aire en los pulmones. El tiempo pasa y uno va encontrando su propio ritmo. Empieza a tener un diálogo interno entre el cuerpo y el cerebro: ¿Cómo estás? ¿Seguimos? ¿Paramos? ¿Paspado? ¿Ampollas? ¿Tengo aire? ¿Siento las piernas?
 
En un momento dado ese diálogo se calla, la música pasa a primer lugar y es cuando uno se pone la meta de hasta dónde voy a llegar hoy. Uno decide y es su propio entrenador. Saber conocerse a uno mismo es fundamental. Creo que un buen tiempo de ejercicio es entre 30 minutos y una hora.
Una vez en casa y ya con un buen baño, uno dice: «Qué bueno que hoy hice ejercicio». Al día siguiente uno se da cuenta de todo aquello que existía también dentro de uno, consecuencia de que algunos músculos se dan a conocer!

Maratón de circuito

El día de la maratón no hay excusa de frío, calor, lluvia o fiaca. Una de las cosas que más me gustan de la vida, por más que sea tímido, es compartir. Cuando uno corre solo, tiene su música y su estado de ánimo. Pero en las pequeñas maratones de entrenamiento: 5, 6, 8 y 10 kilómetros, que son las que corro por el momento, es increíble cómo uno puede estar acompañado de amigos, conocidos y desconocidos, pero que comparten el circuito, la aventura.

Una diferencia entre una carrera urbana y una maratón de «aventura», es que en la segunda no se puede llevar música ni ningún accesorio que estorbe porque uno podría llegar a cruzar arroyos, cañaverales o lugares bastantes ríspidos y, por ende, los cables o pesos de más no siempre ayudan. Ahí sí, sólo existe el sonido de la naturaleza, las pisadas en suelos irregulares y tu respiración como única banda de sonido.

En las maratones urbanas rinde tu propio tiempo, no el del otro: siempre es uno el que se supera a sí mismo. Pero además uno emprende una marcha conjunta, a tal sentido, que tienes un ritmo parejo como un ejército sincronizado. Sobre todo los primeros kilómetros. Además existe algo muy particular, todos nos arengamos los unos a los otros para no quedarnos atrás. La imagen mental que se me viene es el de las aves volando en V, pero sin líderes.

Esto es importante para nuestro propio estímulo porque nunca hay que abandonar la corrida ni el ritmo alcanzado. Aquí ya aparecen organizadores que también te estimulan y, además, se van encontrando estaciones de hidratación durante el circuito y hasta el final.

La opción también, a veces, es llevar un chip para indicarte luego tus tiempos y logros. Pero cuando corrés sólo pensás en que nada es más satisfactorio que llegar a la meta y volverte a hidratar.

Es muy emocionante las veces que uno se encuentra en la largada entre 5000 y hasta 15000 personas. El suelo tiembla. Pero cuando los corredores se dispensan en el cemento aparecen los primeros minutos de carrera, que es cuando sentís tus piernas más pesadas que nunca!!!

Todo ejercicio es bueno para la salud. Este particular juega un rol importante con uno mismo. A diferencia del tenis single, en este deporte se pueden compartir esas sensaciones y desafíos, porque nunca corrés solo. El poder compartir y no ser egoista es algo que a mí también me motiva. Así que la próxima carrera, a la que me anoté gracias a mi amiga Bárbara -que siempre me avisa y está atenta-, es de 15 kilómetros. No sí si llegaré todavía a la meta. Pero si te animás, tal vez podés acompañarme.