Por Pablo Uncos

El empedrado de la calle Defensa, entre avenida Independencia y el Parque Lezama, vuelve a despolvarse por el caminar cansino y arrastrado de los pies de los esclavos. Pero esta vez no son cadenas reales los que estos cautivos arrastran. Tampoco son verdaderas las marcas de los latigazos en las piernas. Apenas unas en elástico blanco entrecruzado desde el empeine hasta la rodilla simbolizan las heridas reales que sufrieron hombres y mujeres arrancados de África y vendidos en el Puerto Santa María del Buen Ayre como mercancía de contrabando. Otras son las ataduras de estos nuevos esclavos llenos de alegría, color y libertad. Son los esclavos de una pasión: el candombe.
Por una tarde, la del 1 de diciembre, no importó de qué lado del Río de la Plata nació uno, y por una vez fue cierto aquel lugar común que habla de un “océano dulce” que nos separa y nos une a los argentinos y uruguayos.
Rebozando de alegría, una hermosa señorita de rubios cabellos charla con todo el mundo y posa para las cámaras de amigos y desconocidos. La tentación es preguntarle obviedades como su nacionalidad, la compañía candombera a la que pertenece y “el tema o motivo” que habían escogido para hoy.
-¿De dónde sos?
-Mis viejos son uruguayos, de Montevideo; tengo mucha familia allí. Antes sólo escuchaba rock pesado y heavy metal. Ahora me gusta también la murga y el candombe, y desde hace un par de años desfilo por las calles con mi tambor. Además, tengo un novio uruguayo.
-Me imaginé que habías nacido en Montevideo…
-Sí, pero yo me hice uruguaya de grande…

El murguero triste. Según el cálculo de los organizadores, más de mil candomberos argentiguayos y uruguaytinos acudieron a la séptima “llamada” de candombe del barrio de San Telmo. Fueron más de una docena de compañías y varios miles de espectadores que vibraron al ritmo de chicos, repiques, y pianos (las tres medidas de tambores de que consta una formación de candombe).
Los cuerpos ya no están lacerados por latigazos; a lo sumo algunos exhiben tatuajes, rastas o piercings. El sufrimiento es sólo de placer: al finalizar el recorrido de ocho cuadras podrán beber abundante agua o cerveza y comer en algún restaurante de la zona.
Todos están felices. Sólo uno de ellos parece algo triste. Mientras el resto de sus compañeros alistan sus tambores templándolos al fuego, se retocan el maquillaje o se sacan fotos con los turistas y curiosos, él permanece solo, sentado en el cordón de la vereda y al margen de todo lo que ocurre a su alrededor. 
-Pareciera que algo te preocupa.
-¿Sabés una cosa? Tengo que confesarte que esto de pintarme la cara a veces me rompe un poco las pelotas.
-¿Y por qué lo hacés, entonces?
-La verdad es que no sé. No me des bola, debe ser que ya me estoy poniendo viejo.
El que no cabe en su entusiasmo es Alfredo Beatriz. Desde muy temprano nos invitó a una escuela en avenida San Juan al 300 para presenciar los preparativos de la compañía que él dirige. Se trata de la comparsa Kimba, que significa león blanco. “El primer león blanco que se encontró en África”, aclara. Alfredo está muy entusiasmado y atento a todos los preparativos, pero se toma unos instantes para explicar el origen de Kimba: “Esta comparsa nació hace 10 años como un homenaje a la memoria. Luego empezamos a desfilar bajo el nombre de Kimbala, pero hace tres años sufrimos una división de la que nació Kimba. Actualmente somos 150 integrantes de los que 60 son tambores”. 
-¿Qué es para vos Kimba?
-Kimba es todo. Yo fabrico tambores. Me levanto, corto madera, curto cuero, ensayo, toco con amigos, en cumpleaños, en fiestas. El candombe es mi vida.
No se equivoca el hombre. Porque tanto para Alfredo como para sus 150 compañeros el candombe es un estilo de vida y todos los ensayos y preparativos están orientados a dos fechas irrenunciables: Lindo Quilombo y la llamada de candombe de San Telmo, ambos a finales de cada año.

Hasta que sangren las manos. En Pasaje San Lorenzo y Defensa no hay lugar para nadie. La gente estalla. Pero en seguida se hace un súbito silencio. Justo cuando un enorme león de dos metros de alto se agazapa sobre el empedrado y mira amenazadoramente al público. Empiezan a escucharse detonaciones y de las fauces del león brota humo. Desde lo más profundo de su estómago se oye el repicar de los tambores. Uno tras uno los integrantes de Kimba empiezan a salir de las fauces del gran rey de la selva. El suelo se estremece, vibra. Comienza la lenta marcha. La vanguardia porta estandartes y banderas. La sigue un escuadrón de bailarinas, bailarines y hermosas vedettes. Mientras que en la retaguardia se despliega un temible batallón de tambores, los adoquines se aflojan y el aire parece atravesarse por un trueno. 
La gente saluda el paso de la compañía. Porteños, turistas, jóvenes, ancianos y niños, fumones, borrachines y caretones; a nadie importa quién es el otro. Se baila a ritmo cansino pero flexible, como entrando en un estado de transe. A un cuarteto de hermosas rubias no les importa tomar cervezas del pico de la botella. A una pareja de ancianos que sigue el desfile desde un café tampoco les importa que un alucinado hippie se ha puesto a danzar para ellos frente a la ventana que los separa del afuera. Ya da lo mismo que las banderas que flameen sean de Argentina, de la Banda Oriental, del continente africano o del país que fuera.
En la llegada al Parque Lezama, los tamborileros lucen casi agotados. En Defensa y Brasil los está esperando el rey de la selva hambriento y ansioso de tener su revancha. No tiene que esperar mucho para saciar sus apetitos. Uno tras uno se deglute a los 150 integrantes de Kimba, que ahora lucen empapados de sudor, exhaustos, pero extasiados de felicidad.
En los alrededores del Parque quedan los vestigios de las otras comparsas que desfilaron antes. Sobre el suelo reposan los tambores ya destemplados y una llovizna de vasitos, botellas de plástico y latitas de cerveza parece haber caído sobre el empedrado.  Yendo hacia La Boca, en otra esquina del parque, aparece ora vez el candombero triste. Ahora luce contento, con el maquillaje corroído por el sudor  y el esfuerzo. Está con tres de sus compañeros y con un grupo de cinco chicas; amigas o novias de los tamborileros. Beben cerveza, comentan el desfile y ríen. Nuestro amigo parece ser el más feliz de todos.
-¿No era que a veces te molestaba un poco todo esto?
-Sí, pero ¿qué querés? Esto es más fuerte que yo… (Suspira)
Son sus únicas palabras y no hacen falta más: la transpiración, su cara de extasiada felicidad y las palmas de las manos al borde del sangrado hablan por él: dejó el alma en el empedrado. Porque cuando el candombe hace su llamada nadie la resiste; todos ceden a la dulce esclavitud de su pasión libertaria. •