Fortunato Ramos en músico, pero algo más que eso: es un hombre que sabe descifrar el hondo misterio de la tierra alta de su jujeña Humahuaca. Por eso se define como un hombre de altura. Nació y vivió mucho tiempo entre el cielo y la tierra, a más de 5.000 metros sobre el nivel del mar. A lomo de mula llevaba bloques de sal con su padre: dormía a la intemperie, cocinaba a la intemperi, vivía a la intemperie. 

En esa intemperie tomó una decisión crucial en su vida: “Decidí ser maestro de un paraje llamado Santa Ana y allá fui con mis 20 años y mi acordeón, a hacerme cargo de la escuela, donde las ‘guaguas’ (niños) atravesaban largas distancias para aprender a leer y escribir”, dijo el reconocido músico y poeta de 66 años, autor de cientos de poemas, entre ellos “No te rías de un colla”.

A Fortunato, que hoy atiende su propio restaurante y hostería en Humahuaca le tocó la época en que la cultura colla estaba más desvalorizada, “mucho más que ahora”, dice él. “Nadie quería ser colla, y los libros que se recibían en las escuelas nacionales, como era la 24 de Santa Ana, donde yo era maestro, nada contaban sobre nuestros niños y su forma de vida”, dice con algo de dolor. “El Platero (y yo) de Juan Ramón Jiménez, el burrito pequeño, peludo y suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón, “nada tenía que ver con ese animalito que se empacaba y llevaba las cargas por los caminos de montaña, que veían a diario los niños”, ejemplifica Ramos.

Entonces agudizó su pulso de maestro. “Les hice dibujar y escribir a ese burrito de pelo duro, lagañoso, lloroso por tanto viento que hay en el cerro; patas flacas y orejas ‘lapas’ (caídas); triste y de apariencia mal alimentado, y panzón”. Ese era su estilo: tomar lo cotidiano para rescatar la propia forma de vida y la cultura. “Quería que los chicos hablen de esas cosas, lo que iba a hacer que se apropien de ellas y las valoren”.

Ramos defiende la educación como una herramienta para vivir, celebró el avance en estos últimos años en la regionalización de la enseñanza. Dice que para él la mejor recompensa es haber logrado que muchos de sus alumnos hoy le agradezcan esa experiencia de aprendizaje.

El pueblo sostenido por las maestras

Krabbe es un pueblo que resiste. No quiere integrar esa larga lista de puntos que desaparecen del mapa. Diez niños y dos maestras rurales se oponen al olvido; quieren recuperar este lugar en el mundo para que continúe siendo un paraje vivo y en movimiento. Krabbe llegó a tener 750 habitantes en la segunda mitad del Siglo XX. Hoy son cuatro habitantes los que han quedado en este sueño.

La Escuela N° 10 es el eje del paraje. Allí todos los días llegan alumnos de hasta 30 kilómetros de distancia, a caballo, en tractor, como sea. María Elizabeth Fernández y Claudia Costen, las maestras, hacen su trabajo con pasión y compromiso patrióticos. Sola y en la más silenciosa soledad, esta Escuela es un faro de cultura y civilización. Es la única institución que ha quedado, además de ser el último edificio activo.

La ONG Proyecto Pulperia lanzó una Campaña para equipar la escuela y crear una biblioteca comunitaria para darles a los niños la posibilidad de tener mejores herramientas culturales y tecnológicas. Una escuela que cierra nunca más abre, un paraje que se queda sin habitantes, tampoco vuelve a ser habitado. Por eso es que resulta tan importante contener y ayudar a esta escuela que es la que permite a Krabbe seguir con vida.

Norma, la maestra de todos

La historia de Norma Colombatto, que murió despúés de 40 años de docencia y de casi 20 como maestra en la Escuela de Enseñanza Media EEM N 4 del Distrito 21, frente a la Villa 20, en el barrio porteño de Lugano, está muy cerca de las ideas de Fortunato, según la sucesora y actual directora de la escuela, Martha Castellán. “Norma, quien fue la fundadora de la escuela, le dio la impronta inclusiva que hoy los que trabajamos en ella buscamos mantener. Aquí comenzó el Programa ‘Alumnas madres y alumnos Padres’, que se aprobó para todas las escuelas de la Ciudad de Buenos Aires, donde los alumnos con hijos tienen un lugar donde dejar sus bebés mientras cursan las materias”, cuenta Castellán.

Para la actual directora de la escuela donde hay una buena cantidad de alumnos provenientes de la Villa 20 y del asentamiento conocido como “Papa Francisco”, recientemente desalojado, “la escuela es un espacio de inclusión que cuidamos todos: los profesores, los preceptores y los alumnos”.

“Norma impulsó algo que tiene un valor enorme: tratar de que los ex alumnos de esta escuela siguieran estudiando y fueran ellos mismos sus docentes y preceptores. Por eso cuando un chico tiene un problema con otro no es una sorpresa para la escuela porque estamos al tanto de lo que ocurre. Somos parte del barrio y nos podemos anticipar a los conflictos”, dice la docente.

Norma era la directora, pero también era la maestra que llamaba a los chicos por el nombre de pila, era la maestra que creía que todo lo que les pasa en la escuela es también cosa de todos. “Decía que la escuela tenía la obligación de transformar la tristeza de los chicos en una fuerza distinta, y que los alumnos que tenían problemas con las drogas era porque estaban tristes”.

La directora de la escuela porteña contó que desde murió Colombatto, el 31 de agosto de 2008, cada año para esa fecha, un grupo de profesores y preceptores de la escuela viaja a Gualeguaychú a ofrecer un homenaje al cementerio donde descansan los restos de la educadora popular y donde son recibidos por su familia que reside en esa ciudad entrerriana.