Por Leandro Vesco / Fotos Juan Carlos Casas

Dennehy es Macondo. Raquel, alias el “Estuche de Víbora” está detrás de las cortinas viendo quién entra y sale del pueblo. Cuando alguien ingresa, lo sigue con la mirada hasta el lugar en que entra y llama a la policía para que haga un allanamiento. El Chileno, mientras tanto, abre el club, pero no deja entrar a ningún vecino. “No tienen altura para entrar al club”, dice y avisa que sólo está abierto para personas que llegan a superar altos estándares sociales. El mozo es el único del pueblo que puede entrar, pero vestido de traje.

El dueño de una dudosa fábrica de alpargatas, nos amenaza. “Ustedes sacan fotos para después venir a robar”. La iglesia tiene dueña y muy pocos pueden hacer uso del templo. No hay ambulancia aquí, ante una emergencia, y sabiendo que viene de Dennehy el llamado, desde el otro lado de la línea preguntan si has pagado la luz. “Sólo mandamos ambulancias a personas que pagan luz”, dicen.

Dennehy es un pueblo que en realidad son dos, de un lago de las vías es Marcelino Ugarte y del otro, Dennehy. No hay un núcleo urbano vocalizado. Las casas están separadas, como pequeñas islas que se alzan sobre la arboleda. Cada esquina tiene su malevo, nos avisan. No hay teléfono público, pero todos se hablan por celular cuando pasa algo digno de comentar.

La presencia de un viejo guardiacárcel sobrevuela el pueblo, sombrío personaje que ajusticia mascotas. Esta atmósfera se completa con la sentencia de un juez que hace algunos años describió a este lugar como un “mitológico bosque griego”. La noche cayó sobre nosotros como un manto. Nuestro destino no se ve, hace pocos minutos que llegamos al pueblo pero ya estamos perdidos. La casa de la guarda pampa era nuestra única pista y no la encontramos; el triángulo de Dennehy nos ha dominado.

El sembrador

Miguel Angel Leyes forma parte de esa raza de hombres a los que cuando se les pone adelante una idea ni siquiera un meteoro natural puede doblegarlos, mucho menos, un puñado de chismosos. Todo el pueblo está en contra de él, pero él necesita eso para seguir con su avanzada civilizatoria para el medieval Dennehy. Hace 25 años que es uno de los mejores archetiers de nuestro país, profesionales dedicados a fabricar artesanalmente arcos de violines.

Leyes vive en San Telmo y los fines de semana toma el tren para vivir su otra vida, la de ser un adelantado en Dennehy. Nos recibe con los brazos abiertos. “Si no te gusta lo que hago, no te preocupes, puedo hacerlo mejor”, es lo primero que dice este personaje quijotesco que contra todos los molinos de viento del pueblo, ha logrado instalarse en Dennehy, y ser el motor de las ideas de cambio y progreso.

“Le tienen pánico al Facebook”. Miguel nos habla de su página en esa red social, donde difunde todo lo que sucede en el pueblo. “El Estuche de Víbora sabe muy bien que yo enseguida la mando al frente por el Facebook. Ellos tienen sus armas, yo tengo las mías”, avisa.

Una salamandra, que parece datar del principio de los tiempos, quema ramas de eucaliptos. El aroma y la tibieza son compañeras perfectas para oír a nuestro personaje. Lucía, que vive en el pueblo, se une a la reunión y ceba mates dulces. Miguel Angel es un anfitrión perfecto, no pierde tiempo y habla sobre su historia, sus proyectos y sus sueños premonitorios. “Yo a esta casa la soñé antes de comprarla”, lanza. Afuera, el frío y una llovizna persistente obligan al calor de la cocina, donde Enrique –un patagónico perdido en esta latitud- y Marcelo –albañil y gran persona- asisten el fuego donde se asa una carne que despide una fragancia de leyenda.

