La ansiedad de viajar con un grupo de desconocidos desaparece apenas se conoce a los integrantes. El grupo se compone de dos mujeres (ambas espléndidas) y tres muchachos (todos maduros). Son las 10 de la mañana en el Aeroparque, el cielo está encapotado y hace varios días que llueve en Buenos Aires. Hay tiempo para café, medialunas y también para conocerse. El vuelo parte puntual a las 12 del mediodía y aterriza en la ciudad de Salta unos minutos antes de lo previsto. La primavera es mágica para viajar al Norte: un solazo da la bienvenida.
Los anfitriones Diego Patrón Costas y Nicolás Cornejo acomodan los bártulos en las dos camionetas y, sin perder tiempo, enfilan rumbo a Cachi. Ellos son el propietario y el gerente del hotel La Merced del Alto, donde el grupo va a hospedarse dos noches. Viajar ruteando en el Norte es espectacular porque se cruzan todo tipo de paisajes y microclimas. Y en este viaje, cerros no faltan. Al principio del ascenso hay yunga (selva), un par de puentes sobre un río lleno de piedras, y poco después, aparecen los cardones. Antes de subir la Cuesta del Obispo, se almuerza liviano unos sándwiches mirando miles de cactus desparramados por el terreno. Los cardones son los amos del desierto.

Instrucciones para coquear. En el Norte las curvas y la altura pueden generar malestares al que no está acostumbrado. Los salteños compran las bolsas de coca por unos 10 pesos en la ciudad de Salta. Para coquear, le sacan los palitos a las hojas para que no lastimen la boca. Después colocan las hojas en capas a un costado de la boca. A este conjunto de hojas se lo llama acuso. “No hay que morderlas ni nada, el mismo zumo es el que funciona como estimulante”, explica Patrón Costas. El hombre conoce la montaña de toda la vida porque se crió subiendo los cerros de su querida provincia. Y no le interesa ir lejos: practica montañismo en la zona y subió varios cerros de más de 6 mil metros. Para dar una idea, durante los ascensos la temperatura puede bajar a 25 bajo cero. Además la falta de oxígeno puede transformarse en un problema. A la montaña hay que conocerla y siempre hay que respetarla. Coquear puede prevenir la apunada. Otro método es preparar un té o agregarle hojas al mate. Las distancias en el Norte son distintas a las de la llanura. No hay que calcular por la cantidad de kilómetros. Hay que preguntar por el estado de los caminos y tener en cuenta que hay miles de curvas. Este viaje de 160 kilómetros puede llevar más de tres horas. En primavera los caminos están impecables porque todavía no comenzó la temporada de lluvias. Hoy la ruta Salta-Cachi está pavimentada casi por completo.
Patrón Costas estudió administración de empresas en la Universidad Di Tella y se formó como hotelero durante tres temporadas de nueve meses cada una en la Patagonia, en Los Notros y El Chaltén. Allí se hizo bien de abajo y conoció todos los trabajos posibles dentro de un hotel. Las curvas se suceden y el camino parece una víbora desde los miradores. El punto más alto es Piedra del Molino, a más de 3.300 msnm. De un lado el Valle de Lerma y del otro, se baja hacia los Valles Calchaquíes. Ahora el camino se estira y las curvas son abiertas. La recta de Tin Tin (antiguo camino Inca) parece un chiste después de tantas curvas en los cerros. Y los cardones en la planicie son tan espectaculares como en los cerros. Los guanacos y burros pasean tranquilos comiendo en el desierto. También hay majadas de cabras. Sopla lindo en la última parada antes de pasar por un pueblito que se llama Payogasta, la plaza del centro de Cachi, y llegar al hotel para una ducha caliente y reparadora.

Cachi adentro. El hotel parece un convento antiguo aunque lo construyeron hace cinco años. Es una construcción colonial clásica. Está ubicado al pie del Nevado de Cachi, a unas pocas cuadras del Centro. También queda a la entrada de Cachi Adentro, donde hay un río que forma un oasis y viven familias productoras de frutas, verduras y otros alimentos. El spa del hotel era la casa original de la finca de 8 hectáreas. Patrón Costas planea plantar viñedos aquí pronto, para dar los primeros pasos en la actividad.
El grupo se presenta puntual a la mesa. La chimenea del living resulta hipnótica durante el copetín de fiambres y quesos. Los quesos de cabra de Cachi se consiguen por $40/kilo. En el scanner del aeropuerto no pasan desapercibidos pero llegan a destino. Es que por suerte, a la noche refresca y hay que abrigarse un poco. Poco más tarde, sopa de quinua, ravioles de cabrito, cordero con papines, vino de la región. De postre, quesillos con dulce. Panza llena, corazón contento. Antes de dormir, mirar la luna llena sobre los cerros, cantar un par de canciones, descansar en una cama gigante.
“La gente que viene al norte suele hacer base en la ciudad de Salta y viene a Cachi por el día. Nosotros creemos que vale la pena pasar al menos una o dos noches para poder conocer los alrededores”, explica Patrón Costas en el desayuno. Es otro día de sol perfecto. Nicolás Cornejo es el gerente del hotel. Se inició en la hotelería en Francia, donde vivió 5 años. Viajó acompañando a su mujer, profesora de francés. Él hizo trabajos rurales de todo tipo y terminó haciendo cursos sobre turismo rural, una especialidad francesa. El matrimonio volvió al país para trabajar en Cachi. En el hotel además trabaja una chica francesa que se casó con un cacheño, el cocinero excepcional. El resto del personal es cacheño. Gente amable, linda y tranquila. 
El grupo arranca a las 9. Un matrimonio alemán parte a la misma hora. Es su primer viaje por Latinoamérica y la mujer está quebrada porque no puede creer lo que están viviendo. El grupo sigue por su lado y la crónica de un día perfecto es: paseo de los artesanos, parada en la plaza de Seclantás, asado en la laguna de Brealito. A la vuelta, conocer las ruinas preincaicas de Puerta la Paya y llegar al centro de Cachi al atardecer para probar “las mejores empanadas de Sudamérica”, según el verborrágico Oliver, llegar al hotel a las 10, bañarse y dormir como un bebé.