Por Eduardo Febres
Fotos Juan Carlos Casas

Un fileteado en la calle Camargo, atenuado por el sol, anuncia: Feria Americana. Y sin embargo no es exactamente lo que se conoce como una feria de ese tipo: esas ventas de garage -en auge desde la crisis de 2001-, donde se compran y venden objetos usados, más parecidas a las casas de empeño. Esta, llamada Feria Pandora, es, más bien, una de las muchas pequeñas tiendas surgidas en la última década, en las que se arregla, organiza, vende e intercambia la ropa hallada en grandes ferias. Mientras muchos locales de la tradicional Galería Quinta Avenida se pasan al rubro de ropa nueva, las tiendas de usada se reproducen en distintos barrios de Buenos Aires y distintas provincias del país.
               
Feria Pandora saca a ese vestidito con historia, de piernas rebeldes de los 60, puntos de colores confinados a foto en blanco y negro en los 50, del camino al relleno sanitario. Dejadas a consignación por sus antiguos dueños al limpiar el ropero y arregladas por dos modistas, las prendas esperan en las perchas por un cuerpo que las vuelva a la vida. Desde 2004, Cristina ha visto entrar y salir miles de prendas de este pequeño local de Villa Crespo. Dice que no falta el día en que llama alguien para vender. Su trabajo es escoger, mandar a arreglar y clasificar.               

El espacio es sencillo, sin vitrinas. Quien llega sabe lo que quiere. Solo la ropa de vestuario está separada: son prendas originales de distintas décadas (a partir de los años 20) hoy inconseguible. Carteras, blusas, cinturones, camisas, corbatas, anteojos, dispuestos para alquilar, a grupos de teatro, productores de películas o espectáculos de clown, fotógrafos y anfitriones de fiestas temáticas que quieran viajar en el tiempo.

Retro
   
Disfraz o ropa barata es lo que se va a buscar en una tienda de ropa usada. Pero hoy los que más compran ropa, dice Cristina, son los que quieren prendas  retro. Lo más frecuente es que lleguen por un vestido de verano de los ´50, pantalones Oxford, camperitas estilo 60, camisas de los 70, polleras plato y estampados descontinuados: rayitas, pintitas, lunares, estampado búlgaro, pop.

Fernanda tiene 20 años y es una de las chicas de su edad que, antes de comprar, prefieren registrar el baúl para vestirse. A veces recorre las tiendas de ropa usada y otras le pide a sus vecinas o a amigas de su abuela. “Me gusta reciclar. Les cambio las costuras y listo. Me gusta que tengan espíritu. Sabes que alguien lo usó antes (ríe). Pero no es cuestión de roña, sino de que es ropa con historia”. Habla parada frente a la vitrina de Abra Kadabra, que se anuncia como Feria Vintage. Ahí, una Evita que emula la Marilyn Monroe de Andy Warhol acompaña el logo. Abundan el fucsia, el naranja y el verde. Entre maniquíes e hilos, hay objetos de distintas épocas: cámaras réflex, gorras, tacos, carteras, un ventilador, una chaqueta rosada de pana. Faltan diez minutos para que abran y Fernanda espera. Vino desde Villa Devoto hasta Congreso a ver qué consigue; es su primera parada de varias, en una pesquisa que hace por tiendas de ropa usada.
               
Montado en un gravity llega Andy, que abre el local. En un pequeño espacio cuelgan polleras, camperas, corbatas, cinturones, pañuelos. Hay ropa pintada a mano: “Glam, dark, crash, heavy metal, hippie… hay ropa para todas las tribus urbanas, para todas las edades, ropa para todo el que necesite”, dice Andy.

Desde que llegó hace ocho años desde América, provincia de Buenos Aires, ha rumiado entre ropa usada para reinventarla y venderla. Y hace seis años armó  el colectivo Abra Kadabra, del que hoy participan unos 30 artistas de Chile, Colombia, Perú, entre otros. Comenzaron vendiendo en San Telmo (en la calle) y en ferias itinerantes y ahora traen las piezas a esta pequeña tienda, adonde llega ropa de infinidad de lugares (iglesias, parques, plazas, vecinos…). La ropa es arreglada o intervenida por ellos.

Agujas en un pajar

Uno se puede hacer una idea del trabajo que lleva encontrar lo vendible y lo canjeable entre toda la ropa usada, en el Ejército de Salvación, en Sáenz 580. Ahí los percheros se pierden de vista y está todo mezclado. Hay varios percheros de “todo a 3 pesos”, donde hay desde una remera de fútbol infantil de Huracán, hasta la parte de arriba de un pijama de hombre.
           
Ariel, en el fondo de la izquierda, no puede ocultar el entusiasmo cuando encuentra lo que buscaba: un pijama lo suficientemente improbable como para ser vestuario de un payaso, en una obra que estrena en tres días. Él es parte de un grupo y habitué del Ejército de Salvación. Ahí, además de vestuario, compra “ropa increíble a muy buenos precios”. Pero también dice que llega un punto en que se agota mentalmente de buscar, que casi ni distingue las prendas al cabo de un rato.

Es fácil comprobarlo si se escucha el ruido de las perchas que Fernanda pasa una por una. El ritmo imita el de la producción en serie: clac, clac, clac, clac. Después de mucho repetir ese movimiento y ese sonido logra encontrar lo que quiso llevarse: un enterito rosado y una camisa verde y blanca sin mangas.
       
Igual no hace falta ser una chica trendy para ver el valor adicional que tienen estas ropas abandonadas por sus antiguos dueños: Natalia, una sencilla mujer, vecina de Pompeya, que con su hija de la mano escudriña entre las perchas, dice con timidez: “no sé… me gusta… Es que todos afuera se visten igual. Y acá uno encuentra cosas baratas y fuera de lo común. Ropa como la de antes, que ya no hay”.

Vintage

En Pompeya, hace seis meses está Sáenz 595: una tienda distinguida del circuito zonal de tiendas de objetos usados, el Cottolengo Don Orione (Cachi 556), el EMAUS (Del Tigre 3832), y el Ejército de Salvación (Sáenz 580): grandes espacios donde se nutren pequeñas tiendas como ésta, ubicada en una esquina de este barrio, donde hay de todo: ropa en liquidación (desde 5 pesos), de niños, de bebés, de marca, deportiva y de todas las épocas. Lo vintage está marcado con un precio diferente. Porque, como dice Rosa, una de las vendedoras, el perfil de los compradores nunca es el mismo. Están los vestuaristas que buscan rarezas, la gente de bajos recursos y la tribu retro.
               
Marina, la otra vendedora (19 años, flequillo pintado de violeta) interviene: “Hay una tendencia de usar ropa vintage en la gente de mi edad”. Y en efecto: Fernanda se acerca a la caja con un enterito, un solero, una cartera de cuero y una pollera escocesa. Son jóvenes pero también extranjeros los que buscan ropa vintage, dice Rosa. “Es gente que cree que hay muchos desechos en el mundo, no quieren ni la bolsita de nylon”, señala.
               
Son las cinco de la tarde y Fernanda abre el casillero de Saénz 595, donde junta lo acumulado. Si se mira lo que lleva en las manos fácilmente se ve que algo en esta moda se opone a la lógica del mercado: esta chica se devuelve a su casa con ocho prendas exclusivas y fuera de circulación, por las que pagó menos de lo que cuesta el par de zapatos de lona que lleva puestos. Como escribió Gillaume Apollinaire: “La moda se hace práctica y desde entonces no desprecia nada; todo lo ennoblece. Hace con las materias lo que los románticos con las palabras”.