Miguel compró este lugar, que era la comisaría del pueblo y vive en ella; estamos en ella. “Cuando saco fotos en el living, siempre aparece detrás una familia. Y también, la Dama de la Foto. Los otros días estaba trabajando y ella me alcanzó una herramienta”, revela. Los fantasmas son parte de esta casa que nadie quiso en el pueblo. Apenas entró este hombre le dijo a los espíritus que él venía para quedarse, pero que podrían llegar a un acuerdo de convivencia. “Tenemos un tiempo compartido con las fantasmas”, dice.

El arte para cambiar el mundo

Su impulso y energía atrajo a un grupo de músicos a trabajar en el pueblo; el Ensamble Aire Líquido, quienes realizan conciertos además de acciones sociales. El contacto con Dennehy devino en un plan mayor: intervenir el pueblo, colonizarlo de cultura, refundar la localidad con la fuerza sutil del arte. La idea que persiguen es promover la compra de terrenos entre artistas y personas comprometidas con la cultura y el manejo responsable de la tierra. De a poco van viendo sus frutos. Lo advertimos al ver algunas casas que se están reciclando.

Recorremos el pueblo mientras el asado se termina de hacer. Lucía se queda ordenando, siempre atenta. Polo, el perro de Miguel, nos sigue. Vamos a la escuela, frente a la plaza, donde podría haber internet inalámbrico, pero el “Estuche de Víbora” hizo todo lo posible para retrasar el ingreso de Internet al pueblo. “Acá hay gente que no hace cosas para que después los otros no hablen de más”, explica Miguel.

En la escuela la realidad es la misma que viven todos los establecimientos educativos de pueblo: las maestras rurales son madres y docentes. “Juntamos plata durante dos años para ir a Buenos Aires”, rememora el único viaje que pudieron hacer con los niños a la gran ciudad. Uno de los mayores problemas de Dennehy es el alto grado de analfabetismo de los padres. Los niños no quieren dejar de venir porque la escuela es el único espacio en donde además de comer, pueden relacionarse con amigos; les gusta la escuela. Hay niños que vienen en tractor desde campos a más de diez kilómetros. Las carencias son muchas, pero Cristina, la directora, es enfática: “Yo elegí quedarme en el campo”. Su tenacidad es la garantía de la escuela, donde se respira amor y dedicación.

La plaza está vacía, los juegos para niños parecieran no usarse desde hace décadas. “El Estuche de Víbora no quiere que corran los chicos”. Volvemos a la casa de Miguel. En el camino la gente nos observa detrás de las cortinas. “Todos saben que están acá”, nos dicen.

Las callecitas de Dennehy tienen el encanto de aquello que está por descubrirse. Muchas casas están a la venta y aquí es donde entendemos el concepto de Miguel Angel Leyes. “Si vienen artistas podemos cambiar al pueblo. Hay que ir recuperando todas las casas que están vacías”. Esta refundación lo tiene a Miguel como su gran estratega. A veces la presencia de una sola persona con ideas hace que todo el pueblo se contagie. En Dennehy ocurre esto y algunos vecinos, como Lucía, Marcelo y Enrique, lo acompañan en esta aventura que tiene aroma a conquista.

Al regresar a la casa, el asado nos espera para continuar la charla. Lucia nos cuenta que para ir hasta 9 de Julio hay que hacer 15 kilómetros por tierra o 25 por ruta. Hay un servicio de remisería que hace ese trayecto, pero el precio es muy elevado. La mejor noticia es que todavía pasa el tren, menos los jueves.

Dueño de un optimismo inquebrantable, Miguel tiene ideas grandes. “Este verano habilito los calabozos”, dice, pícaro. Dennehy se está desperezando y de a poco imagina un futuro mejor. El rescate comienza por vencer el miedo y apostar por la refundación del pueblo a través de un cambio espiritual basado en acciones culturales. Miguel Angel nos despide. Su perro y su gato van todos los viernes a la misma hora a esperarlo al andén. Los fantasmas, mientras tanto, pueden usar su casa el tiempo que quieran: ese es su arreglo.

 

Para seguir leyendo: Pablo Acosta, el pueblo de 28 habitantes y 1000 estrellas

 

(*) Leandro Vesco es presidente de la ONG Proyecto Pulpería.

Correo electrónico: info@proyectopulperia.com.ar

011-155-121-1664