Por Esteban Raies // Fotos gentileza Prensa Cosquín e Irma Montiel

Empezó el cura párroco de Cosquín, Roberto Álvarez, vestido de bombacha gaucha y alpargatas de suela fina, cuando eran las 22 del sábado 25 de enero de 2014. Leyó una carta del Papa Francisco dedicada al festival y, acompañado por un guitarrista, recordó a José Gabriel del Rosario Brochero, a 100 años de su muerte y bendijo al festival mayor de folklore. Luego, el extraordinario ballet Camin, soltó los duendes de la primera de las nueve noches del Festival Nacional de Folklore de Cosquín, que en su primera jornada estuvo a plaza llena: se vendieron las 8.791 entradas que se pusieron a la venta.

El Himno Nacional Argentino a cinco voces y cantado a capella, dejó paso para que Claudio Juárez, uno de los presentadores, gritara el clásico “aquí Cosquín”, tras lo cual el maestro de ceremonia, Marcelo Simón, le puso flores a la noche y llamó al escenario a Bruno Arias. El jujeño, consagración 2013, abrió el fuego musical con cinco erkes haciendo sonar el viento de su tierra, cantó las canciones de “Kolla en la ciudad”, su último disco, ante una plaza caliente, que vio el ballet de la Quiaca y un despliegue que ratificó la calidad del joven que se calzó una remera de su coterráneo, Jorge Cafrune.

Siguió La Callejera, peñeros de ley, salió al ruedo con “Yo tengo unos ojos negros”. Y después demostraron su oficio con canciones bailables de todos los puntos del país: chacarera, tinku, carnavalito. A las 23.15 treparon el escenario Atahualpa Yupanqui Los Visconti, sin Víctor, pero con Abel, que volvió 40 años después a cantar en Cosquín.

Con el nuevo día, entró Marcelo Iribarren a presentar el Ballet Folklórico Nacional. Eran los nuevos minutos del nuevo día cuando entró José Shuap para cantar sus cuatro canciones. El misionero que anda el país en su glorioso micro Dino abrió con “Musiquero de la sombras” y arriesgó el escenario con canciones propias, con una arpera de lujo y con la incómoda “Guricito Tarefero”, donde le cantó al no a la explotación infantil en el cultivo de la yerba mate. “Porque me gusta el mate sin trabajo infantil”, gritó. La gente lo escuchó atenta y lo aplaudió y la Comisión Municipal de Folklore lo premió por su compromiso con el medio ambiente, por su labor en el cuidado del agua “el champagne del futuro”, como le dice Joselo.

Sergio Galleguillo prometió chaya y cumplió. El riojano empezó a desenrrollar el carnaval con “El camión de Germán”, para que la plaza se levante, vibre, cante, le aplauda la esencia más que el compromiso con su tierra: mientras Bruno Arias lució su “El Famatina no se toca”, Galleguillo no hizo una mínima referencia al cerro riojano cuestionado por la minería a cielo abierto. De todos modos, fue una de las notas musicales destacadas de la primera noche. Para el final, las bailarinas repartieron bolsitas con harina al público para la nube blanca de “Carnaval en La Rioja”.

A Maia Sasosky, la única mujer en conducir la edición 54 del festival, le hacen siempre lo mismo: la dejan sola para presentar el próximo artista cuando la gente arde y pide un bis del que aún no dejó el escenario. Tras 4 minutos de silbidos que retumbaron en el cerro Pan de Azúcar, que Maia superó con temple de acero, llegó la delegación de Santiago del Estero, que en 20 minutos de escena demostró por qué es la provincia más alegre aunque sea la más pobre: porque tiene música.

De la primera noche hay que anotar este nombre: Jorge Márquez, ganador del PreCosquín como solista vocal. El joven se calzó la pilcha de tangueo y, con bandoneón y guitarra, hizo tronar la noche con dos tangos que el público aplaudió de pie, como hacía mucho tiempo no se veía aplaudir a un artista nuevo. El chico recibió el premio, pero la gente quería otra. “Llevate el recuerdo de esta plaza que te aplaude de pie, pibe”, le dijo Marcelo Simón.

El mismo Simón puso el preámbulo a Los Cumpa. “Ellos hacen música como para inquietar los huesos de Yupanqui”, lanzó. Los chicos de Formosa arrancaron con una gran versión de “La pucha con el hombre” y siguieron en esa tónica de cruzar con buen oído y esencia el rock y el folklore. En cuatro canciones, el riocuartense Leandro Romero hizo bailar a la plaza, primero con el violín y luego con la garganta.

