Por Alejandra Abrodos

“Siempre llevaba los bolsillos repletos de cosas raras. Piedritas, caracolitos, un sapo vivo, semillas. Mi madre me los cosía para que no se deformaran. Pero sin éxito”, rememora Juan Santiago Bouchon. “Se nace con una vocación”, asegura. Y dice que tiene “instinto” desde los 3. La primera prueba apareció al cumplir 8, cuando escarbaba en el anfiteatro de Cimiez, Niza, en el sur de Francia, donde nació hace 83 años. “Desenterré un soldadito romano de barro cocido de 2000 años de antigüedad.” Poco después, mientras jugaba en una playa de Normandía, en el norte de Francia, encontró los primeros fósiles. “Esos fueron los factores desencadenantes de mi vocación de investigador incansable. Esa fue la chispa, el detonante. No tenía la formación, pero sabía distinguir un objeto valioso del que no lo era. Hay cosas que no tuve que aprender, me fueron obvias.”
En busca de un marco teórico a su capacidad innata, y a pesar de los horrores de la Segunda Guerra, estudió Antropología, Bellas Artes Superior y Artes Aplicadas a la Industria de manera simultánea, en París. “Descubrí muy temprano que la parte más importante del aprender es el enseñar. Porque llegar a un cierto conocimiento, a una cierta colección, sólo para nutrir un ego sería un absurdo total”, puntualiza Bouchon. En la cresta de la ola de esas cavilaciones recibió una propuesta de trabajo: un contrato de ocho meses para desempeñarse en el servicio cultural de la Embajada de Francia en Buenos Aires. ¿Su tarea? Aumentar el turismo argentino hacia tierras galas. “Se me ocurrió hacer una excursión rodante para mostrar las bellezas francesas en todo el país.” Así conoció Mar del Plata, Rosario y Córdoba, donde se estableció con su familia y en 1969 fundó el Museo Polifacético Rocsen, un espacio único en su tipo. Tanto que en las guías internacionales está catalogado con cuatro estrellas: “No dejar de visitar”.

De todo, como en botica. Rocsen, que significa roca santa en celta, remite al nombre de una residencia, propiedad ancestral de la familia, perdida durante la última guerra mundial. “Recuerda con afecto un lugar y un pasado”, confiesa Bouchon. Hoy, y hace ya 52 años, sus días transcurren en Nono, uno de los pueblos más pintorescos del Valle de Traslasierra, en Córdoba. “Podría haber realizado mi museo en Nueva York, en Tokio, en Madrid, que tienen grandes ofrecimientos. Estoy en esta zona por su microclima y su origen precámbrico, con gran contenido de cuarzo, un mineral de enorme poder energizante”, destaca.
Al abrir sus puertas el Rocsen contaba con una superficie de 100 m2 cubiertos y unos cuantos objetos. Hoy el museo ocupa 2.550 m2, que se quedan cortos para albergar las casi 34.000 piezas de lo más diversas. Una ostra australiana de 140 k que vivió 400 años, un colmillo de narval de marfil macizo de 2,70 m de largo, una momia de Nazca (Perú) de 1.200 años de antigüedad, una cabeza reducida por jíbaros de Ecuador son algunos de los ejemplares únicos que conviven con cajas registradoras de 1930, carteles de publicidad del 1800, gatos de tracción a sangre de 1870, un carro que sólo podía circular en la llanura porque ni siquiera tenía frenos, un surtidor de nafta manual, juguetes, minerales, lámparas, trofeos, artrópodos, instrumentos musicales… Y una serie de escenificaciones que reproducen con fidelidad y claridad extraordinarias los ambientes característicos de una época. Desde la representación del hábitat de los comechingones hasta la de un rincón típico de la aristocracia argentina del período 1825-1925. Sin olvidar el rancho criollo de un peón de estancia, el rincón europeo del siglo XVII, el rincón del burgués de pueblo del período 1825-1925 y las reproducciones de una peluquería femenina, de un taller de mecánica antigua, de una confitería victoriana, de una barbería, entre otras. Es que para Bouchon, “nada es separable de nada, todo es parte de un todo. En este sentido, mi museo es un intento de sincretismo universal. La unión de todas las disciplinas”.

La cultura no tiene precio. “Nuestra cultura es de todos. Tenemos sobre ella el derecho más absoluto. La cultura no puede ser sectorial, mucho menos elitista”, deja en claro el director del Rocsen, que hace 42 años recibe a los visitantes los 365 días del año desde las 9 de la mañana hasta la puesta del sol. Y comparte su colección  y sus conocimientos con cientos de estudiantes que pueden recorrer el museo de manera gratuita. Bouchon reparte la tarea con dos de sus seis hijos, Pedro y Eugenia, y con un pequeño grupo de ayudantes. “Todo lo hacemos nosotros. Incluso las restauraciones. Estoy formando gente joven en todas las disciplinas para que haya continuidad, porque mi muerte no puede ser la causa de que esto se detenga. El museo tiene que seguir más allá de mi persona. El Rocsen ya es la humanidad”, afirma.
Aún existen piezas que no cuentan con espacio donde ser exhibidas. Por eso los planes de expansión están más vigentes que nunca. “Pero con la bolsa de cemento en 40 pesos no es tan fácil. Nunca pude conseguir la más mínima ayuda de ningún sector, privado ni estatal”, comenta el investigador que, además, tiene ocho nietos y tres bisnietos. Hace 9 años el gobierno japonés quiso comprar todo. “Hemos pasado hambre durante la guerra. Hemos intercambiado un tapado de nutria de mi madre contra dos kilos de pan. Era mucha hambre, y ni siquiera en esa circunstancia he vendido algo de la colección. No. Persigo totalmente otra cosa”, asevera Bouchon. Cuando los funcionarios japoneses se dieron cuenta de que el director del Rocsen tiene principios firmes que no se cambian por plata le propusieron trasladar las piezas principales para exhibirlas durante dos años en varias ciudades niponas. “Después descubrí que, según una ley japonesa, cualquier elemento que está en Japón dos años y un día es de Japón”, sonríe, feliz de haber descubierto la trampa antes de que se consumara. A su espalda, el último visitante deja el museo. Feliz, también, pero de haber conocido el Rocsen, donde se encuentra “todo el hombre, para todos los hombres”.