A las 2.22 el correntino Mario Boffil desató las historias de su pueblo (Loreto), tan íntimas y delicadas que logró que llegasen al corazón de todos. Aplauso para él y un rumor de ansiedad: las rojeras esperaban por Jorge y el locutor debió aquietar las aguas. “Está detrás del escenario, preparándose”, dijo Iribarren y presentó a Iván Faisal, santafesino con el acordeón de un entrerriano, Sergio Pinget. Fueron dos canciones y el pasó rápido a Mendoza, con el dúo Cacace-Aliga.

Tanta cuerda delicada se cortó con el furioso malambo del sexteto combinado que ganó en el rubro danza del PreCosquín. Los jóvenes de La Matanza trajeron el alma de Santiago Ayala “El Chucaro” y entonces sí, a las 3.10 arrancó Jorge Rojas, con la guitarra negra en las manos y “La Yapa” en la garganta, después de su ballet: 4 bailarines más su hermano Lucio. Por Rojas, hasta las 4:30 la gente estuvo en vilo. Adentro de la plaza los puestos agotaron la comida y sólo quedaron bebidas, pero el frío sólo dejaba tomar café o cebarse un mate humeante.

La primera noche del festival terminó con el recuerdo del espéctçáculo de Rojas, con el grupo Alma CHaqueña y con la colombiana Anabela Albeláez, cuando el sol ya iluminaba el cordón serrano: eran las 7:30 de la mañana y todavía quedaban trasnochados en la plaza mayor del folklore argentino.

Luciano en la noche dos

Con menos gente, menos frío y menos fervor se vivió la segunda noche. Se vendieron 5100 entradas. ¿La explicación? Complejo saberlo. Era una noche construida con una figura principal (Luciano Pereyra), pero actuó a las 3:50, aunque poca gente se movió de sus asientos hasta que el cantante de Luján, de impecable traje, soltó los trinos de su voz. “Es jodido el horario: llegué 00:30 y me fui a las 4 de la madrugada. Nos cambiaron tres veces el horario, pero no importa; nada me hace sentir mejor que subir a cantar”, dijo Luciano tras su presentación.

A las 22:12 abrieron la noche Nacho Prado y Daniel Campos (hijo de Tomás “Tutú” Campos de Los Cantores del Alba) con una canción para homenajear al Cura Borchero. Y luego, zamba, retumbo, malambo, con ballet incluído y merecidos aplausos tras 30 minutos de escenario. Sonidos de mi tierra siguió. El espectáculo, con el bandoneón de Quique Ponce, más Luis Pereyra y Nicole, sumó músicos y bailarines para darle forma a uno de las pocas propuestas instrumentales; resultó un bálsamo para el oído y también para el ojo.

A las 23 cantaron los santiaguinos de Orellana-Luca: cuatro canciones de pura esencia, con Néstor Garnica en el violín y con estandartes en sus remeras: Yupanqui y Jacinto Piedra. Los siguió Antonio Tarragó Ros, quien con su clásica formación de verdulera en mano más guitarra y contrabajo, cantó Merceditas, confesó una hernia inguinal que lo tiene a maltraer y tocó con Damián Ibáñez, quien portó la colorida verdulera de Tarragó Ros padre para tocar “Don Gualberto” y “Granja San Antonio”.

A las 12 de la noche fue el momento de Lito Vitale y Juan Carlos Baglietto, dos tipos audaces que pueden cantar todo y todo bien: del tango al folklore argentino, de ahí a Rubén Blades (“Parao”) o Chabuca Granda (“El Surco”), a quien también homenajeó la conductora con su vestido peruano diseñado por Benito Fernández.

El punto oscuro de la noche estuvo en un artista que no puedo actuar: el humorista Cacho Buenaventura se quedó abajo del escenario porque el contrato que les hace firmar el festival a los artistas dice que no pueden actuar durante todo enero en un radio de 60 kilómetros de distancia y Buenaventura subió al escenario de la Fiesta de la Avicultura Serrana en Santa María de Punilla. Esa insólita decisión de la comisión que preside Alfredo Martino privó a la gente de un grande del humor.

Unos 30 artistas estuvieron anoche en la plaza. Otros fueron reprogramados para hoy, como Orlando Veracruz. Otros hubieran preferido pasar de día, como Peteco Carabajal, quien cantó a las 5:40 del lunes 27 de enero ante unas 1000 personas. Tocó el violín entre la gente de la primera fila. Luego de él vinieron dos grupos (los cordobeses de Gualicho y Proyección Salamanca cantaron de día), que cantaron frente a los locos que se fueron con el sol alumbrando, como para ratificar la magia de un festival que mantiene siempre encendido el corazón del mundo del folklore.